viernes, 25 de noviembre de 2011

Hablando de Bueyes Perdidos

Crónica de una búsqueda infructuosa

 Ángel Juárez Masares


Habíamos recibido la comunicación cuando apenas estaba amaneciendo.
Dos presos se habían fugado de la cárcel cortando un par de alambradas y evitando ser vistos por la guardia perimetral.
La evasión fue descubierta cuando el cambio de guardia, y la luz del día dejó ver el rastro entre los pastos que conducía hacia el primer boquete.
Serían las ocho cuando llegamos a la zona donde unos cincuenta policías habían comenzado la búsqueda. Un par de días antes había llovido mucho, y los bañados del Santa Lucía eran una gran laguna donde apenas se podía caminar buscando algunas partes altas, igualmente convertidas en sendas de barro.
Los perros entrenados para el caso enfilaron derecho a esa zona atravesando la ruta y se metieron sin dudar entre los juncos chapaleando agua y ladrando tras “la presa”.
Allá atrás, en la parte más alta del terreno el resto de los reporteros se había detenido  a esperar, pero nosotros queríamos tener la primicia de la eventual captura de los fugados, y la tozudez de mi compañero camarógrafo, hizo que nos metiéramos al barro siguiendo al grupo mas numeroso de policías que batían el terreno abiertos en un extenso semicírculo.
Pronto dejamos de mirar dónde pisábamos, y sólo nos ocupamos de no dejar los zapatos en el lodazal donde nos enterrábamos, en ocasiones casi hasta la rodilla. W se detenía cada tanto para hacer un “paneo”, y luego continuaba. Ya cámara al hombro, ya casi pegada al piso, por momentos rozando arbustos y espinas.
Hubo un momento en que desde la radio policial se comunica la captura de uno de los evadidos. La “partida” se detiene. Algún oficial responde. Otro calma los perros que se sientan en el barro con la legua espumosa colgando entre los dientes. Por allá algunos encienden cigarrillos. Nosotros acortamos la distancia. W se adelanta y toma imágenes, de los milicos, de los perros, de la vegetación. Yo sólo observo, me consta que él sabe hacer su trabajo como pocos. La partida se pone en marcha nuevamente y nosotros tomamos el lugar que nos corresponde, detrás y a distancia prudencial. Nos conocen, y saben que si ellos respetan nuestro trabajo nosotros actuaremos en consecuencia.
Tenemos ganado un lugar entre los colegas del resto de los medios y nos gusta conservarlo, y embarrarse como esa vez es parte de lo que debemos pagar para lograrlo.
Seguimos. Ahora el calor levanta un vaho húmedo en el bañado, y los mosquitos desayunan con nosotros. Observo mi corbata con el nudo colgando en medio del pecho y pienso que nunca estuvo alguna prenda tan fuera de lugar como esa vez. Si… ridículo me veo, pero continúo. Ya estoy trabajando a puro amor propio. La Empresa no me paga esto. Puteo aplastándome zumbadores en la cara, pero sigo.
La partida está ahora a unos cincuenta metros. El terreno es más ondulado y el “camino” se quiebra en profundos zanjones llenos de maleza.
W se detiene. Ha bajado la cámara y me espera. Lo veo lanzar una mirada rápida al grupo de policías. No habla. Llego y yo también lo veo, pero sólo la mirada entrenada de W podría haberlo descubierto. Eso podría ser un tronco seco, un montón de maleza putrefacta, nada podría ser. Pero es un hombre. Se ha cubierto la cara de barro y únicamente sus ojos lo delatan. Yace en el fondo de la zanja desde donde nos mira. Parpadea y desaparece, abre los ojos, y está allí. Todo dura segundos. W ya sabe lo que haremos y no duda, se pone la cámara al hombro y sigue su camino.
Poco antes de las diez salimos del fangal. Exhaustos, nos bancamos las cargadas de los colegas que esperan fumando recostados en sus autos. Los zapatos relucientes, las corbatas perfectas, los sacos impecables. Nosotros damos asco. Alguien nos alcanza una botella de agua y bebemos dejando que algo nos corra por el cuello y nos baje por el pecho traspirado.
Algunos efectivos comienzan a subir en las camionetas y se van. Otros vienen llegando y dialogan con los embarrados que acaban de salir de la maleza.
Apartados del resto grabo un informe sobre la captura de uno de los evadidos, y la infructuosa búsqueda del otro. Sólo audio; luego alguien revisa la valija de su auto y nos da papeles y cartones. Hacemos con ellos una “alfombra” y nos vamos.
-Tengo buenas imágenes- dice W.
-No lo dudo- respondo- veremos cuánto tiempo nos da la Producción para ese informe.
Los campos parecen deslizarse ante mi vista. No es el auto que corre por la ruta. Estoy detenido en algún lugar –allá- entre la fronda. Veo la serpiente acechando al ratón que ha sorprendido fuera de su madriguera. Puedo salvar la laucha si quisiera, alertándola con un grito, o rompiendo las vértebras del ofidio con un palo. Pero hacerlo sería alterar el orden de las cosas. Debo dejar que el ratón se salve por si solo, o que la víbora tenga habilidad para comérselo.
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