viernes, 23 de diciembre de 2011

EDITORIAL

 Son aquellas pequeñas cosas


Ángel Juárez Masares


Inevitablemente cuando se acerca el final de cada año, solemos hacer una evaluación de lo que hemos hecho y dejado de hacer en ese período de tiempo, tan relativo como el tiempo mismo.
Sin embargo quienes hacemos Hum Bral decidimos no entrar en ese tipo de consideraciones. La cantidad de visitas semanales a nuestra página habla por sí sola de la aceptación que esta aventura literaria –humilde, sin otras pretensiones que compartir lo que nos gusta con quien quiera- ha tenido desde su inclusión en el mundo virtual.
Efectuar públicamente un análisis podría hacernos caer en extremos –triunfalistas o derrotistas- que preferimos evitar. No por cobardía, sino por respeto a las opciones de nuestros lectores, llámense religiosas, filosóficas, o políticas.
Por eso quisimos hoy hablar de cosas pequeñas. Entrar en el corazón de los lectores que –en casi 60 países del mundo- semana a semana justifican este trabajo, y para ello apelaremos a las características comunes que nos identifica como seres humanos.
En una simplificación cuasi grotesca de la complejidad del hombre, tomaremos de ella dos componentes básicos: el amor, y el odio.
El primero mueve al mundo –aseguran algunos- y por estos días corremos en procura de regalos para quienes amamos. La aritmética se instala en nuestras mentes para que la economía de cada uno permita cumplir con todos en mayor o menor medida. Los afectos parecen tomar una dimensión diferente ante nuestras posibilidades monetarias, y hasta de manera inconsciente el destinatario del presente más costoso será quien mas cerca esté de nuestro cariño.
No podemos negar también que muchas veces tras el acto de “regalar” escondemos nuestra incapacidad de “decir”. Nos agradecerán ese lindo anillo que compramos, y nosotros relativizaremos la acción diciendo: “es una pavadita”, y cambiaremos inmediatamente de tema. Pero… ¿Qué tal si esta vez tomamos por los hombros a nuestro hijo, hermano, padre, madre, esposa –y mirándole a los ojos- le decimos: “te quiero”?
Si… puede parecer demasiado lírico, simplista, u obvio, pero… hagamos memoria de la última vez que lo hicimos. Quizá nos sorprenderíamos al descubrir que hace mucho tiempo que no ocurre porque lo hemos dado por sentado. ¡Caramba! Si llevamos tanto tiempo juntos compartiendo penas y alegrías… ¡está claro que te amo! Si te cuidé y velé por ti noches enteras cuando eras pequeño; si salí corriendo en busca de un médico aquella madrugada que estabas enfermo… si di vuelta mis bolsillos cuando querías irte de vacaciones, si cuando tú –amigo- estabas pasando por la peor etapa de tu vida, yo estuve a tu lado… ¡está claro que te quiero!
¿Y si nos llevamos una sorpresa? ¿Si descubrimos que decir te quiero es el mejor regalo que podemos hacer a quien amamos?
No podemos negar tampoco las broncas, decepciones, odios quizá, que nos separaron de otras personas por determinadas circunstancias, porque –como decíamos antes- forman parte de la complejidad del ser humano.
"Y el amor hizo el resto", óleo, Aldo Difilippo.
Entonces, ¿por qué no utilizar estas fechas como escusa para tender un puente hacia los otros? Hacia ese vecino con el que nos molestamos un día por el volumen de su equipo de audio; hacia el gerente que aquel día nos habló mal delante de los clientes, hacia ese pariente con el que nos distanciamos porque tiene la mala costumbre “de meterse en nuestras vidas”, hacia ese amigo que no entendió lo que quisimos decirle y se “borró” ofendido.
Es posible que esta reflexión sobre nuestras actitudes estén permeadas por una dosis de inocencia, y que sean improcedentes con los tiempos que corren. Pero también cabe la posibilidad que alguien no lo entienda así y comparta lo antes dicho. Si eso ocurre, habrá sido válido el tiempo dedicado a pensar y escribir sobre estas cosas; dichas sin la menor intención de marcar pautas morales a nadie porque no es nuestro estilo. Sí con la convicción que los pequeños actos cotidianos son el cimiento de la sociedad; que la sinceridad con que nos miremos al espejo cada mañana nos señalará el camino a recorrer durante el día, y que los aciertos y errores de cada uno forman parte de la complejidad a que hacíamos alusión en las primeras líneas de esta charla. Saber visualizarlos quizá sea una buena manera de comenzar un nuevo año.
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