viernes, 20 de enero de 2012

EDITORIAL




La necesaria búsqueda
del







equilibrio humano


                                                                
               

Ángel Juárez Masares

Suele ocurrir que en la búsqueda de explicaciones para las acciones o reacciones humanas, muchas veces nos internamos en el laberinto apenas explorado de la complejidad del hombre.
Naturalmente no cometeremos la torpeza de pretender avanzar en él, cuando quienes se han dedicado al estudio del tema no han conseguido más que dejar una tímida huella en las inmensas arenas del conocimiento.
Sin embargo cuando la curiosidad nos empuja a esa búsqueda, cosa prudente es replegarse hasta donde la experiencia nos indica, dejando de lado las largas especulaciones filosóficas sobre la existencia humana y su justificación universal, si es que la tiene.
Seremos entonces domésticos en nuestra reflexión. Sin temor a caer en simplificaciones exageradas, insistiremos en la búsqueda del equilibrio como factor fundamental para la adecuación del hombre –a partir de su individualidad- en un mundo que desde la caverna al rascacielos le ha obligado a juntarse con sus congéneres.
No es necesario tener conocimientos antropológicos para saber que la vida es –básicamente- un diálogo con el entorno, tanto desde el punto de vista físico, como desde sus más complejas funciones psíquicas.
Vivir es convivir, con los demás, y con el mundo en que estamos inmersos, y ese factor inalterable es lo que nos obliga a la búsqueda del equilibrio, en todos los aspectos, a cualquier hora del día y cualquiera sea el entorno donde nos encontremos. El hombre primitivo aprendió rápidamente que la única manera de sobrevivir era mantenerse unido. Así estableció la unión tribal como sistema para el cuidado de las hembras y las crías, saliendo de la cueva para asegurar el sustento del clan mediante la caza.
Nada ha cambiado desde entonces. El hombre sigue saliendo de “la cueva” en procura de satisfacer las necesidades de su clan familiar, más allá que ahora también la hembra se haya transformado en “cazadora”.
Desde el punto de vista humano, el interés del hombre se fue diversificando. El objetivo ya no es el venado que alimentará el clan por varios días. Ahora las necesidades han adquirido una dimensión extremadamente amplia. Cada hombre pondrá énfasis entonces en lo que su conformación genética le indique, afianzado esto además por su propia experiencia individual.
Dice Ortega y Gasset en su “Estética de la Razón Vital”: Toda otra realidad que no sea la de mi vida es una realidad secundaria, virtual, interior en mi vida, y que en ésta tiene su raíz o su hontanar. Mi vida consiste en que yo me encuentro forzado a existir en una circunstancia determinada. No hay vida en abstracto. Vivir es haber caído prisionero de un contorno inexorable. Se vive aquí y ahora. La vida es, este sentido, absoluta actualidad.
Podemos concluir entonces que nuestra percepción de la vida no es igual para los demás; que está condicionada por los factores individuales que mencionábamos mas arriba, y que esa percepción se complica con la valoración que cada uno haga de determinada circunstancia.
Aquí encaja entonces nuestra reflexión acerca de la necesidad de buscar el equilibrio. Si caminar la vida puede compararse a transitar sin red protectora un cable tendido entre dos rascacielos, cuya extensión ignoramos y donde la plataforma en el otro extremo no está a la vista, razón de más para hacerlo sin inclinar la vara a ningún lado.
Puesto en términos mas simples, buena cosa sería tener presente a cada paso que “los demás” no pensarán como nosotros; que la manera elegida para “transitar” el cable no tiene por qué ser compartida por todos, que cada uno adecuará los pasos en razón de su propio sentido del equilibrio y del objetivo que se haya trazado. Tener claro que las cosas que para uno son prioritarias o importantes no lo son necesariamente para el otro, y que, entenderlo, contribuirá a la convivencia. Vivir es convivir, decíamos antes.
La inserción inevitable del hombre en el medio social, obliga entonces a la búsqueda del equilibrio, sin que esto signifique uniformizar acciones, posiciones, o pensamientos. Cada uno hará uso de su libre albedrío, pero sin dejar de tener presente las propias limitaciones de esa libertad, condicionada –precisamente- por la convivencia con “los demás”.
Personalmente puedo –por ejemplo- no estar de acuerdo con los lineamientos o preceptos que emanan de las creencias religiosas, pero no debo evitar que mi vecino acuda al templo.
Podrá uno estar alineado a determinada estructura política, pero no puedo pretender que sea compartida por el resto de la gente.
El cúmulo de ejemplos puede llegar a ser tan agobiante como obvio, aunque muchas veces la “obviedad” no vaya de la mano con el sentido común. La historia está llena de episodios absurdos donde las torpezas más elementales han desembocado en tragedias. Baste como ejemplo lanzar una mirada (como asunto de actualidad) al reciente hundimiento de un Crucero en las costas de Italia.
Quizá ningún espacio de interacción humana sea tan gráfico en torno a la necesidad de perseguir la búsqueda del equilibrio como las redes sociales. Un mediano poder de observación permite conocer atisbos de la personalidad de quienes buscan comunicarse por ese medio. Allí encontramos a quien lo usa para divertirse; a quien hace públicas íntimas frustraciones quizá con la esperanza de encontrar la contención que no supo tener. Está quien trasunta un grado de agresividad incontenida y a todas luces inconsciente. Existe quien utiliza esa vía para dar rienda suelta a su egolatría; quien quiere imponer sus dioses a cualquier costo, y quien no admite que otro piense diferente.
Lo hemos dicho desde este espacio, cada actividad humana está inexorablemente permeada por la experiencia de vida de quien la ejerce. El sentido de “objetividad” es una utopía, cuando escribimos esto lo hacemos impelidos por las condicionantes que nos llegan desde el ADN. No obstante, nada de lo dicho tendría valor ni sentido si no lo reconociéramos, y si en ese reconocimiento, no estuviera implícita la posibilidad de estar equivocados. Si no lo hiciéramos, poco estaríamos aportando a la búsqueda del equilibrio que dio motivo a esta reflexión.
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