viernes, 10 de febrero de 2012

HABLANDO DE BUEYES PERDIDOS

La noche que fui,
el viejo y el río


Ángel Juárez Masares

Aquella noche había alimentado bien el fuego para ir a “fondear” el bote a unos doscientos metros de la costa. La lumbre esta vez fungía como faro para orientar el regreso al campamento, donde esperaba volver con algunos bagres amarillos. Llevaba un par de días río abajo y no había logrado atrapar más que un par de bogas espinudas, por eso esa noche decidí improvisar un anclaje con una bolsa con arena y procurar una buena pieza. Pese a que solía salir solo a acampar, normalmente no me alejaba de la costa por las noches, pero esa vez lo hice. La superficie del río estaba tranquila por la ausencia de viento, pero la tensión de la cuerda que unía la borda con la bolsa de arena en el fondo, denotaba la fuerza de la corriente.
Quizá no exista lugar donde un hombre se encuentre tan consigo mismo como allí; con todo el cielo estrellado encima, la oscuridad casi total abajo, allá lejos la línea negra del monte, y ese fuego insignificante que ahora parece un fósforo  al que un golpe de viento apagará en cualquier momento.
Desamparado, desvalido… ¿Cuál es la sensación exacta que produce saber que lo único sólido bajo los pies se reduce a un pedazo de madera de 5 metros con forma de hoja?
¿Con forma de hoja? O de escudo espartano. Si…me gusta sentir que estoy sobre un escudo espartano, y aún vivo…
Leve, muy leve llega de la orilla el rumor de los pájaros nocturnos. También alguna vez, el ladrido en sol mayor de un zorro tras la hembra.
Pequeñas sombras pasan por encima de la cabeza, muy cerca, y eluden la caña o el sedal apenas centímetros antes de tocarlos. Van y vienen los murciélagos tragándose los mosquitos, seguro que en medio de un infernal coro de chillidos, que solo ellos oyen.
Entonces uno cae en la cuenta que no está solo, que nunca lo estuvo, que la vida bulle y se retuerce alrededor.
Pienso en Hemingway. Veo al viejo esperando por horas, viendo las medusas y los peces voladores, pescando aquel bonito que servirá de carnada para atrapar su gran pez.
Me siento el viejo, me falta el mar. Pero tengo la misma ansiedad por atrapar ese pez, y quizá la misma paciencia. Se que debo estar atento, mantenerme despierto, y estar fuerte. Entonces tomo mi cuchillo y corto un trozo de carne fría y otro de pan. Lo hago sobre la tabla del asiento (como el viejo) y espero. Debo estar atento me digo a mi mismo en voz alta… pero… ¡es tan difícil!... ¡Hay tantas cosas para ver en medio de la oscuridad!...!Y las que están adentro de uno!... ¡Hu!... Ahí  si que hay un mundo entero. Pero mejor me quedo afuera…subo a las estrellas con la mirada y se me ocurre un verso cursi. Me río. Debo estar atento, y desechar cualquier tentación de armar una rima que tenga a las estrellas como protagonistas, seguro que alguien ya lo hizo… y sin duda mejor.
¿Amainó la correntada? ¿Se movió el bote? ¿O fue un pez que aflojó el sedal?
Espero. Me concentro en la línea que apenas se ve un par de metros partiendo de la punta de la caña. Levanto un poco más la linterna. No demasiado, apenas para ver la tanza.
Ahora se tensa lentamente. Lucho con la ansiedad que me impele a tomar la caña. Espero.
La tensión aumenta, mas y mas… la punta de la caña cede y se hace arco, no es un tirón violento, es un llevarse la carnada muy despacio.
¿Qué haría el viejo en este caso? ¿Esperaría más tiempo?, o tomaría caña y “clavaría” al pez sin compasión.
Si, eso haré…tomo la caña para asegurar la pesca, pero al momento recuerdo que el viejo no tenía una de fibra de carbono, pero el pez no me da tiempo pensar, la línea se pierde en la oscuridad, fuera del alcance de la escasa luz de la linterna, de pronto también se pierde la punta de la caña. No la veo más, intuyo dónde está la línea, pero es tan grande la fuerza que ninguno avanza, ni el pez con su carnada, ni yo con el sedal.
Curiosamente todo lo que hay en el entorno desaparece. No hay cielo, y por lo tanto tampoco estrellas, y menos poemas cursis. No hay costas, pájaros nocturnos, murciélagos, ni zorros buscando hembras. Todo se reduce al espartano escudo que me sostiene, continúa por mis pies, pasa por caderas, torso, brazos, y sigue hasta la caña para bajar a lo profundo a través de la línea, a la boca del maldito pez, que seguro se ríe de mi allá en el fondo.
Y el tiempo pasa mientras nos lo repartimos con el pez, un poco él afloja para que yo pueda enrollar sedal, otro poco sale de estampida para que yo pierda todo lo que pude recoger.
En un momento de calma miro arriba y no se si el firmamento cambió de posición, o es el bote que se ha movido por la lucha.
El sueño comienza a hacer su trabajo y las piernas también. Sentado a proa, la otra punta del bote apenas se ve. La batería de la linterna pierde energía ostensiblemente, y la oscuridad se viene.
Pero quien también se viene es mi pez. Mi pez, y el viejo, que parece estar sentado a popa pero no le veo el rostro.
Ha dejado de luchar el agalludo, y pronto arrastro su peso casi inerte. Pesa. Por supuesto que durante la pelea imaginé qué pez sería. Dorado no, hubiera saltado fuera del agua ni bien se sintió herido. Boga… mmm… tampoco, debió rendirse antes. Patí grande, podría ser, armado chancho, lo mas probable… ¿surubí?... no… sería tener demasiada suerte.
Rebobino lentamente, el pez ya no hace fuerza, pero su tamaño me obliga a traerlo “a cañazos”, levanto la punta y recupero sedal, una y otra vez… pesa… está ahí, contra la tabla del bote, casi no se mueve… no lo puedo creer… es un surubí de casi un metro y medio. Debo aprovechar los estertores de la linterna para levantarlo… veo sus lomo moteado y muestra su gran panza blanca poniéndose de lado… las agallas se abren y se cierran lentamente… el anzuelo asoma al costado de la boca… tengo a mano el “bichero”…es engancharlo por la panza y subirlo al bote… pero… de allá, de popa me llega el susurro de la voz del viejo: ¿cuánto pesa ese animal?... Solo no te lo vas a comer… ¿A cuantos kilómetros estás de la ciudad?...aunque salgas ya mismo de regreso, no llegás antes de mañana al mediodía… pescado podrido vas bajar…
Paso la mano por ese cuero pintado por Picasso… lo acaricio al pez… y cambio arpón por pinza “de corte”…
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