viernes, 16 de marzo de 2012


Aldo Roque Difilippo

En el año 1871 la ciudad de Mercedes padecía, al igual que diferentes puntos del país, los azotes de la epidemia de Viruela. Aunque no muy significativa, ésta tendría un rebrote en los primeros años de la década de 1880, que ha quedado en los anales de la historia por su devastadora secuela. A 141 años de distancia resulta atractivo recorrer los hechos a través de un periódico, “El Mercedario”. Aunque su discurso resulte parcial, y por momentos tendencioso, es más que atractivo descubrir cómo pensaban y cómo vivían aquellos mercedarios del siglo pasado.
En 1857 Mercedes fue elevada al rango de ciudad y capital del Departamento, editándose también el primer periódico del interior del país: “El Río Negro”, dirigido por los hermanos Dermidio y Alcides De María (hijos del historiador Isidoro), por lo cual el 3 de setiembre de 1871, día que aparece el primer número de “El Mercedario”, Mercedes no solo vivía su decimocuarto año como ciudad capital del departamento, sino que había visto nacer y morir a por lo menos 14 periódicos de vida efímera, que ayudaron a la comunicación entre los habitantes de la floreciente ciudad, mediante un lenguaje tan rudimentario como los elementos técnicos utilizados en la impresión de los mismo: tipos de madera y metal que una vez armados en planchas, imprimían estos periódicos primitivos que en su mayoría no superaban una hoja.
Fortunato Gigena

Llenar el vacío
El primer número de “El Mercedario” (una hoja escrita a doble faz que luego se transformaría en ocho páginas), comienza expresando: “Comprendiendo la falta que hace un periódico en esta ciudad aunque sea de avisos nos hemos propuesto dar EL MERCEDARIO, para llenar ese vacío que lo creemos de necesidad, (…)”, advirtiendo que “dará a luz ocho números al mes los Jueves y Domingos de cada semana”.
Dirigido por Fortunato Gigena, primer tipógrafo mercedario, iniciado en “El Río Negro” y que ya había dirigido La Patria (1866), “El Eco de Mercedes” (1868), “El Río Negro” (1869), y posteriormente dirigiría “El Oriental” (1876-1883), “El Progreso” (1879-1880), La Nueva Era(1884-1885), y “El Amigo del Pueblo” (1885-1887). Este último se editó diariamente durante todo 1886, dejando de salir en abril de 1887, al morir Gigena.

La policía, los perros y la curia
La Viruela”, se titula un pequeño artículo de ese primer numero, temática que abordaría repetidas veces y con acaloramiento. “Todavía existen muchos que no se han vacunado”, denunciaba en una de sus páginas, “debido a la incuria de los padres y a ciertas creencias, de algunos, que miran a la  vacuna como la mayor plaga prefiriendo ver sucumbir a sus hijos antes de ceder de (sic) esas ideas ridículas que se ven a cada paso desmedidas”.
Mas adelante agrega que podrían vacunarse “en casa del Sr. Dr. D. Serafín Rivas” donde “hay todos los jueves y domingos, suministrada por el inteligente flebotomista D. Ermenijildo Aramendi, recomendamos a lo padres de familia, lleven a sus hijos para ser vacunados (…)”.
Al tiempo que apuntaba sus primeras criticas hacia la policía: “Nos ha sorprendido la medida tomada por la Policía, sobre la matanza de perros, sin haber dado antes un aviso para que las personas, en cuyo poder existen animales de estimación, tomasen las medidas de precaución, que en tales casos, la autoridad esta en el deber de iniciar; y doblemente nos ha disgustado el modo con que los encargados de la operación arrojan las píldoras de estrignina, sin preocuparse de las malas consecuencias que pueden traer a la población , el abandono de las píldoras que no tomasen los perros y que a merced de cualquiera otro animal quede en la calle. Preocupación, mucha preocupación, Sres. Encargados de suministrar la estrignina, no haya (sic) a suceder que paguen justos por pecadores”.
(…) “Hemos visto en algunas calles, perros muertos, que según nos dicen con estrignina , arrojada por la policía, bueno seria que también lo hicieran sacar, pues resultaría si no lo hacen, que corrompidos, causaría su putrefacción , un resultado malo para la población, pues esos mismo se esparcirían por toda la ciudad contribuyendo mas a la propagación de la viruela, que sigue con furor haciendo estragos (…)”. Agregando más adelante que “esta repugnante enfermedad que afije a la humanidad, va tomando cuerpo entre nosotros, merced al desaseo, a la poca vigilancia de la policía que hasta ahora hemos tenido y mas que todo al escandaloso procedimiento del Sr. Cura que en su deseo de hacer pesos, ha estado admitiendo hasta hoy cuerpos de los fallecidos de la epidemia a las puertas de la Iglesia para hacerles responso atacando así, disposiciones superiores, que le han sido comunicadas por la comisión de salubridad como también la salud del pueblo que contagia impunemente (…) parece desconocer el Sr. Cura en su propósito, repetimos de hacer pesos, sin importarle la salud del pueblo que esta más arriba de todo (…)”.


Sepultureros sui-generis y los boticarios
Las “disposiciones superiores” correspondían a una “Orden Policial”, por la cual se establecían los procedimientos para la sepultura de los cuerpos. “Todos los cadáveres al ser sepultados deben ser cubiertos con una capa de cal viva” el blanqueo externo e intenso de las cosas, la prohibición de velorios el barrido de la basura y el combate de las aguas servidas. Denunciándose una semana después que “en el Cementerio se sigue una forma desconocida sui géneris por su invención inmoral, una verdadera epidemia cual es la apertura de los fosos que abren en línea recta o mejor explicado (sic) una zanja de tres cuartas a lo mas de profundidad dentro de la cual e va colocando los féretros uno en pos de otro continuadamente y los cuales se cubren en parte, pues mientras no llega al anterior queda como todo el cotado a donde debe arrimarse el vecino sin cubrirse por tierra.
Excusamos expresas las consecuencias de tan villana invención, que si nos ha causado pavos no se iguala al que produce al indiferentismo a la criminalidad de las autoridades que han procedido y consentido tal escándalo (…) Entre tanto, el sepulturero que tiene por costumbre desnudar a los muertos para negociar sus vestidos que los hacia meses atrás ¿Quién nos garante que no haga lo mismo con los fallecidos de viruela?” reclamándole el Jefe Político “mandar al Cementerio una buena cantidad de cal viva, para empezar a cubrirse los cadáveres y que debe a todo trance, colocar un encargado del Cementerio que responda a la confianza que ese puesto merece, y no profane los cadáveres que cumpla exactamente su misión de otra manera todo será inútil y nuestros esfuerzos como el de la autoridad se estrellaran”
Reiterando una semana después las medidas policiales “han caído en ridículo” ya que no solo no se enterraban las personas de la forma indicada sino que “hasta ayer flotaban en la superficie de la tierra, las ropas de los fallecidos acompañados de una pierda o un brazo salido del cajón, que se cubra, una cuarta de tierra”. Agregando que “ahora, se nos denuncia que las ropas de los fallecidos de viruela, no solo no se queman, sino que en la cama donde acaba de morir, se acuestan otros vivientes o criaturas, cubriéndose con las mismas ropas del que momentos antes ha expirado”. Al parecer, todos en alguna medida, tenían su parte de culpa para que la epidemia se propagara: “¡Sres. Farmacéuticos! – Más caridad, más filantropía con los pobres que van a comprar alguna medicinas para enfermos. Es preciso Sres. Botánicos que seáis más caritativos y humanitarios con las personas proletarias. Esperaremos que modifiquéis los precios de vuestras medicinas, haciéndose dignos de los encomios del pueblo”

A divertirse
“Los carros de limpieza – Estos vehículos cuyo destino es puramente para conducir las basuras que se extraen (sic) de las casas, han sido estos días ocupados, para la conducción al cementerio de unos infelices que sucumbieron de la viruela.. Por lo repugnante, lo inmortal es, que esos cadáveres han sido echados en el carro de basuras, envueltos en los trapos que les sirvió de cama en su enfermedad, llevando así, el contagio por las calles por donde ha cruzado a la vez que el espectáculo horripilante que de ello se desprende (…) Pues que ¿la Policía no puede proporcionar carro y cajón a esos infelices? ¿Puede permitirse que se repita el cuadro escandaloso y repugnante que a grandes rasgos describimos?”. Llegando con el verano la esperanza de que la epidemia retrocediera. El Carnaval prometía diversión, pese a todo en un febrero caluroso. “¡Divertirse queridos lectores y lectoras, mucho muchísimo! Pero os recomiendo que no gastéis muchos pesos, porque en estas circunstancias de guerra, epidemia y otras yerbas es indispensable el sistema económico”, ya que “este pobre cronista se abstendrá de gastar, pues sepa uds. que había reunido algunos regalitos, pero la época y el estado anormal por que atravesamos, me hace que apriete la chusma donde están los pobrecitos”
Aunque en marzo de 1872, todavía se seguían informando sobre “este terrible azote” que “no nos quiere dejar en paz; sufrimos aun sus fatales consecuencias, habiendo algunos casos todavía. Parece que esta inhumana enfermedad, no nos dejara hasta el invierno y  antes de desparecer del todo nos dará algunas victimas, causadas por su furia infernal”
En aquel convulsionado 1872 donde 420.000 personas habitaban nuestro país, el Ferrocarril llegaría a la ciudad de Florida, una vez construido el puente Santa Lucía.
La North Western Railway of Montevideo tomaría a su cargo el Ferrocarril que uniría Salto y Santa Rosa, la Ovale Elis Co. el  que llegaría a Maldonado, y la B. Dupuy llevaría el ferrocarril hasta Pando. El Uruguay dejaba de ser tan ancho y deshabilitado, aunque 205.00 personas se congregaban en un naciente macroencefalismo montevideano. En Canelones se ensayaron con éxito las trilladoras y segadoras a vapor, en fin de una era en la que se habían avizorado las grandes revoluciones tecnológicas de los años posteriores.


Nota: Nuestro agradecimiento al Esc. Alfonso Arias quien nos proporcionó una colección del periódico “El Mercedario” del 3/9/1871, con el cual confeccionamos el presente trabajo.
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