viernes, 16 de marzo de 2012

De como hube comprobado que contar historias medievales, te acarrea mas enemigos de los que puedas enfrentar
con mil puñales


Escriba Medieval

Había una vez en una pequeña y lejana comarca un Señor feudal que reinaba sobre su pueblo desde un antiguo y coqueto palacio.
Los habitantes de la aldea a orillas del gran Lago Negro tenían por costumbre –trasmitida de generación en generación- fablar a escondidas unos de otros, asunto que no sabía de clases sociales. El tahonero fablaba a escondidas de la mujer del sastre; las hilanderas de Don Juan el Boticario, el paje del Señor de las Damas de compañía, y el tabernero medía con sus brazos el tamaño de los cuernos del tahonero (medida quizá aplicable a los suyos propios).
Sin embargo era común verles saludarse gentilmente todos entre si a la salida de la misa; en las celebraciones organizadas por el Amo, o en las fastuosas fiestas de palacio.
Pero las intrigas pueblerinas no habrán de ser hoy motivo de éstas escrituras, sino que relataréles algunos aconteceres que hube descubierto un día que decidí ir de visita y pasearme por la aldea.
Silbaba este humilde una alegre tonadilla mientras pateaba piedrecillas por las calles, hasta que encontróse con un gentilhombre parado en una esquina. Como era plena mañana y el sol brillaba en todo su esplendor (valga la frase repetida), este Escriba no sintió temor (pese al recuerdo de Eustaquio) y espetóle una pregunta:
-¿Podríais decirme gentilhombre donde puedo encontrar una taberna para apagar mi sed?- (evidente que hoy no tengo mi verba original)
Pero antes de emitir una palabra amable, el moço miróme fijo y huyó espantado.
Despojado que hube mi mente de preocupaciones fútiles, continué mi camino decidido a comerme un chivito en el carrito de los hermanos Lisor-Ios, pero no bien arribé al pie del comedero, los viandantes que rodeaban el rodado salieron de estampida (algunos sin dejar los maravedíes que corresponde).
Dispuesto a averiguar el motivo del espanto que ante mi presencia producíase, busqué presto una botica para verme en un espejo, pero…!oh, desdicha!... el boticario escondióse tras redomas y anaqueles gritando: ¡está cerrado…salgo a comer!...
Igualmente ignorélo y puse mi cara frente al vidrio que devolvióme la imagen de mi rostro. Nada raro vi. Allí estaban mis arrugas, mi nariz de gancho, mis pelos blancos y ralos, y mi barba como seto de espinas. En vano busqué erupción o pústulas, y aún estirando mis párpados en busca de una tormenta de venas sangrientas nada encontré. Fuíme entonces del lugar, aunque un poco mas preocupado que antes. Tres calles mas abajo di de jeta con un antiguo colega de juergas juveniles, pero antes de poder saludarle el hombre díjome: ¡ossaludoescribaesperoque tengáisbuenos diasperodeboirmepuesandoconprisaymucha!.
¡Y fuese de prisa!
Andando las calles pueblerinas encontróme el mediodía. Hambriento, sediento, y esperpento, según constatar pude, pero aún sin saber el motivo de mi peste.
Y fue a la salida de la aldea, allá, donde los campesinos labran la tierra con sus bueyes (cuando los pierden lo hacen con los asnos) que uno dellos dignóse convidarme un vaso de leche (que bebí, pese a mi intolerancia a la lactosa, lo cual producíame inmunda flatulencia) y viendo a todos lados con temor, díjome:
-Debes saber Escriba que no sois bienvenido en la comarca-
-¿Y cual es la razón? Indaguéle como si no me importara del asunto.
-Sencillo –fabló el hombre- tu eres molesto como grano en el cubo.
-¿Y por qué razón molesta un solo grano si en el cubo no se ve?
-Porque acá todos ven el grano en el cubo del otro, pero no ven el silo en el propio-
-¡Ah! –respondíle- me quedo mas tranquilo, pero sigo sin entender nada-
-No importa…solo vete, y cuando solo estés piensa si lo que escribes verdad es. Entonces entenderás por qué te huyen...-
Una vez de regreso en mi scriptorium, sentéme frente a un vaso de vino y lancé una mirada a mi vida pasada. Apelé a la memoria, y recordé que mis rodillas jamás habían tocado la tierra en señal de reverencia ante nadie. No tenía dos maravedíes en mi talego, pero pensé:  -si ese el precio por decir la verdad, satisfecho estoy-.
Llegaron a mi mente las palabras del campesino…y entonces, entendí.
 


Moraleja:
                Cuando no seáis condescendiente, ni adulón, ni alcahuete del Señor o el Arcipreste, te encontrarás tan solo que –leproso- ni el propio Jesús liberarte ha de tu peste.

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