viernes, 9 de marzo de 2012

Hablando de bueyes perdidos

La importancia de tener un lápiz



Ángel Juárez Masares



El lápiz quizá sea la herramienta de escritura más elemental que exista en los tiempos actuales. Sin embargo su valor y utilidad se aprecia cuando no se tiene. Metido en un cubo sobre un escritorio, el viejo lápiz de grafito permanece casi ignorado ante soberbios bolígrafos o marcadores de diferente graduación de trazo, pero cómo se potencia cuando necesitamos anotar ese número de teléfono o esa dirección, ¡ya!, y no hay otra cosa que un trozo de lápiz con la punta quebrada.


Cuenta Paul Auster, que cuando tenía ocho años, su padre –fanático del beisbol- lo llevó con unos amigos a ver el primer partido por la gran Liga entre el New York Giants contra los Milwaukee Braves. Ellos tenían asientos preferenciales, y Auster recuerda que una vez terminado el partido los hombres se quedaron sentados hablando hasta que el estadio quedó vacío. Dice que se hizo tan tarde que tuvieron que atravesar el “diamante” de la cancha y salir por la puerta del campo central que –casualmente- daba a los vestuarios de los jugadores.
-Allí me encontré de pronto con Willie Mays- recuerda Auster-el As de mi equipo estaba  parado en ropa de calle a menos de tres metros. Logré hacer que mis piernas se movieran hacia él, y recogiendo hasta el último gramo de coraje, le dije: Señor Mays, ¿podría tener su autógrafo?-
La respuesta fue brusca pero amistosa : -Por supuesto chico, ¿tienes un lápiz?-
Yo no tenía un lápiz, de modo que le pedí a mi padre que me prestara el suyo, pero él tampoco tenía. Ni los amigos. El gran Willie estaba ahí, mirándome en silencio. Cuando fue evidente que nadie del grupo tenía nada con qué escribir, se volvió hacia mi, se encogió de hombros, y dijo:
-Lo siento chico, si no tienes lápiz no puedo darte un autógrafo- Luego cruzó el campo y se perdió en la noche.
Auster asegura que después de esa noche comenzaría a llevar un lápiz donde quiera que fuese. No es que tuviera algún plan especial para ese lápiz, pero no quería estar desprevenido.
-En todo caso –dice- los años me enseñaron que si llevas un lápiz en el bolsillo existe la posibilidad que un día te sientas tentado a usarlo.
Años mas tarde, Paul Auster contaría a sus hijos esa anécdota a raíz de la cual –sostiene- se hizo escritor.
Podemos quizá relativizar esa circunstancia, pues no siempre el tener un lápiz en el bolsillo nos convierte en escritores, como tampoco poseer un serrucho nos convierte en carpinteros.
Sin embargo –y amparados en que estamos hablando bueyes perdidos- ¿quién puede asegurar que el más insignificante elemento no sea el disparador de grandes cosas?
Personalmente puedo dar testimonio que mi pasión por los libros nació porque mi padre solía leer siempre, aún cuando no hubo terminado la escuela primaria. Así como mi megalomanía tuvo su génesis en aquella antigua radio “capilla” de mi casa paterna que funcionaba a válvulas y batería.
Indudablemente los factores introductorios a determinadas disciplinas, como la música, la escritura, la pintura, y las artes escénicas, pueden ser múltiples y provenir de circunstancias diversas. Quizá algunas personas estén condicionadas genéticamente para ello; otras encontrarán el camino a través de experiencias vividas en la primera infancia, a veces tan pequeñas como la de Paul Auster (aunque no menos condicionantes, como ya lo vimos).
De todas maneras la aparente nimiedad de no tener un lápiz en el momento oportuno, dejó a aquel niño de ocho años sin el autógrafo del crack de su equipo.
Quizá sería bueno que cada hombre tuviera siempre a mano un lápiz que nos permita recordar una idea tonta, un poema cursi, o dibujar una paloma. Mas no sea por la cantidad de veces que otros hombres nos mataron ideas tontas, se burlaron de poemas cursis, o nos prohibieron dibujar una paloma.
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