sábado, 14 de abril de 2012

OPINION

Comparto este artículo que me pareció interesante. El mismo se refiere a la muerte del actor maragato Martín Pino Clara, que por ahí muchos de ustedes conocían. Álvaro Ahunchain reflexionó sobre el tema en el Foro de la Sociedad Uruguaya de Actores (SUA). Opinión que quiero compartir con los lectores de HUM BRAL.
  
Enrique Sena de León

Los pibes chorros no nacen por accidente


Álvaro Ahunchain (*)

Según " La República ", Martín Pino Clara habría sido arrojado al agua por los cuatro chiquilines que intentaban rapiñarlo. Sin embargo, los partes oficiales han insistido en que cayó "por accidente".
Una tarde escuché la declaración de un vocero, no sé si de Prefectura o de la Policía, aclarando que a pesar de que Martín se había trabado en lucha con sus agresores, éstos no lo empujaron intencionalmente.
Un comentario que sería risible si no refiriera a una tragedia. Pero mi intención no es sumarme al coro que utiliza estos sucesos desgraciados para dar palos al Ministerio del Interior. Quiero dirigir mi reflexión hacia otro lado.
Martín era actor, alumno de ese semillero de talentos que es la Escuela de Actuación Montevideo. Y gracias a su idoneidad ya había trabajado profesionalmente bajo la dirección de Bernardo Trías.
Extraoficialmente se dijo que fue asesinado por cuatro planchas. Los medios no definieron así a los rapiñeros, por elementales reglas de corrección política. Se supone que la de los planchas es una tribu urbana que merece respeto, y definir como tales a un puñado de delincuentes equivale a estigmatizarla. Pero a mí me tiene un poco podrido esa corrección política.
Debería decir muy podrido.
No quiero transmitir que todos los planchas son antisociales, sería una generalización injusta. Pero lo que me molesta es esta moda careta del relativismo, según la cual es lo mismo un lumpen que manguea una chapa pal vino que un trabajador que se desloma de sol a sol para dar un mejor futuro a sus hijos. Que son lo mismo una barrita de prepotentes que andan amenazando con botellas rotas, que un chiquilín del interior que se vino a Montevideo a estudiar teatro, a cumplir el sueño de producir cultura, para enriquecer el alma de la gente.
Y que se me entienda bien: no estoy hablando de encarcelar, perseguir o silenciar a nadie. Lo que no me banco es que se los celebre como representantes de una supuesta autenticidad. Un tipo que se dedica a la vagancia, la mendicidad semi delictiva y el abuso de alcohol y otras sustancias, no debe ser respetado en su elección vital. Debe ser reencauzado, reformado a través de la transmisión de valores de convivencia pacífica y espíritu de superación personal.
La sociedad uruguaya parece estar muy lejos de entender esto.
Por el contrario, la cultura lumpen que produce música ordinaria con letras degradantes de la dignidad humana, se difunde alegremente por los canales de televisión y se baila despreocupadamente en eventos de todas las clases sociales. Ya se ha impuesto la moda de que para que un comunicador caiga simpático, tiene que hablar comiéndose las eses, hacer bromas sexistas y menoscabar al diferente. Hemos visto como a periodistas respetuosos, sobrios y elocuentes, se los acusa de acartonados.
Lo mismo puede decirse del respeto por la formación académica. Cuando  desde esta columna he planteado que deberían llevarse las obras de Shakespeare y la música de Mozart a los liceos de las zonas más pobres, algunos me dijeron que estaba tratando de imponer una cultura ajena a la de grupos sociales que defienden sus propias pautas. Pero si estas pautas se traducen en canciones que dicen "Mamámela", o "se te ve la tanga", o "si nos organizamos cogemos todos", disculpen, pero estamos manejando un concepto equivocado de la diversidad.
Muchos me preguntarán qué tiene todo esto que ver con la muerte de un actor a manos de una barrita de planchas. Y yoles respondo que sí, que en esta sacralización social de la terrajada está la génesis de esos hechos de violencia sin sentido.
La educación en valores es responsabilidad de nuestro pésimo sistema de enseñanza y también de determinados medios de comunicación, que cada día deterioran más sus contenidos, para responder a un gusto popular primitivo y pueril, al que terminan retroalimentando.
Quienes nos sentimos escandalizados por esta decadencia moral y cultural no deberíamos ser adjetivados como aristócratas, pacatos o conservadores.
Nada hay más revolucionario que el "Macbeth" de Shakespeare o el "Requiem" de Mozart.
En cambio, aquellos que avalan la terrajada desde una supuesta amplitud de enfoque intelectual, terminan siendo funcionales a las industrias y los gobiernos que apuntan conscientemente al embrutecimiento de la gente, para limitar su libertad.






(*)  Director teatral uruguayo.
 Escrito en el Foro de la Sociedad Uruguaya de Actores (SUA).
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