sábado, 14 de abril de 2012

El Cuentito Medieval

De como el amo supo que quienes
lo rodeaban no sabían matemáticas                                                                                                                         



Escriba Medieval



Había una vez en una pequeña y lejana comarca un Señor feudal que reinaba sobre su pueblo desde un coqueto y antiguo palacio. Aunque como vosotros sabéis, queridos Cofrades, eso de reinar habíase convertido en una ilusión, pues poco a poco, lo acólitos iban procurando acarrear agua para sus molinos previendo futuras “sequías”.
Algunos antiguos pergaminos nos permitieron conocer los pormenores de una fiesta que organizóse en un arbolado parque algo retirado de la aldea, pero a orillas del Lago Negro. Erguíase allí un antiguo castillo en cuyas adyacencias reuniéronse músicos, juglares, y payasos variopintos. La chiquillería aglomeróse encima de varios odres inflados dispuestos a manera de colchón, para que –entretenidos saltando sobre ellos- no importunaran a las Damas y los Caballeros que llegaron desde tempranas horas de la tarde a disfrutar del espectáculo.
Pero hete aquí, que la muchedumbre obligó a los Nobles de Palacio a contratar un equipo de bocinas gigantes para que la voz de los cantantes llegara nítida hasta los oídos de los mas alejados del estrado.
¿Dónde hay bocinas? Preguntó uno de los lacayos.
-En la aldea no- dijo otro.
-¿En la Aldea de los Suplicios? Preguntó alguien, ya decepcionado.
-No. Están ocupadas en los torneos de destrezas equinas- dijo el anterior.
-Entonces pidan a la aldea allende el Lago Negro, y si no tienen, ¡que las inventen!, gritó el primero, desesperado.
El asunto fue que finalmente desde la vecina aldea llegaron las preciadas bocinas (marca ACME) que amplificarían el sonido de laúdes y timbales para solaz de los circunstantes.
Y la fiesta comenzó con la actuación de varios artistas de la pequeña comarca (que por supuesto pasaron desapercibidos), hasta que le tocó el turno a los músicos que llegaron de la Gran Aldea del cerro y la bahía. Se trataba del grupo “Cansino”, nombre al que le hacían honor porque entre todos los integrantes sumaban como 800 años, y por supuesto estaban tan cansados que cantar a penas podían.
Pero como no eran de la comarca fueron aplaudidos con entusiasmo, aunque no fue permitido que nadie se acercara por temor a que les produjeran alguna fractura de cabeza (de fémur).
Todo culminó tal como estaba previsto, y los aldeanos se retiraron felices a sus moradas entonando estribillos populares.
Pasados que hubieron algunos días, los lacayos que organizaran la fiesta lleváronle al Señor Feudal  la lista de los gastos: pago a los payasos, 10 maravedíes, alquiler de los odres inflables, 25, pastelera, 12, armado del estrado 18, bandos anunciando la fiesta, 75.
Dicen que el Amo leyó sin inmutarse el primer papiro, pero sobresaltóse tremendamente cuando dio vuelta la hoja; alquiler de bocinas en la aldea allende al Lago Negro, 180.000 maravedíes, pago al grupo “Cansinos”, 80.000.
Mas tarde se conoció que el Señor dominó con gracejo su ira y despidió a sus acólitos con cortesía. Sin embargo, presto envió palomas mensajeras a los dueños de las bocinas para corroborar los costos enunciados. Grande su sorpresa fue (algún día tenía que avivarse) cuando desde el otro lado del Lago llegó una grácil paloma que posóse en su ventana para que le fuera retirado el anillo donde venía la respuesta: “Honorable Señor, los fabricantes de bocinas  que firman al pié, aseguran que el costo de nuestros aparatos amplificadores (marca ACME) es de 80.000 maravedíes”.
Ya montado en Cólera (un pequeño vibrión que tenía de mascota) el Señor fizo lo mismo con los del grupo “Cansino”, aunque en este caso la respuesta tardó como una semana porque las palomas destos artistas eran tan ancianas como ellos.
“Nuestros honorarios suman 50.000 maravedíes, pero en virtud deste despacho, rogamos agregar 10 mas para el cereal de nuestro mensajero, el palomo “Gimeil”, que os ruego soltéis lo antes posible pues es el único que mas o menos vuela”.
Nada se sabe aún de las medidas que tomará el Amo ante tanto error numérico, pero se presume que nada acontecerá, pues reconocerlo sería como arrojar guijarros sobre el panal que cuelga de tu propia ventana.



Moraleja:

                 Si a los números  que os presentaron siempre, los mirasteis con la vista gorda, estaráis tan bien embadurnado, que deberáis agregarle oreja sorda.






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