viernes, 8 de junio de 2012

Hablando de bueyes perdidos

De calaveras y otras yerbas

Ángel Juárez Masares

Nunca tuve la curiosidad por averiguar el origen de la palabra calavera en su acepción figurada, pues la propia no puede tener otra que la designación de un cráneo, vacío y descartado. Pero en tiempos de mi juventud se aplicaba a quienes hacían de la noche, los bailongos, la “timba”, y “las minas”, su modo de vida (o por lo menos lo intentaban).
Sin embargo algunas historias parecen indicar que tal “apelativo” se remonta a épocas remotas; alguien dijo que un tal Alcibíades era el calavera mas perfecto de Atenas. El célebre filósofo que arrojó sus tesoros al mar, no hizo con eso mas que una calaverada. César, marido de todas las mujeres de Roma, hubiera pasado por un excelente calavera; Marco Antonio –pese a Cleopatra- no pasaba de ser un calavera. Es decir, la suerte de los pueblos ha estado mas de una vez en manos de un calavera. Baste lanzar una mirada a la historia reciente y atisbar en las intimidades que se han hecho públicas de algunos Gobernantes, para concluir que la cosa no ha cambiado mucho. Aún si echamos mano a los recuerdos de cada uno, veremos que todos hemos sido un poco calaveras en alguna etapa de nuestras vidas, a saber: ¿Quién no escribió algunos versos sintiéndose perdidamente enamorado? ¿Quién no ha prestado dinero? ¿Quién no lo ha debido? ¿Quién no se ha jugado un boleto a algo? ¿Quién no amaneció con alguna copa de mas?
Claro, la enormidad de subdivisiones en las que podría catalogarse un calavera sería imposible de abordar, además de sumamente tediosa, sobre todo teniendo en cuenta que estamos hablando de una especie extinta. También se puede discutir si haber incurrido en las acciones antes mencionadas nos mandaba de cabeza al cajón de los calaveras, o las mismas no ameritaban tal definición.
El calavera que nosotros conocimos era un ser silvestre, y por lo tanto sin educación. Un hombre de la plebe. Ocupado y preocupado siempre por su apariencia, tenía a la “santa viejecita” al pié del piletón lavando sus camisas (que por lo general no pasaban de dos), y planchando sus pantalones “a la raya” (los que tampoco pasaban de dos). Eso si, el mantenimiento de sus zapatos corría por cuenta propia, y era común verlo después del mediodía (antes dormía), lustrando “a espejo” los “tarros” de charol.
Solía fumar cigarrillos de los largos y escupir por el colmillo, llamaba “botija” a los gurises del barrio (donde se sentía el capataz), y era común escucharle cantar alguna estrofa de un tango, porque por lo general no era capaz de memorizar la letra entera.
Al anochecer, el calavera rumbeaba para “el bajo” caminando por el medio de la calle, balanceando los brazos de manera que le imprimía al cuerpo un raro contoneo, como “pa no pasar desapercibido”.
Entre los que conocí hubo algunos que eran buenos para el fútbol, pero nunca llegaron a nada porque por lo general iban a jugar sin dormir, y además nunca iban a los entrenamientos. Otros se la creyeron y conocieron “la gayola” por unas piñas, o una avivada con las cartas, pero en realidad nadie de esta fauna era capaz de matar una mosca.
De cualquier manera ese calavera era –con todas sus limitaciones- un ente mas querible que esa especie indefinida que hoy nos rodea, y cuya edad cronológica ha descendido junto con su léxico. ¿Por qué digo esto?, porque nuestro calavera si algo tenía era “labia”, no sería muy letrado, pero que la “chamuyaba”, no había duda.
Hoy, cuando las sociedades cambian de la noche a la mañana, los calaveras no tendrían lugar. El viejo prostíbulo “El barquito” no existe más (en realidad no existe nada con esas características), y un calavera contoneándose por el medio de la calle no solo haría el ridículo, sino que sería arrastrado de manera inmisericorde por una moto de alta cilindrada tripulada por un par de “wachi-algos”…vaya pues nuestro divague de hoy en memoria de aquellos calaveras, tan pintorescos como inofensivos.
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