viernes, 7 de septiembre de 2012

Hablando de Bueyes Perdidos


Cuando no se sabe si un camino va, o viene

 

 
Ángel Juárez Masares
 
Cuando esta semana me senté frente a nuevo documento de Word en blanco para escribir “Hablando de bueyes perdidos”, estaba –como siempre- tan perdido como los bueyes que pretendo encontrar. Fue entonces cuando Graciela “cuelga” en Facebook uno de mis cuadros; “La Espera”.
Entonces me quedé pensando, no tanto en el cuadro, sino en “la espera”.
¿Acaso la vida misma no es una interminable espera?
¿Cuántas veces esperamos –como el personaje de la obra- alguien o algo que aparecerá por ese camino solitario que se pierde al horizonte?
¿Cuántas veces –cansados de esperar- nos bebemos la copa destinada “al otro”?
No se en realidad si “esperar” es una actitud o una circunstancia.
“Plazo señalado para una cosa”, leo en mi desvencijado Larousse Ilustrado entre otros significados de la palabra, e inmediatamente busco “esperanza”, que se define como “confianza que se tiene de recibir una cosa”.
A esta altura no puedo evitar pensar en la fe, palabra que mucha gente asocia con la esperanza, y que el Larousse define como “virtud teologal que nos permite creer –aún sin comprenderlas- las verdades que nos enseña la Iglesia”.
“Acá solo podemos esperar amanecer vivos mañana –había dicho mi Amigo una noche, hablando de su docena de años en el Penal de Libertad- porque si la esperanza uno la pone demasiado lejos en el tiempo, seguro se transforma en frustración”.
Por aquellos días no terminaba de comprender algunos razonamientos de ese hombre, pero lo escuchaba con atención, pues sentía una profunda curiosidad por saber cómo algunos de estos tipos habían logrado salir mentalmente sanos después de doce años “adentro”.
También recuerdo que una noche en que terminaba unas ventanas que debía entregar temprano al día siguiente, empezamos a hablar sobre la relatividad de algunas cosas. Muchas veces mientras yo cebaba mate, solíamos tomar un tema y “destrozarlo”, y ahora –aún después de años- puedo asociar algunas charlas –por ejemplo- con la espera.
“Desde acá (el ventanuco vertical del calabozo) veo el camino que llega al Penal, dijo una vez.
“Preferimos que “llegue”, porque no sabemos si alguna vez nos habremos de ir por ese camino, y así acotamos “la espera” para que no se vuelva “frustración”.
“Lo mejor para que no te decepciones de la gente, es no esperar demasiado de ella”. Solía decir mi Padre, que no decepcionaba a nadie porque siempre estaba dispuesto a “dar una mano”.
“El que espera desespera y termina por llorar”, decía la letra de una canción que cantaba una española allá por los años ´50.
“Esperá…y vas a ver”, decía mi madre advirtiéndonos por las consecuencias de alguna travesura.
La espera y la esperanza siempre anduvieron juntas por la vida, muchas veces no supimos si eran dos o una sola; en ocasiones funcionaron como aliciente para seguir en la brecha, en otras fueron tan utópicas que solo sirvieron para estancarnos y hacernos perder el tiempo.
Cada uno las maneja a su leal saber y entender, pero ambas forman parte de la existencia humana. Hoy espero que lo que escribo acerca de la espera sea comprensible para quienes esperan que no los decepcione. Lo hago porque tengo esperanzas que así sea, y sin embargo se que no será compartido por todos los lectores. Para algunos esperar será el motivo de sus vidas, para otros será como la imagen detenida en el tiempo que se desprende del cuadro que dio motivo a este divague; un quedarse mirando un camino a través de una ventana. Un camino que –como el que veía mi Amigo tras las rejas- nadie sabe “si va o viene”. Cruzarse de brazos a esperar –o levantarse y andar- será la decisión de cada uno…
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