viernes, 2 de noviembre de 2012

EDITORIAL



Entre la vida y la  muerte 






Aldo Roque Difilippo


“De tanto vivir frente/del cementerio/no me asusta la muerte/ni su misterio” cantaba  Alfredo Zitarrosa, pero lo cierto es que el ser humano a lo largo de la historia se ha sentido subyugado por ese misterio que significa dejar de existir.  No hay civilización  ni cultura sobre la tierra que no haya intentado explicar  esa interrogante: ¿qué pasa después de la vida?  Quizá por esa necesidad implícita de los mortales que querer trascender más allá de su existencia física.
Lo cierto es que con más o menos ostentosidad, con más o menos histrionismo,  las diferentes culturas veneran a sus muertos. En el río de la Plata cada  2 de noviembre solemos ver los Cementerios abarrotados de personas depositando flores  en las tumbas de sus seres queridos, como pequeños mensajes hacia el pasado.
En la década de los años 40, 50  y quizá un poco más (del Siglo pasado) el Cementerio solía convocar a una importante cantidad de la población cada  2 de noviembre, por lo menos en Mercedes. Las personas se ataviaban para la ocasión y llevaba flores a  sus difuntos mientras la Banda  Municipal interpretaba algunas melodías. Una suerte de paseo dominguero  y mientras los músicos actuaban, la multitud se agolpaba en torno a ellos. Una oportunidad que seguramente los muchachos aprovechaban para aproximarse a alguna dama, al igual que en las retretas domingueras en las plazas o en la rambla. Una costumbre muy  difundida ya que la música era utilizada como un vehículo de comunicación y sociabilización. “En esa época el batllismo era sinónimo de pueblo y la música siempre fue el vehículo más rápido y efectivo para llegar a las masas”  (“Alfredo Magliaca, educador musical del Pueblo, Lilia Armas Castro, Mercedes, 2005).


Cristianos y paganos
La muerte en una sociedad nostálgica como la rioplatense, conformada  mayoritariamente por inmigrantes que añoraban  su patria y los afectos que allí dejaron, ha tenido y sigue teniendo un carácter de solemnidad, a diferencia de  otras culturas como la caribeña  o de otras latitudes donde el sepultar a un ser querido es casi una fiesta (por lo menos para nuestra forma de ver y concebir ese trance).
El poeta Octavio Paz esboza una explicación: “La indiferencia del mexicano ante la muerte se nutre de su indiferencia ante la vida”.
Para la Iglesia Católica Romana (cultura dominante por estas latitudes y con gran preponderancia en las primeras décadas del Siglo XX)  cada 2 de noviembre se  celebra el  día de los difuntos. “La celebración se basa en la doctrina de que las almas de los fieles que al tiempo de morir no han sido limpiadas de pecados veniales, o que no han hecho expiación por transgresiones del pasado, no pueden alcanzar la Visión Beatífica, y que se les puede ayudar a alcanzarla por rezos y por el sacrificio de la misa. [...] Ciertas creencias populares relacionadas con el Día de los Difuntos son de origen pagano y de antigüedad inmemorial. Así sucede que los campesinos de muchos países católicos creen que en la noche de los Difuntos los muertos vuelven a las casas donde antes habían vivido y participan de la comida de los vivientes” (de The Encyclopedia Britannica,  edición de 1910).  Y ese pensamiento atravesó y continúa en gran medida atravesando toda nuestra cultura occidental y cristiana.
Con su característica ironía don Francisco de Quevedo y Villegas  expresó: “Conviene vivir considerando que se ha de morir; la muerte siempre es buena; parece mala a veces porque es malo a veces el que muere”. En el otro extremo con su  pausado razonamiento criollo Atahualpa Yupanqui también dijo: “No le tengo miedo a la muerte, a lo que sí le tengo respeto es al trance, el ir hacia allá. Confieso que tengo curiosidad por saber de qué se trata”.
Sea como fuere, cada 2 de noviembre recordamos el Día de los Difuntos, más allá de que es una costumbre que en las últimas décadas viene cayendo en desuso; aunque algunos de estos rituales ante la muerte continúan vigentes.

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