viernes, 11 de enero de 2013

 Las líneas de la fortuna


Daniel Gatti



La antigua patria putativa del proletariado universal se ha convertido en paraíso de los (nuevos) ricos que quieren escapar a la “insoportable presión impositiva” a la que estarían siendo sometidos en sus países por rapaces estados totalitarios, mientras en la tierra prometida del capitalismo que lo sigue siendo, un hipermillonario iconoclasta, segunda fortuna del mundo, gurú de Wall Street, reclama una y otra vez pagar más impuestos porque, dice, “la lucha de clases, que existe y es bien real, la estamos ganando los ricos” y lo encuentra intolerable. Así está el mundo, amigos.

 
La vieja patria proletaria devenida tierra de asilo de súper millonarios no es otra que Rusia, y de ella aspiran a hacerse ciudadanos una pléyade de exiliados impositivos franceses que van desde Gérard Depardieu al tenista de origen rumano Illie Nastase o la actriz convertida en defensora de ballenas Brigitte Bardot, como antes se hicieron más previsiblemente suizos Alain Delon, Charles Aznavour y Johnny Hollyday, y más discretamente belgas un montón de tenistas y Bernard Arnault, uno de los propietarios del grupo de lujo Louis Vuitton, el millonario más millonario de Francia.
El hombre que reclama pagar más impuestos, acaso y sin acaso más rico que muchos de los exiliados impositivos juntos (dicen que su patrimonio equivale a unos 56 mil millones de dólares) es Warren Buffet. Hace ya algunos años, cuando en los Estados Unidos de la crisis tomaba nueva fuerza el debate entre demócratas y republicanos sobre la reforma fiscal, Buffet aseguró que en su propia empresa no había empleado alguno, no había asalariado alguno que pagara menos impuestos que él. Pago menos que mi secretaria, insistió tiempo después el octogenario magnate, haciendo de la señora (de 56 años, pelo recogido, 20 años en la empresa de su patrón) un personaje de revista. Debbie Bosanek, que así se llama la secretaria del gurú, conoció en la época bastante más que 15 minutos de fama, que se prolongaron cuando figuró entre las invitadas a la convención demócrata que proclamó a Barack Obama candidato a su reelección, el año pasado. Bosanek fue presentada en el mitin como símbolo de esa “clase-media-víctima-de-la-crisis” gravada, para peor, con tasas impositivas mucho mayores que las de los grandes barones del capitalismo financiero. “No puede ser que yo pague a Hacienda 17,4 por ciento de impuestos, y la media de mis empleados 36 por ciento”, dijo por entonces Buffet, que no necesitaba ningún minuto de fama adicional pero que los logró de todas maneras con lo que se llamó “la regla Buffet”, el título que encontró Obama para popularizar su plan para imponer (algo) más a los que ganan (mucho) más.
A Gérard Depardieu seguramente la regla Buffet o alguno de sus equivalentes, si algo le dice le horroriza, aunque acaso no siempre haya sido así, no por lo menos en los años setenta, cuando luego de encarnar a un sindicalista en Novecento coqueteara con el Partido Comunista Francés, o cuando se dijera admirador de Fidel Castro, o incluso una década después, cuando se proclamara votante de François Mitterrand. Luego sí, seguramente, ya la detestara: al gran Gérard se lo recuerda frecuentando recientemente a Nicolas Sarkozy, alabando a la extrema derecha de Jean Marie Le Pen, despotricando contra los inmigrantes que atentan contra la identidad nacional, proclamando el “derecho a la diferencia de quienes crean y tienen éxito, de quienes logran con su trabajo y su talento diferenciarse de la medianía de los mediocres y por ello ganan mucho dinero”.
A Depardieu le cayó como un menhir que François Hollande, el presidente socialista francés, pretendiera gravar con un impuesto especial a los más ricos. Lo consideró una expoliación, un signo de “voracidad confiscatoria” de un Estado decidido a “castigar a los creadores de riquezas” (el hombre es, además de actor, empresario, y emplea a casi un centenar de personas). Renunció a su nacionalidad, devolvió su pasaporte francés, deshizo su tarjeta de seguridad social, que se vanaglorió de nunca haber utilizado, y se marchó con sus petates de su aldea gala a buscar refugio en patrias menos desagradecidas. Lo encontró muy rápidamente en la Rusia retornada a pasados decimonónicos de la mano de un déspota que supo ser jefe de la policía secreta de la patria proletaria: Vladimir Putin. El muy astuto presidente lo recibió en una de sus despampanantes dachas al borde del Mar Negro, le ofreció al irredento y obeso resistente impositivo la nacionalidad de la Gran Rusia y le entregó el correspondiente pasaporte. Depardieu agradeció el gesto de “la gran democracia” putiniana y para remarcar el gran paso dado se hizo un pequeño viajecillo tierra adentro. Fue a Mordovia, donde lo recibieron grupos folclóricos y lo agasajó el gobernador, que le ofreció un apartamento o un campo y de paso el Ministerio de Cultura. Mordovia es conocida por sus campos de prisioneros (no de antes, de ahora), en uno de los cuales purga su pena de dos años de detención una de las jóvenes integrantes del grupo de rock Pussy Riots, condenada por haber atacado la figura de Putin. Pero Depardieu no sabía. Como al parecer tampoco sabía nada del derrotero del actor, Daniel Senesael, el alcalde “socialista” de la aldea belga donde Depardieu fijó residencia: en un video que hizo circular en Navidad, Senesael aparece vestido de Astérix portando un cartel en el que se lee: “Bienvenido, Obélix”.


Extraído de: http://brecha.com.uy/ 
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