sábado, 23 de febrero de 2013

Editorial


Todo vuelve




Roberto Sari Torres


Es febrero, ¡Carnaval! Y en la esquina nocturna se dechavan sucesos del lugar grabados  en lo fácil de la memoria, liviana como pompa de jabón; navegando en  lo colorido de las tardes viejas, inspiran la lengua de un poeta que traduce todo: lo bueno y lo malo, la emoción de los amores nuevos o el adiós que se fue; lo rústico decente o lo demagógico del que promete para trepar. El verano trae el cantar de las chicharras desde la copa del paraíso donde “atraca” la culata  un tablado encendido en la nostalgia.
Por entonces las veredas y las casas no sabían de ochavas, todo era inundación, barro y por las noches, oscuridad o resplandor del rayo partiendo el cielo en una  tormenta de verano.
Preámbulo este que es el fruto, y no raíz, de recuerdos que han escapado a la aniquilación del olvido. Recuerdos –por ejemplo- de una música olvidada, un ritmo, una canción… De un arrabal de casitas pobres, con luz de lámparas de querosén   empapando los mecheros, las de los fondos oliendo a verduras y frutales, y los patios aromados por rosas, nardos, dalias, gladiolos y crisantemos; flores de pobres y pobres las jadineras.
Allá en la esquina del tablado resalta contra el oscuro mural de la noche y un poco delante de un famoso piringundin  de la media cuadra, está animada la reunión bailable en la que oyes claritamente el fino kopé del violón y la dulce amarga carencia de un bandoneón, liderando el lenguaje musical de los pentagramas ya inscriptos en los oídos de los maestros músicos, en las inolvidables noches de aquella juventud de calaveras que seguían de largo de la farra al laburo sin chistar.
Desde algún   raro lugar desmaterializado ya , tal vez por las corrientes de un espacio-tiempo insólitos, nos parece que todo vuelve otra vez, abstractamente, al presente. No las veo pero las evoca con nostalgia la memoria a todas aquellas orquestas de brillantes instrumentos. ¡En quién sabe qué lugar  cuántico todas ellas ahora están ensayando!
En la memoria nada se destruye, solo hay transformaciones. ¿Será que tras una eternidad todo vuelve a ser automáticamente  tal como era? ¿Será el futuro nada más que recuerdos de los presentes?... Es Carnaval y el verano derrite  hasta la lógica… ¿Qué? ¿Cuál lógica?


(*) Fotografías: Aldo Roque Difilippo
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