viernes, 15 de febrero de 2013


El gaucho del siglo XIX, visto por Carlos Darwin

El gaucho, protagonista singular de nuestra pampa, adquirió durante el siglo XIX características bien definidas. Hábil jinete, su vida estaba ligada a la cría de ganado vacuno y a la utilización de su cuero. Solitario, de vida seminómade, realizaba casi todas sus actividades a caballo, animal que en ocasiones era toda la riqueza que el gaucho poseía. Tamangos, chiripá, sombrero, poncho, boleadoras y cuchillo eran su vestuario habitual.

Su alma indómita no logró adaptarse al nuevo sistema económico que supuso el paso de la ganadería a la agricultura. Con el correr del siglo, el gaucho sería perseguido y obligado a formar parte de los ejércitos. Sin embargo, su vida quedaría retratada en innumerables relatos. A continuación transcribimos un fragmento bastante poco halagüeño sobre nuestros gauchos del diario del naturalista Carlos Darwin, quien visitó esta región en la primera mitad del siglo XIX.
Fuente: Carlos Darwin, Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo en el navío de S. M. Beagle; en El Gaucho a través de los testimonios extranjeros  1773-1870, Buenos Aires, Emecé, 1947, págs. 30-31.
Aspecto, sentimientos y creencias del gaucho
Al anochecer hicimos alto en una pulpería o tienda de bebidas. Durante la noche vinieron numerosos gauchos a beber licores y a fumar puros; su continente atrae sobre manera la atención; por lo general son altos y bien formados, pero llevan en el semblante cierta expresión de orgullo y sensualidad. Usan con frecuencia bigote y cabellera negra rizada, que les cae por la espalda. Con sus trajes de brillantes colores, grandes espuelas, que suenan en los talones, y cuchillos sujetos a la cintura, como daga (y usados a menudo), parecen una raza de hombres muy diferente de lo que podría esperarse de su nombre de gauchos o simples campesinos. Excesivamente corteses; pero mientras os hacen una inclinación demasiado obsequiosa, parecen dispuestos a degollaros si la ocasión se presenta.
Durante los últimos seis meses he tenido ocasión de observar un poco el carácter de los habitantes de estas provincias. Los gauchos o campesinos son muy superiores a los que residen en las ciudades. El gaucho se distingue invariablemente por su cortesía obsequiosa y hospitalidad; jamás he tropezado con uno que no tuviese esas cualidades. Es modesto, así respecto de sí propio como por lo que hace a su país, y a la vez animoso, vivaracho y audaz.
Por otra parte, es menester decir también que se cometen muchos robos y se derrama mucha sangre humana, lo que debe atribuirse como causa principal a la costumbre de usar el cuchillo. Da pena ver las muchas vidas que se pierden por cuestiones de escasa monta. En las riñas, cada combatiente procura señalar la cara de su adversario cortándole en la nariz o en los ojos, como con frecuencia demuestran las profundas y horribles cicatrices. Los robos son consecuencia natural del juego, universalmente extendido, del exceso en la bebida y de la extremada indolencia. En Mercedes pregunté a dos hombres por qué no trabajaban. Uno me respondió, gravemente, que los días eran demasiado largos; y el otro, que por ser demasiado pobre. La abundancia de caballos y profusión de alimentos hacen imposible la virtud de la laboriosidad. Además, hay una multitud de días festivos; y como si esto fuera poco, se cree que nada puede salir bien si no se empieza estando la luna en cuarto creciente; de modo que la mitad del mes se pierde por estas dos causas.
La policía y la justicia carecen de eficacias. Si un hombre pobre comete un asesinato y cae en poder de las autoridades, va a la cárcel y tal vez se le fusila; pero si es rico y tiene amigos, puede estar seguro de que no le seguirán graves consecuencias. Es curioso que hasta las personas más respetables del país favorecen siempre la fuga de los asesinos; creen, al parecer, que los delincuentes van contra el gobierno y no contra el pueblo.  Un viajero no tiene otra defensa que sus armas de fuego, y el hábito constante de llevarlas es lo que impide la mayor frecuencia de los robos.
El carácter de las clases más elevadas e instruidas que residen en las ciudades participa, aunque tal vez en grado menor, de las buenas cualidades del gaucho; pero recelo que las acompañen con muchos vicios que el último no conoce. La sensualidad, la mofa de toda religión y corrupciones de índole diversas no dejan de ser comunes.


Fuente: www.elhistoriador.com.ar
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