sábado, 6 de abril de 2013

Columna desde lo pisado


Seremos putas asesinas

Los cuentos de Roberto Bolaño parecen desprendidos de toda sensibilidad, pero en realidad se aferran a la sensibilidad desprendida de esta época. Putas Asesinas puede llegar a alterar algunos ánimos deseosos de moralejas en tiempos de crisis. Pero lo que hace Bolaño es pararse desde la crisis (la crisis no es solamente económica), y decirnos lo que odiamos en realidad. Eso que odiamos es lo que desearíamos no ser para no odiarnos.



Por Маттиас Rotulovic
(Desde el año 2001)


Los niños son castrados como parte de un ritual ancestral. ¿Quién salva a un niño? Un homosexual. Salva a uno y condena a los otros porque no los salva. No salva a los que estaban con el niño en ese momento en el que lo miró con ternura, pero tampoco salvó a los anteriores y no se queda para salvar a los futuros. Es egoísta porque el “héroe” no es tal. Son niños pequeños, de unos siete años, que serán castrados con permiso de sus padres. La castración va más allá de lo literal. Es lo descarnado de nuestra sensibilidad sobre lo ajeno. Si soy un macho con las pelotas bien puestas, la castración de un niño me dolería con solo pensarlo. Me dolería allá abajo: ¿salvamos a un niño y matamos la tradición? ¿Por qué queremos salvar a un niño de la castración? ¿Para que siga trayendo hijos a un mundo que constantemente nos castra? ¿Nos aferramos a los Derechos Humanos, a los Derechos del Niño? Nos parece odioso el hecho de la castración pero la aceptamos en la psicología: la castración simbólica. Nos afecta lo de la castración pero al narrador se le ocurre no contar si hay otras violaciones de derechos. El homosexual es el más sensible de los hombres, el más hombre de los hombres, el que se anima a salvar al niño, a matarlo. Así es el primer cuento del libro: “El Ojo Silva”. El niño es castrado y el hombre es tuerto (tuerto desde el título. El Ojo Silva era fotógrafo). ¿Qué pasó con ellos? Lea el libro.
Luego, el libro no cuenta ni historias de amor ni de desamor. Porque para que haya desamor debe haber amor, y el amor parece un enemigo inexistente. Porque siempre somos niños castrados, aunque reproducimos el modelo de lo que somos. Nos odiamos entre nosotros, pero amamos nuestra presencia individual.
En otro cuento, un hombre adulto empieza a ver películas pornográficas. Son las películas que hizo su propia madre, una actriz del rubro. ¿Se imagina a usted, macho con las pelotas bien puestas, viendo las p
elículas pornográficas que hizo su propia madre? El padre del personaje fue un “cura renegado”. ¿El personaje habrá visto alguna escena de su madre estando embarazada de él mismo? Lea el libro.
Un hombre se muere y tiene la bendición de verse muerto. Es un deseo hiper-individualista pero es tan generalizado que se ha convertido en algo colectivo. Se ve muerto. Nota que en la morgue pasa algo raro. Sacan su cuerpo escondido. Lo llevan a una gran mansión. Ahí, un hombre realiza un acto de necrofilia con el cuerpo. ¿Se imagina usted, macho con las pelotas bien puestas, viendo al cuerpo que le contuvo la sangre, las tripas y el alma con un hombre pervertido que se masturba a su lado? El final es sorprendente, lea el libro.
“Las mujeres son todas putas asesinas”: no me condene, y no condene a Bolaño. El cuento “Putas asesinas” es una historia de amor. Porque el amor a veces existe. Una mujer enamorada de una estrella de televisión. Lea Putas Asesinas antes de condenar al autor.
Pablo Neruda es aclamado como destruido en el libro del chileno Roberto Bolaño. Por ahí anda Manuel Puig reivindicado y superado. El libro de Bolaño no es un libro machista, es un libro que nos habla del machismo, del feminismo, de la cultura, de la locura, de la muerte, del sexo, del placer, de la libertad y de la prisión. Todas son acciones humanas, que el autor las lleva al extremo. Nos lleva a pensarnos como putas asesinas. Porque terminamos siéndolo. Terminamos siendo castradores, intentando castrar nuestra idea de la castración del cuento, queremos ver pornografía para no descubrirnos ahí, e increíblemente nos gustaría estar muertos para cuidar de nuestro propio cuerpo.





(*) Por Matías Rótulo 
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