viernes, 26 de abril de 2013


Reconocidas “plumas” de las letras
Los escritores que un día dijeron NO a la literatura




La actitud negacionista es un síntoma que han sufrido muchos escritores, algunos inconscientes y otros no tanto. Las biografías de varios autores han estado siempre presentes en la historia de la literatura. Así y todo, algunos autores sumamente relevantes  un día dijeron NO al oficio literario. Entre ellos, Juan Rulfo, J.D. Salinger, Pepín Bello o Robert Walser. Ellos padecieron el síndrome bautizado como “bartleby”.




Fermín Méndez
(Minxto)



Quizás el escriba más reconocido sea el mexicano Juan Rulfo. Si bien fue autor de sólo una novela fue una obra maestra: Pedro Páramo. En ella empeñó casi que media vida.
Luego de su consagración y el inevitable reconocimiento nacional e internacional, cada vez que Juan Rulfo concurría a un acontecimiento literario tenía que devolver la misma pregunta de siempre: ¿Para cuándo su próxima novela, señor Rulfo? Nada le incomodaba más. Así y todo, muchas de las veces contestaba con cierta ironía. El autor recordaba que ya no escribiría más porque su tío Celerino había fallecido, y era quien verdaderamente le relataba las historias.
En otras instancias, a diferencia de su estado de buen humor, Rulfo respondía enfadado. Creía que lo menospreciaban. Que muchas veces los críticos esperaban de una futura segunda novela un libro minúsculo, y que lo quería bajar de la lista de mejores escritores latinoamericano y así descalificarlo como un mediocre más que se dedicaba a escribir.
Rulfo aseguraba que ya no tenía nada más que contar, que todo lo había derramado en aquel universo mortuorio de Comala, pueblo natal de Pedro Páramo. Si alguien la leyó, seguramente, concordarán que fue una obra brillante. Qué importa sino tiene más para contar, lo dejó todo ahí.


El caso Jerome David Salinger

Gran escritor, y otro ejemplo mayúsculo que renegó de la literatura. El escritor estadounidense se retiró de la escena pública luego de que Mark David Chapman ultimara a John Lennon. Cuando detuvieron al asesino llevaba consigo El guardián entre el centeno, obra cumbre de Salinger. Fue tan resonante y mediático lo que se produjo como consecuencia de este acontecimiento, que el escritor decidió tomar la postura más drástica de todas: no al éxito, no a la exposición, sí al anonimato. Simplemente,  se retiró cual ermitaño a un lugar desconocido en Cornish. Fue tanto el delirio, que desde su cabaña recibía a tiros de escopeta a los curiosos y periodistas que se acercaban.



Bartlebys literarios

Nada que contar, temor al fracaso después del éxito, agotamiento, desaprobación hacia el mundo, incapacidad o inseguridad. Estos parecen ser los síntomas de los escritores ágrafos.

La lista sería larga, pero quizás quien mejor la ha narrado es Enrique Vila-Matas, en su libro Bartleby y compañía. En este tratado, el escritor catalán pone nombre a una enfermedad que ha desgastado, como un cáncer terminal, la vocación literaria de muchos autores.
Bartleby es el personaje que inmortalizó Herman Meville en un relato. Este singular protagonista mantenía una honda negación del mundo, era alguien que siempre se oponía de manera pasiva a la autoridad con la misma sentencia: “Preferiría no hacerlo”.
Ese conjunto de escritores con el síndrome bartleby fueron también Pepín Bello, inspirador de aquella generación estudiantil del 27, con Salvador Dalí, Federico García Lorca y Luis Buñuel, o el asiduo a los manicomios, Robert Walser (“escribir que no se puede escribir también es escribir”).
El no a la literatura también fue, para ellos, su respetable postura, literaria y vital.


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