viernes, 26 de abril de 2013


Hablando de Bueyes Perdidos

LA LOLA



Ángel Juárez Masares




El hombre levantó la vista de su taza de café y miró hacia la calle con los ojos entrecerrados tras la cortina de humo de su cigarro. Habíamos estado hablando de bueyes perdidos, y esas charlas nos llevaron a épocas pasadas, cuando Latinoamérica se retorcía entre botas militares y zapatos de traidores. Cuando salir a la calle significaba no tener certidumbre del regreso, y cuando un libro podía convertirse en “prueba de delito”.
Me contó que allá por el 71 supo sobrevivir en un tugurio enclavado en pleno micro centro de Buenos Aires, donde no estaba solo pues el miedo lo acompañaba a todos lados, como el perro mas fiel que alguien pudiera poseer. Había elegido ese lugar porque –aseguró- nadie pasa mas desapercibido que entre mucha gente, y porque desde allí ayudaba a otros perseguidos como él, unas veces llevándoles comida, y otras noticias de ami
gos o familia.
Allí fue que conoció a “la Lola”. Mujer de edad tan indefinida como su procedencia, y que vivía en el cuarto contiguo. Como él, ella se había alejado de su familia para evitarles los males que podría causar su presencia peligrosa.
-“La Lola” debió ser una bella mujer en su juventud- me dijo un día mientras asesinaba un cigarro en un cenicero de aluminio que decía “Cinzano”.
-Solíamos charlar hasta la madrugada mientras comíamos fiambre y queso y nos “bajábamos” una botella de vino “Rojo Trapal”. Ella me contaba que estuvo casada, pero que poco había durado el juramento de amor eterno y una vida mejor que le prometiera su marido. El alcohol y la el juego pronto se convirtieron en una constante a la que pronto se sumaron los golpes y el maltrato, por lo que un día cualquiera metió en su bolso cuatro trapos y se fue-
El hombre me contó que algunas noches el sueño vencía a la palabra y se dormían abrazados en aquella cama “para uno”. Juntos, como dos hermanos abandonados… otras se metían uno dentro del otro sin prometerse nada, solo para saber cómo era; quizá para mentirse un poco, o para inventarse un pretexto para amanecer mañana.
También me dijo que “la Lola” amaba las manos, las propias, las de él, las del mozo de la pizzería donde iban a veces los viernes por la noche, y las de la mujer que le vendía cigarros en el quiosco de la esquina.  Ella aseguraba que las manos eran algo más que un instrumento ejecutor de la voluntad del hombre, y elaboraba una larga tesis acerca de la forma como cada uno las usaba (aún sin haber leído a Desmond Morris).
La Lola” amaba los gatos. Dijo que solía detenerse  para acariciar los gatos callejeros, y que llegó a trepar un muro para poder hacerlo.
Mucho me contó el hombre aquel día acerca de “La Lola”. Tanto que no pude evitar preguntarle si se había enamorado. La pregunta lo desconcertó, y ahí fue cuando levantó la vista de su taza de café y miró hacia la calle con los ojos entrecerrados tras la cortina de humo de su cigarro.
-¿Qué es estar enamorado? ¿Quién tiene la certeza de estarlo? ¿Cuáles son las señales que indican haber adquirido tal condición?- se preguntó en voz alta viendo detenerse los automóviles ante el semáforo.
-Quizá… no lo se –continuó- y no creo que sea importante definir todas aquellas sensaciones. Fueron tantas y tan intensas que darles un nombre hasta puede resultar irreverente. Mejor dejarlas así, fuera del presente, sin futuro, pero tampoco en el pasado. Están ahí, tal vez en el único rincón del alma que no se llueve, acurrucadas bajo los buenos recuerdos que uno conserva para estas ocasiones-
-¿Y que fue de “la Lola”?- me atreví a preguntarle.
-Un día no regresó- dijo el hombre con los ojos humedecidos “por el humo”- supongo que “la encontraron” y la “desaparecieron”.
Poco después el hombre se levantó y se fue. Como él a “la Lola”, nunca mas lo vi, pero si bien no éramos amigos tampoco lo olvidé.
Pasaron muchos años desde entonces…muchos… hasta que un día pinté a “la Lola” asomada a una ventana. Como no la conocí, mas que pintarla “inventé” su retrato, la “armé” con los trozos del relato del hombre, le pinté el pelo de amarillo, le lavé el maquillaje de la cara, y le regalé un gato de cartón.
-Es una prostituta- susurró una señora en el oído de otra que la acompañaba, señalando con un dedo a “La Lola” que colgaba en una Sala de Exposiciones. Yo la escuché pese al rumor de la gente y no pude evitar una sonrisa. Las señoras intentaron avanzar para alejarse del pecado pero allí estaba yo con la maldad desenfundada.
-¿Les gustó esa obra?-pregunté señalando “la Lola” con un dedo siempre sucio de pintura.
-¡Oh! ¡hermosa, si!- respondió con entusiasmo la señora del susurro.
-Se llama María Magdalena- le dije sacando una sonrisa gentil de entre la barba, y me fui pretextando que alguien me llamaba.
En algún lugar, quizá en un enterramiento clandestino, los restos de una mujer dejaron por un instante de ser un NN.

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