sábado, 8 de junio de 2013

Editorial
ACERCA DEL DÍA MUNDIAL DEL MEDIO AMBIENTE



                                                                                                                   Ángel Juárez Masares

Establecido por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1972, el 5 de junio de cada año se celebra el Día Mundial del Medio Ambiente, mediante el cual la Organización de las Naciones Unidas estimula la sensibilización mundial ac
erca del entorno e intensifica la atención y la acción política.
Por medio ambiente se entiende todo lo que rodea a un ser vivo, en cuanto el entorno afecta y condiciona especialmente las circunstancias de vida de las personas o de la sociedad en su conjunto, y abarca el conjunto de valores naturales, sociales y culturales existentes en un lugar y en un momento determinado, que influyen en la vida del ser humano y en las generaciones venideras. No se trata sólo del espacio en el que se desarrolla la vida, sino que también comprende seres vivos, objetos, agua, suelo, aire y las relaciones entre ellos, así como elementos tan intangibles como la cultura medio ambiental.
Una de las primeras manifestaciones de atención acerca de la importancia del cuidado del entorno fue expresada por  Hipócrates (460-375 años antes de Cristo), en su obra Aires, aguas y lugares, donde resalta la importancia del ambiente como causa de enfermedad.
Thomas Sydenham (1624-1689) y Giovanni Maria Lancisi (1654-1720) formulan la teoría miasmática, en la que el miasma es un conjunto de emanaciones fétidas de suelos y aguas impuras que son causa de enfermedad.
En el siglo XIX, John Snow (1813-1858) con obra: "Sobre el modo de transmisión del cólera", se consolida la importancia del ambiente en epidemiología y la necesidad de utilizar métodos numéricos.
No abundaremos hoy en detalles acerca de los factores que en la actualidad causan el deterioro del medio ambiente pues son por todos conocidos. El avance de las comunicaciones y la información a la que sobre el tema se tiene acceso por tal razón, exime de mayores precisiones. Podemos en todo caso señalar brevemente en ese sentido a la industrialización y la desforestación como factores primordiales, por la incidencia indiscutible que tales actividades tienen en el calentamiento global; la merma en la masa de los casquetes polares y el consiguiente aumento de nivel de los océanos. Sí queremos reflexionar acerca de la tendencia a llevar el tema a los extremos. Desde hace ya algunos años estamos asistiendo a una suerte de “moda ambientalista” que nos hace estar en contra de todo proyecto o emprendimiento industrial aún antes de conocer sus efectos sobre el entorno.
Creemos que adoptar posiciones radicales antes de poseer información, muchas veces nos impide ver “otras realidades”. Quizá uno de los ejemplos mas claros sea la utilización política que se hizo de la instalación de una importante fábrica de celulosa sobre el Río Uruguay en nombre del medio ambiente.
Sin embargo la idea no es detenerse en un episodio puntual, sino establecer un punto de vista más abarcativo. Por supuesto que nos adherimos a la defensa del medio ambiente, cuya práctica aprendimos y ejercemos como premisa fundamental, pero tal convencimiento no nos debe impedir buscar el equilibrio necesario para convivir con todo aquello que redunde en beneficio de una mejor calidad de vida.
Ante la imposibilidad de encontrar un punto de partida al deterioro o agresión al medio ambiente -pues si hilamos fino quizá lo encontremos en la prehistoria- nos ubicaremos en el periodo histórico comprendido entre la segunda mitad del siglo XVIII y principios del XIX, en el que, en Gran Bretaña en primer lugar, y luego en el resto de Europa continental surge la llamada “Revolución industrial”.  Allí está génesis del mayor conjunto de transformaciones socioeconómicas, tecnológicas y culturales de la historia de la humanidad, donde
la economía basada en el trabajo manual es reemplazada por otra dominada por la industria y la manufactura. La Revolución comenzó con la mecanización de las industrias textiles y el desarrollo de los procesos del hierro. La expansión del comercio fue favorecida por la mejora de las rutas de transportes y posteriormente por el nacimiento del ferrocarril.
Tales transformaciones tuvieron como consecuencia una diversidad de contrastes –por todos conocidos-  como el nacimiento de la burguesía y el proletariado industrial, el fortalecimiento del poder económico y social de los grandes empresarios, afianzando de este modo el sist
ema económico capitalista, caracterizado por la propiedad privada de los medios de producción y la regulación de los precios por el mercado, de acuerdo con la oferta y la demanda.
En este escenario, la burguesía desplaza definitivamente a la aristocracia terrateniente y su situación de privilegio social se basa fundamentalmente en la fortuna y no en el origen o la sangre. Avalados por una doctrina que defendía la libertad económica, los empresarios obtenían grandes riquezas, no sólo vendiendo y compitiendo, sino que además pagando bajos salarios por la fuerza de trabajo aportada por los obreros.
Pero volvamos al tema que nos hoy nos convoca, es decir, al deterioro del medio ambiente. En ese sentido imaginemos la creación de grandes movimientos destinados a impedir la construcción de vías férreas aduciendo la destrucción de los hábitats naturales por donde luego se desplazaría el ferrocarril, o manifestando en contra de la construcción de inmensas factorías “contaminantes”.
Imaginemos también el triunfo de esa postura contraria a la industrialización y el regreso a la economía basada en el trabajo manual, y tendremos frente a nosotros un gran signo de interrogación.
Veamos ahora algunas consideraciones que surgen de la “teoría de Olduvai”, donde se asegura  que la civilización industrial actual tendría una duración máxima de cien años, contados a partir de 1930. De 2030 en adelante, la humanidad iría poco a poco regresando a niveles de civilización comparables a otros anteriormente vividos, culminando dentro de unos mil años (3000 d. C.) en una cultura basada en la caza, tal y como existía en la Tierra hace tres millones de años, cuando se desarrolló la industria olduvayense;  teoría que fue planteada por Richard C. Duncan basándose en su experiencia en el manejo de fuentes de energía y por su afición por la arqueología.
Originalmente, la teoría fue propuesta en 1989 con el nombre de «teoría de pulso-transitorio», pero en 1996, adoptó su actual denominación inspirándose en el famoso sitio arqueológico. Pero la teoría no depende en forma alguna de datos recopilados en ese sitio. Richard C. Duncan ha publicado varias versiones desde la aparición de su primer artículo con distintos parámetros y pronósticos, lo que ha sido motivo de críticas y controversias.
Se estima que las ciudades con más de veinte mil habitantes serían muy inestables, teniendo mejor expectativa de vida en primer lugar aquellas sociedades de cazadores y recolectores en la Amazonia, las selvas centroafricanas, las del sudeste asiático, las de bosquimanos y los aborígenes en Australia. En segundo lugar de supervivencia seguirían los núcleos bastante homogéneos de trescientos a dos mil habitantes con un estilo de vida agropecuario próximos a lugares con recursos hídricos no contaminados, inaccesibles y a centenares de kilómetros de las grandes urbes y de las hordas de hambrientos que exudarían estas urbes o de las fuerzas militares en descomposición que se dedicarían al pillaje.
Al final también podría existir una enorme cantidad de pequeños pueblos agrícolas que se disputasen los pocos lugares privilegiados, sobreviviendo sólo aquellos pueblos que la capacidad de carga terrestre permitiese.
Internarnos en tal teoría nos llevaría inevitablemente a regiones muy cercanas a la “futurología”, por lo tanto preferimos que cada lector haga uso de su libre albedrío acerca de la verosimilitud –o no- que la misma posea. Sí que
remos retomar el párrafo donde decimos que “la idea inicial no es detenerse en un episodio puntual, sino establecer un punto de vista mas abarcativo”, en ese sentido dejaremos planteadas algunas interrogantes que pasan por la tendencia a estar en contra de todo proyecto o emprendimiento que agreda el medio ambiente, aún antes de conocer el grado de incidencia que los mismos puedan tener en el entorno.
¿Estamos dispuestos a abandonar el uso del automóvil en pos de la calidad del aire?
¿Renunciaremos al fuego para evitar la tala de los árboles?
¿Seremos capaces de renunciar al confort que trae la tecnología en aras de la conservación del medio ambiente llevada al extremo?

Admitimos que las preguntas puedan ser calificadas como el “extremo” que cuestionamos al referirnos al cuidado del medio ambiente, pero sin duda deberíamos plantearnos si somos capaces de responderlas con sinceridad.
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