sábado, 1 de junio de 2013

KIPLING ENTRE INDIA E INGLATERRA


La sutil manera 
de contar


La vida de Rudyard Kipling se divide en dos actos: el primero, brevísimo, ocupa los primeros seis años de su infancia; el segundo se extiende hasta su muerte, en 1936.



Alberto Manguel



La vida de Rudyard Kipling se divide en dos actos: el primero, brevísimo, ocupa los primeros seis años de su infancia; el segundo se extiende hasta su muerte, en 1936.
Kipling nació en la ciudad de Bombay el 30 de diciembre de 1865. Su padre era el director de la escuela de arte municipal; su madre pertenecía a una notable familia británica de escritores y artistas. Su primer idioma fue el hindustani, y su nodriza (una cristiana de Goa) debía recordarle a menudo que hablase en inglés a sus padres. Durante ese período de su vida, Kipling, acompañado de su hermana menor, Trixie, disfrutó de una libertad casi sin restricciones: libre de recorrer con su nodriza los bazares de Bombay, libre de entrar en los templos de dioses y ritos extraños, libre de descubrir el mundo mágico y multifacético de la India colonial.
Tortura preconcebida. Poco después de su sexto cumpleaños, su vida cambió por completo. Era habitual que los niños de familias anglo-indias se educaran no en las colonias sino en Inglaterra, en parte por el riesgo cierto de enfermedades tropicales, en parte por temor a lo que llamaban "el contagio cultural". En un periódico inglés apareció un anuncio proponiendo los servicios de un alojamiento para niños anglo-indios en la ciudad de Southsea, en el sur de Inglaterra. Sin preocuparse por averiguar más, los padres de Kipling se embarcaron con sus hijos en la primavera de 1871 y, pocos meses después, dejaron a Kipling y a su hermana en manos de dos desconocidos y regresaron a Bombay. No se despidieron de ellos, la madre explicaría luego a un Kipling ya adulto, "para no entristecerlos". Durante cinco años no volvieron a verlos. La dueña del alojamiento era una mujer sádica y avara; su marido, un timorato marino jubilado. Kipling sufrió innombrables vejaciones en ese lugar que más tarde, en el cuento "Baa Baa Black Sheep" apodaría "La casa de la desolación". En su autobiografía, Something of Myself, escribió: "Si uno interroga a un niño de siete u ocho años sobre lo que ha hecho durante el día (sobre todo cuando éste quiere irse a dormir), incurrirá de manera satisfactoria en varias contradicciones. Si cada contradicción es tachada de mentira y presentada como prueba de tal por la mañana, la vida se vuelve harto difícil. He tenido algunas experiencias con matones, pero esto era una tortura preconcebida, tanto religiosa como científica. Sin embargo, me hizo prestar atención a las mentiras que muy pronto me vi obligado a decir: y esto, entiendo, es el fundamento de todo esfuerzo literario".
Sólo cuando un amigo de la familia visitó a los niños, cuando Kipling había cumplido ya once años, y descubrió que el muchacho se estaba quedando ciego, los padres vinieron a buscarlo. El primer gesto que hizo Kipling al ver a su madre, fue levantar el brazo instintivamente para que no le pegaran.

Kipling adolescente fue enviado a una escuela en el condado de Devon, llamada curiosamente Westward Ho! ("¡Eh, hacia el oeste!") en homenaje a una novela de Charles Kingsley. La escuela había sido fundada por Cornell Price, amigo de los padres de Kipling, para educar a los hijos de militares ingleses. A pesar de sufrir, durante los primeros años, los malos tratos habituales en tales establecimientos, Kipling se impuso a sus compañeros por su inteligencia y su humor, y en la biblioteca de Price pudo descubrir a autores como Carlyle, Poe y Browning, cuya influencia sintió a lo largo de su vida literaria. La crónica de aquellos años fue publicada bajo el título Stalky & Co.
En 1882, terminada la escuela, regresó a la India para trabajar como periodista. No se instaló en Bombay: su padre había sido nombrado director del museo de Lahore y allí Kipling empezó a escribir para la Civil and Military Gazette. Algunas de sus columnas tomaron la forma de relatos breves que al poco tiempo reunió bajo el título Plain Tales from the Hills. Tenía entonces diecinueve años. Son relatos de una calidad y madurez extraordinarias. Cuando Borges volvió a escribir ficciones en 1970, confesó que su inspiración había sido esas "lacónicas obras maestras". "Alguna vez pensé", escribió en el prólogo de El Informe de Brodie, "que lo que ha concebido y ejecutado un muchacho genial puede ser imitado sin inmodestia por un hombre en los lindes de la vejez, que conoce el oficio".


La selva en Vermont. El éxito de sus escritos hizo que otro periódico, el Pioneer de Allahabad decidiese enviar al joven prodigio a Inglaterra. Kipling partió sin saber que nunca más regresaría a la India, la tierra en la que su imaginación había echado tan poderosas raíces. Al desembarcar, descubrió que, gracias a la lectura entusiasmada que el crítico Andrew Lang había hecho de su obra, el autor de veintitrés años se había transformado en una figura célebre y a la moda. A pesar de la fama, vivió modestamente. En Londres, conoció a un agente literario americano, Wolcott Balestier, con quien escribiría una novela mediocre, The Naulahka, y a su hermana, Caroline Balestier, que poco tiempo después se convertiría en su mujer. Carrie, como siempre se llamó, tenía un carácter fuerte y agresivo. "Carrie Balestier es un buen macho aguado", fue el juicio del padre de Kipling.
Kipling y Carrie planearon un largo viaje de bodas, primero a Vermont, en los Estados Unidos, para que el nuevo marido pudiese conocer a la familia de su mujer, y luego a Samoa, para encontrarse con Robert Louis Stevenson, a quien Kipling tanto admiraba. Pero al llegar a Japón supieron que el banco en el que había depositado sus ganancias había quebrado, y la pareja tuvo que resignarse a volver a Vermont sin un centavo en los bolsillos. La estadía en Vermont fue productiva: allí nacieron sus dos hijas y allí Kipling compuso El libro de la selva. Pero una pelea con su cuñado puso fin a la estadía, y en 1897 Kipling volvió con su familia a Inglaterra, donde nació su hijo. Ese año fue el jubileo de la reina Victoria y Kipling, considerado por el Times como "el poeta del pueblo", escribió para la ocasión uno de sus poemas más famosos, "Fin de oficio" ("Recessional"), que, más que un canto de elogio al Imperio, es una elocuente advertencia contra el peligro de creerse omnipotente. Su estribillo reza: "¡Dios, Señor de los Ejércitos, permanece a nuestro lado/ Por temor a que olvidemos, por temor a que olvidemos!".
Siguieron años de éxito literario y tragedias personale
s. Su hija mayor murió de gripe durante una visita a Nueva York; su hijo John, ya adulto, durante la Primera Guerra Mundial. Para purgar su sentimiento de culpa (Kipling había hecho presión para que John entrara en el ejército) se comprometió a escribir la larga y tediosa historia de los Irish Guards, el regimiento de su hijo. En 1907, obtuvo el Premio Nobel. Murió el 18 de diciembre de 1936, en el aniversario de su casamiento. Después de la ceremonia en la Abadía de Westminster, durante la cual la muchedumbre entonó los versos de "Fin de oficio", Carrie quemó todos sus papeles personales.

Vida y obra de un autor no son a menudo complementarios. La historia ha querido que recordemos a un Kipling imperialista, autor de cuentos para niños. Olvidamos que el suyo fue un imperialismo crítico, menos nacionalista que ecuménico, y que su literatura infantil es (como la mejor de su género) para todas las edades. Versos como "Alza la carga del hombre blanco" y "Razas inferiores sin la Ley" son leídos fuera del contexto que les otorga una feroz ironía, y en la acusación contra Kipling nunca son citadas obras como el poema "Nosotros y ellos" (que termina "¿Puedes creerlo? ¡Ellos nos consideran a Nosotros/ Como otra especie de Ellos!") y el cuento "Mary Postgate" en el que la insensibilidad de los ingleses es desnudada implacablemente, con una crueldad casi insoportable. A un siglo de distancia condenamos sus prejuicios (por cierto condenables) porque creemos estar libres de ellos. Kipling fue más humilde. Escribió:

"Durante el corto, corto
/plazo
Que un muerto es recordado
No busquéis otra respuesta
Que en los libros que he
/dejado".

Todos los hombres. Esos libros contienen algunos de los cuentos más perfectos en lengua inglesa. Su mérito está en la concisión, la sutil manera de contar, la generosidad que permite al lector sentirse más inteligente que el autor. Un gesto discreto, un detalle nimio, una palabra que parece ser casual, revela la verdad sobre un personaje y brinda la clave de la historia. Los ojos de la señora Castorley volviéndose hacia el médico al final de "Dayspring Mishandled", el cáncer que corroe la pierna de la señora Ashcroft como prueba de su devoción amorosa en "The Wish House", la primera pregunta que hace la mujer ciega al visitante en "They" y que retrospectivamente aclara todo el cuento, son ejemplos de tal maestría. No necesitamos recordar el Evangelio de Juan 20:15 para entender la oculta relación de Helen con su "sobrino" en "The Gardener", ni conocer la teoría de la transmigración de almas para sentir, como Charlie Mears en "The Finest Story in the World" o el centurión romano en "The Church that Was in Antioch", que podemos ser, que tal vez hemos sido, todos los hombres en todas las edades. Incluso en ciertos cuentos complejos, ambiguos, difíciles de entender por completo -uno de los más maduros, "Unprofessional" o uno de los primeros, "The Strange Ride of Morrowbie Jukes"- el lector acaba la última página con la agradecida impresión de que algo, quizás innombrable, maravilloso o terrible, le ha sido revelado.

La selección que he hecho responde sólo a mis gustos personales. Otros lectores de Kipling elegirían seguramente cuentos diferentes. En mi selección, me doy cuenta ahora, tienen preeminencia los relatos fantásticos, quizás porque me deleita la manera en la que Kipling logra hacernos creer en una realidad que sabemos imposible y que, sin embargo, nos parece la única convincente. También los relatos de amor (aunque a veces ambos géneros se confunden) en los que priman la devoción erótica y una persistente fidelidad hacia la persona amada, expresadas con una pasión que en ciertos casos se parece a la locura.
Otros rasgos de sus cuentos que me atraen: la honestidad con que retrata la crueldad y el odio, el respeto por la inteligencia de sus lectores, la eficacia de los detalles, de las descripciones minuciosas pero nunca sobrecargadas, de casi cada palabra en el texto sin parecer ni exquisito ni ostentoso. Finalmente me gusta la diversidad y la riqueza de su mundo: gente de Europa y de la India, de América y de África, animales domésticos y fieras salvajes, soldados, artesanos, habitantes de las aldeas y de las ciudades, ingenieros, escritores y artistas, madres desoladas o insensibles, hijos rapaces o fieles, maestros, monjes, marinos, aventureros... Después de leer a Kipling tengo la impresión de que toda historia es universal.
La obra de Kipling ha tenido fortuna variada. Exaltada en su juventud, criticada después de su muerte, ignorada durante varias décadas, espera pacientemente que nuevos lectores la descubran. La historia personal, la trayectoria política de un escritor suele otorgarle al personaje cierta calidad infame o heroica; por lo general, sus libros no merecen compartir esa suerte. La literatura es despiadada: el sufrimiento o la gloria personal no le interesa, sólo la mágica combinación de palabras que, cuando las estrellas son auspiciosas, permiten a un lector la experiencia profunda del mundo.
"Dicen que una tela, según su extensión, su forma, su solidez, sus trampas, su hermosura, teje en todo momento la araña que necesita. Las obras inventan al autor que requieren y construyen la biografía que les conviene".

Pascal Quignard, Villa Amalia



Extraído de: http://www.elpais.com.uy
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