sábado, 1 de junio de 2013

MÚSICA
Bicentenario de Wagner


Wagner (1813-1883), además de una figura polémica, es el genio que cambió para siempre la ópera, y la música. Con motivo del bicentenario de su nacimiento, reflexionamos sobre un legado que ha influido en toda la cultura occidental, afirma Andrés Ibáñez en el diario español ABC.

No fue un niño prodigio. No era un gran instrumentist
a. No tuvo una gran formación. Comenzó como director de orquesta con pequeñas agrupaciones de provincias. No era un gran director, ni tampoco destacaba mucho como compositor. Su sueño era triunfar en París, como su compatriota judío Meyerbeer, escribiendo “gran ópera” al estilo francés. Sus actividades revolucionarias le convirtieron en un proscrito, pero también sus deudas.

Tenía que huir constantemente de una ciudad a otra para no ir a la cárcel, y así viajó a París (1839-1842) a probar fortuna. Una tormenta sacudió este viaje a través del Mar del Norte: en medio de la tormenta, los marinos creían ver el barco del holandés errante. Una vez en París, se encontró con la indiferencia general y una pobreza cada vez más acuciante. Entonces regresó a Alemania y se convirtió en todo aquello que nunca había sido: un patriota, un nacionalista y un antisemita. Y escribió otra ópera más, “El holandés errante” (1843). ¿Quién podría esperar a aquellas alturas que fuera capaz de tal hazaña? Su primera ópera alemana fue también su primera obra maestra. Hasta entonces había sido un mediocre, a partir de entonces fue un genio.

Desde este momento, su evolución artística es tan perfecta como un dibujo geométrico. Su siguiente ópera, “Tannhäuser”, entra en el ciclo germánico y nórdico, que ya nunca abandonaría. Luego escribe “Lohengrin”, cuyo protagonista es el hijo de Parsifal y viene de Monsalvat, que será el escenario de su última ópera. De esta longitud son sus proyectos: ve con toda claridad lo que hará en los treinta años siguientes. Lo proyecta una tarde y luego se pasa treinta años, calmosamente, llevándolo a la práctica.



Del mundo y de los dioses

El proyecto de su vida, “El anillo del Nibelungo“, basado en antiguas sagas islandesas, cuenta la historia del mundo y de los dioses; cuatro óperas, en mitad de las cuales escribe otras dos, “Tristán”, su obra maestra, y “Los maestros cantores”, su obra cómica. Luego la última ópera, “Parsifal”: para muchos, la más grande de todas; para otros (Nietzsche, Adorno), una obra espuria.

Pertenece al grupo de los más grandes: Bach, Mozart, Beethoven, Schubert. Es el músico más original que jamás ha existido. No solo porque su estilo es inconfundible, sino porque nunca escribe nada que pudiera haber escrito otro. Solo Liszt, su suegro, es una influencia directa y discernible.

Es el ejemplo más asombroso, junto con Proust, de transformación de las limitaciones en virtudes. Su dificultad para escribir óperas convencionales se transforma en la “obra de arte del porvenir” y en la llamada “melodía infinita”, que no significa una melodía que no acaba nunca, sino un discurso musical carente de transiciones o de pasajes de relleno. Su manifiesta incapacidad para escribir melodías (le salen cuadradas, rimbombantes, siempre con forma de marcha) se transforma en el lenguaje de la ópera moderna, donde la melodía es en realidad un comentario a la armonía.

Este desgajamiento de la melodía implica también un desgajamiento de la relación del hombre con el mundo. En la ópera de Verdi, los personajes cantan sus emociones: en la de Wagner es el mundo quien canta, pero los personajes no oyen esa música. Es esta difracción entre individuo y mundo, entre lo que se canta y lo que suena, lo que rompe el lenguaje de la armonía, no solo una mera evolución técnica del cromatismo. El mayor genio de la continuidad musical de todos los tiempos no basa sus enormes desarrollos en formas previas (la sonata, la sinfonía, el rondó, la fuga), ni en el diseño tonal (no hay diseño tonal en sus grandes óperas, y ni siquiera Schenker logra encontrarlo), ni en el desarrollo motívico al uso, ni en la partición en arias y conjuntos de la ópera tradicional. Por esa razón su música no suena a obra de arte, es decir, a forma estereotipada, sino a realidad, a acontecimiento.


País de la noche

Su continuidad es la continuidad de la vida, un acarreo poderoso que nunca cansa, que nunca es artificial, que resulta tan orgánico e indudable como el curso de un río. Uno no “oye” música de Wagner, sino que vive dentro de ella. El gran tema de Wagner es el enigma de la identidad. Sus historias gravitan siempre en torno a personalidades escindidas en busca de “redención” (el Holandés Errante), personajes que no pueden decir su nombre (Lohengrin, Tristán), personajes que no saben quiénes son (Siegfried, Parsifal), personajes que olvidan quiénes son (Siegfried). El dragón Fafnir le dice a Siegfried, poco antes de morir bajo su espada: “Oh, tú, joven, que no te conoces a ti mismo”.

El proceso de conocerse a sí mismo y de construirse a sí mismo es el tema principal de Wagner. El pastor que toca un caramillo que es un corno inglés dice: “Tristán, despierta”. Se refiere al sueño físico, pero en ese sueño-dormir Tristán ha tenido un sueño-soñar en el que ha ido más allá del velo y ha llegado al “País de la noche”, el vasto sustrato del ser que constituye la totalidad enigmática del yo. Tristán e Isolda no son unos enamorados clásicos: ellos aceptan la muerte y se lanzan a ella porque saben que solo en ese país de la noche podrán unirse. Al aceptar la muerte, renacen, simbólicamente, y pueden estar juntos porque han ido más allá del velo del yo. Junto con Hegel y Schopenhauer, es uno de los grandes pensadores del Romanticismo, pero él hace filosofía con la música.

Otro de sus temas es la espera. La espera (el deseo) es el tema de “Tristán”: en el primer acto, el rey Marke espera a Tristán e Isolda; en el segundo, Isolda espera a Tristán; en el tercero, Tristán espera a Isolda. La espera es también la esencia del lenguaje musical de la tonalidad: espera de algo que va a suceder, del acorde que va a resolver. En Wagner la espera se prolonga de tal modo que se convierte en un estado. La espera de lo que jamás llegará. El deseo de lo que jamás se logrará. Así, la tonalidad comienza a disolverse, afirma el periodista español.





Extraído de: http://diariolarepublica.net/
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