sábado, 13 de julio de 2013

.

Tecnologías carcelarias como metáforas de la historia
          


 El almanaque y el catálogo

          

ANA INÉS LARRE BORGES



En el 40 aniversario del golpe de Estado han coincidido en su aparición “El almanaque” (libro y película) y la edición de “El libro de los libros”, catálogo de la biblioteca del penal de Libertad. Ambos son registros de la vida carcelaria de los presos políticos, tercas trazas de un pasado que insiste en volver y obligan a la incómoda pregunta: ¿fetiches o signos que deben ser descifrados?

Cloc… cloc… cloc… Un par de zuecos. Jorge Tiscornia era el único preso que usaba zuecos en lugar de ojotas o romanitas a la hora del baño. Un par de zuecos artesanales, hechos por él mismo y bastante impresentables, según confiesa. Zuecos “preñados”, los nombró su compañero de celda, el único que supo su secreto. Tiscornia era un estudiante de arquitectura cuando cayó preso en 1972, y sólo fue liberado cuando la amnistía de 1985, al fin de la dictadura. Desde su traslado al penal de Libertad comenzó a llevar un “almanaque” donde tachar los días pasados y registrar los hechos de su vida de preso. Lo diseñó artesanalmente, con la prolijidad y el diseño propios de los de su disciplina, y para ponerlo a resguardo fabricó el par de zuecos que ahuecó y volvió a pegar después de colocar allí las hojitas del almanaque prot
egidas con nailon, les pasó jabón por los costados y los ensució un poco como forma de disimular el corte. Cada año añadía un nuevo almanaque y periódicamente tuvo que cavar la madera para hacer espacio al registro de sus días. Dice que no tiene una explicación de por qué empezó a hacerlo; tampoco, lo que es quizás más difícil de entender, ¿por qué o cómo pudo sostener ese hábito durante los 4.646 días que duró su reclusión?
Lo hizo para sí, en un gesto de los que Foucault denomina “tecnologías del yo”, y la prueba de esa autarquía está en que pasaron años antes de que saliera a luz la historia, lo que sucedió recién cuando “el almanaque” fue convocado para dirimir una discusión sobre la fecha de algo sucedido en el penal. Hoy El almanaque es también una película realizada por José Pedro Charlo (documentalista de El círculo, Héctor el tejedor y A las 5 en punto), y un libro, si así se le puede llamar a la edición facsimilar del almanaque dispuesto en breve caja vertical y acompañado por un librillo donde desde diversas perspectivas y disciplinas se “lee” el almanaque.1
Pero, ¿es posible leer un almanaque?, ¿cómo hacerlo si el mismo que lo hizo encuentra dificultoso comprender lo que quiso consignar? El almanaque de Tiscornia es escritura minimalista; obligado a la síntesis y a la clandestinidad, su autor usó una forma de notación cifrada por códigos inventados en elaboradas estrategias de ocultamiento para no comprometer a terceros si el escondite fallaba y era requisado. En ese código personal intransferible Tiscornia dejó constancia de hechos cotidianos, variaciones en la rutina carcelaria, muertes de compañeros, acontecimientos personales. El primer mes anota la fecha de su traslado al penal y la de la primera visita; luego marcará la aparición de los bizcochos en la dieta carcelaria, a los tres años, su divorcio, las clausuras y reaperturas de la biblioteca; hacia el final, la llegada de los rehenes al penal. El preso es prolijo y obsesivo y eso le permite cuantificar la vida. El año 1983 se resume bien en “162 recreos comunes, 106 trillos, 60 sanciones y 37 días de isla”.
Charlo, que estuvo años preso en el penal, cuenta que sólo supo de la historia de los zuecos cuando leyó Vivir en Libertad, memoria de Tiscornia y Walter Philips-Treby publicada en 2003. Tenía del autor lo que llama “un conocimiento visual lejano”. Es interesante que formule a partir de lo que podríamos calificar como una mirada de cineasta esa enorme experiencia carcelaria. “Muchos años de prisión política, más de 2.800 presos, daban visiones muy fragmentadas según el lugar donde cada uno se encontrara en esa cárcel”, agrega. La imagen es comprensiva y sugiere la posibilidad de una gran saga o un largo largometraje que mostrase conectada cada historia personal, una gran “memoria para armar” donde uno ve pasar al hombre de los zuecos y su historia se conecta con la de otro… Y así la gran comedia humana revela estar hecha por tramas que se afectan y condicionan. Es la conciencia que da el arte a la vida, y por eso precisa interpretación. La película realizada cumple ese fin; no es sólo el ensanchamiento de un testimonio su afán multiplicador, sino una interpretación de su sentido.
Charlo vio el carácter de diario personal que había en el almanaque, vio “ese valor extraordinario de expresar y preservar a través del registro cotidiano la subjetividad de su autor, independiente de si existió o no esta decisión en forma consciente, en un contexto en el que esa expresión debía ser ocultada para salvarse”.
El aprendizaje de la memoria, y toda la reflexión en torno, han disimulado en parte la fuerza de lo que es su contraparte: el olvido. Cuenta Charlo –de una entrevista preparatoria que quedó fuera de su película– que Walter Philips-Treby, como profesor de la Facultad de Psicología, hacía a sus alumnos la prueba de pedirles que dibujasen una línea de tiempo que empezara en 1950 hasta la actualidad, y les pedía que colocasen allí los acontecimientos más importantes o decisivos. El resultado era que nadie anotaba nada entre 1973 y 1985, en cumplimiento de las reiteradas metáforas que ilustran al Uruguay de la dictadura como “un desierto”, como “la paz de los cementerios”. Fue un tiempo en el que, como en la novela de Kundera, para los que, presos o no, se quedaron en Uruguay, la vida estaba en otra parte. Pero nunca lo está, y ese es el subversivo mensaje de Tiscornia; bajo la apariencia disciplinada de un monje copista, el gesto de anotar su almanaque es el de quien se apropia desafiante del tiempo que le ha sido expropiado. Y de la realidad. Nada parece más abstracto que un almanaque, pero –decía Barthes– nada hay tan real como una fecha. Al anotar se adueña de toda la soberanía que la escritura da al hombre. Raymond Queneau ha escrito que somos el relato que nos hacemos de nosotros mismos, que sólo ese relato sostiene la continuidad entre el que fuimos ayer y el que somos, que sólo ese relato recompone nuestra identidad persistente en los cambios que experimentamos. Anotar la vida es hacer deliberadamente consciente esa identidad. El antropólogo José López Mazz, que hace una fina lectura de este calendario, encuentra una fórmula luminosa para comprender la tarea del preso: “Pasan los años y este escriba modela la luz del tiempo para echar su propia sombra”.
Charlo en la película y Daniel Gil en un texto escrito desde el saber del psicoanálisis, e incluido en el libro, relacionan la práctica del almanaque con el hábito que sostuvo Tiscornia durante los 12 años de reclusión de mirar cada atardecer desde la ventana de su celda. Un día se le ocurrió un proyecto que cumplió 20 años más tarde: fotografiar desde un punto –eligió el faro de Punta Carretas– cada amanecer durante un año completo. Es un proyecto artístico y de ambición estética que la película registra en paralelo al recuerdo carcelario, y que con acierto no “explica”. ¿Recuerdan a Harvey Keitel fotografiando en Cigarros la misma esquina de Brooklyn cada día? Es también la conciencia del aleph del mundo, y la de que no existe un centro sino que al centro lo fija la mirada. Gil reconoce una defensa de la identidad en las dos acciones del preso, y al comentárselo a Tiscornia éste le responde mostrándole un texto sobre sus años de cárcel que tituló precisamente “Identidades”. En ese texto autobiográfico está la resistencia del preso a ser “un hombre numerado”. Gil advierte que no es sólo el relato de cómo un día el preso se rebela y, a cada llamada por el número “siete sietesiete”, que era el suyo, responde articulando su nombre y apellido, sino que de los dos únicos recuerdos que rescata de su infancia uno es el del día cuando le fueron a sacar su cédula de identidad, “el día en el que la identidad es refrendada”.
Daniel Gil sostiene también en su artículo una idea que ya había desarrollad
o antes en otro ensayo, la de que la prisión política tiene como fin la destrucción sobre todo psíquica del preso, que la cárcel es un deliberado intento de someter a los detenidos y que se ha hablado poco de eso con relación al horror de la tortura física y previa del interrogatorio. En diálogo co
n Brecha, Tiscornia le da la razón y también discrepa. Acuerda cuando recuerda que una de las primeras cosas que hizo fue elevar la petición de permiso para pintar su celda. Otorgado el permiso pidió materiales a sus familiares y pintó perfectamente su celda de dos metros por cinco pasos. Cuando terminó, en una medida psicológicamente perversa que ilustra perfectamente lo dicho por Gil, lo cambiaron a otra celda. Algo similar contaban las presas: las dejaban cultivar una quinta pero luego los frutos se pudrían sin que nadie pudiese cosecharlos ni probarlos. Tiscornia cuenta que volvió a pedir permiso para pintar su nueva celda. Se le concedió y después de eso no lo volvieron a trasladar. Él estaba dispuesto a pintar todo el celdario. Y aquí acaso el matiz de su interpretación: Tiscornia insiste en que a una cárcel la hacen los presos y no los represores. Dice que no le gusta que lo llamen a hablar para ex presos como él, sino con jóvenes. Entonces sí accede a explicar cómo se pudo sobrevivir a una situación de hostigamiento límite. “Hay que adaptarse y transgredir”, saber adaptarse para sobrevivir, sintetiza, pero buscando siempre hacer lugar a una transgresión, una rebeldía para poder vivir.

LEER EN LIBERTAD. En la cárcel de Libertad tal vez lo más terrible fuese lo que menos llama la atención a quien no lo ha vivido: el dato pasivo de que el recreo era de una hora contra 23 de encierro. La dimensión del daño la confirma que el castigo en la cárcel, el castigo dentro del castigo, era “la isla”, el aislamiento prolongado. Daniel Gil reflexiona junto a Tiscornia que “esa soledad es terrible porque ‘hay momentos en que sólo pedimos que los demás sepan de nosotros’, ya que si el otro sabe de mí, me conoce y reconoce. Cuando no logramos recrear la presencia de ese otro que, en definitiva, se constituye en el garante de la propia existencia, de la propia identidad, el yo empieza a resquebrajarse, a perder sus límites, a disgregarse. Aislar al ser humano de esa referencia, hacerle perder las coordenadas temporales-espaciales, dejarlo en la oscuridad y el silencio, sin tener con quien hablar, alguien a quien mirar y que lo mire, privarlo de los elementos para sentir y penar, es dejarlo en la indefensión”. En su memoria Tiscornia reflexiona sobre la experiencia en “la isla” y se pregunta qué pasa en esas circunstancias de aislamiento con los recuerdos: “¿Sería la única manera de tener sol, mar, viento, lluvia, sonrisas, amor, alegría?”. También se pregunta si es posible separar los recuerdos de los sueños. Tácitamente comparece la indecisa frontera entre la visita a ese universo paralelo, voluntaria en el recuerdo e involuntaria en los sueños. Pero eso, advierte enseguida Gil, entraña el peligro de la locura.
Hay otra actividad humana que puede encontrar un lugar en esa serie: la lectura. Recordar, soñar, leer. Leer puede continuar la analogía del sueño y del recuerdo como una manera de tener sol, mar, viento, lluvia, amor, alegría, y podría continuarse infinitamente: pensamiento, reflexión, saberes, y aun, dolor, rebeldía, desesperación, pero experimentados a salvo y con la soberanía de hacerlos propios; de, como decía George Steiner, hacer de lo que se lee parte de uno mismo, una parte de la que nadie podrá despojarnos. En el penal de Libertad, tal vez por eso mismo, el hecho más positivo fue la creación de La Biblioteca. Así con mayúsculas de las llamadas “idolátricas” habría que registrar el nombre para denotar con justicia el protagonismo que otra considerable “biblioteca” de testimonios carcelarios ha repetido hasta hacer de esos miles de libros compartidos –se afirma que llegaron a ser 9 mil–, una leyenda. Ayer se presentó en la Biblioteca Nacional El libro de los libros, que recupera en reproducción facsimilar el catálogo de la biblioteca del penal acompañado de varios comentarios y una serie de documentos (fichas de préstamo, catálogos personales manuscritos, etcétera) en edición coordinada por Alfredo Alzugarat, investigador especializado en literatura carcelaria.2 En un comprensivo ensayo que parcialmente reprodujo Brecha en su edición conmemorativa del golpe de Estado en el número pasado, Alzugarat relata el origen y creación de una “colección” que a la vista del catálogo recuperado (aun con los descuentos de la pira, porque la censura también hizo su “grande escrutinio” y quema de libros) es excepcionalmente rica y seguramente única en el mundo en tanto biblioteca carcelaria. Cuenta Alzugarat el origen cuando un preso aprovechó un discurso de cárcel modelo y se animó a sugerir la reunión de libros particulares en una biblioteca central de préstamo. El acervo se formó con donaciones de los familiares. Este no es el primer catálogo. El primero, escribe Alzugarat, “era el más pequeño pero el más amplio”, y se da la ironía de que libros que eran peligrosos en allanamientos podían leerse en la cárcel política. El primer libro censurado fue Papillon, de Henri Charrière, por ser el relato de una fuga; bastante más tarde marcharon a la pira los libros políticos. María José Larre Borges tienta una descripción de los contenidos de la parte literaria de la versión sobreviviente siguiendo la ruta de organización por origen geográ
fico de los autores que rige al catálogo; su recuento refleja la gran riqueza de la biblioteca, pero es seguramente sólo el aparentemente árido seguimiento del listado el que da la medida de milagro y paraíso que esconde “la especie de una biblioteca”, según acuñó Borges con su habitual lúcido asombro en un poema. Un ejemplo: en el apartado destinado a “Otros europeos” el lector descubre el imprevisto bonus track (después de todo Shakespeare, todo Hemingway, todo Thomas Mann, todo Faulkner, de varios Carson McCullers, de Thomas Wolf) de casi todo Kafka y El hombre sin atributos, de Musil.
Hace muchos años Marcelo Estefanell me mostró en la sala de armado de Brecha una lista escrita en letra microscópica de los libros que había leído mientras estaba preso. Fue mi primer contacto con el iceberg de esa biblioteca que tuvo catálogos múltiples, oficiales y clandestinos, mecanografiados y mimeografiados y manuscritos y caseros. De ese asombro surgió una serie de notas que se llamó “Leer en Libertad”. En el primer artículo, Estefanell recordó la advertencia que le hicieron el día de su ingreso al penal: esa era una cárcel inexpugnable, era imposible fugarse. Y sin embargo, escribió a continuación, “me fugué mil veces”. Enumeraba las veces que recorrió San Petersburgo con Dostoievski, Lima con Varguitas, la París del xix con Hugo; y no sé si lo puso, pero pudo hacerlo, los mares del sur con Joseph Conrad. La lectura como escape y como acceso a un mundo paralelo.
Alfredo Alzugarat enumera en su ensayo las maneras de leer que hubo en la cárcel, y desemboca, inevitable, en las maneras posibles de leer (a secas). El libro como “llave para ingresar a un mundo paralelo, alternativo, un mundo ancilar que pasaba a formar parte de nuestra realidad y de nuestra existencia”; los libros como “un factor decisivo de sobrevivencia y de equilibrio mental”. También analiza las diversas motivaciones para leer, desde la fuga al aprendizaje, advierte la voluntad del que leyó para sustentar una ética, el que lo hizo para pensar y el que buscó indagar en una identidad nacional. Escritor y profesor de literatura, admite con la adivinada melancolía de quien eligió un destino literario, que fueron pocos los que leyeron por goce artístico: “lo didáctico primó sobre lo estético”, diagnostica. Sin embargo, de su avance también se desprende la imprevisibilidad de la lectura. Y sus inevitables, varias y multiplicadoras consecuencias. Recupera una anécdota de cómo cierta vez, para señalar a un represor vocacionalmente sádico, los presos se valieron de un personaje de Los miserables, de Victor Hugo, que todos conocían; la lectura de una novela que por su volumen todos pedían para refugiarse en “otro mundo” distinto al del penal, termina siendo un camino de regreso a la realidad, no ya fuga sino comunicación cómplice.
La lectura, dice Liscano, es “una pasión carcelaria”, todo preso político, agrega Alzugarat, es “un lector en potencia”. Asimismo, todo lector es extrañamente un preso voluntario. Don Quijote se encierra a leer “de claro en claro y de turbio en turbio”, y Kafka fantasea con estar atado a su mesa de trabajo y que alguien le deje en la puerta su alimento. Extraña simbiosis, porque también se lee para un día dejar de leer. Sea para pasar a la acción, como hizo don Quijote, o para pasar a ese otro acto, el de la escritura, como hicieron a su turno Liscano y Alzugarat, en un gesto que la lectura prevé. Que necesariamente precede: se lee para escribir un día. El libro de los libros, el catálogo, se lee para seguir leyendo. Entre los muchos libros que ese catálogo guarece está listado uno cuyo título, Variaciones en rojo, no desmiente su ubicación en la categoría del género policial. Su detective, Daniel Hernández, es tan atípico como Bustos Domecq (que estaba preso), y tiene el imprevisto oficio de corrector, es un hombre que lee. Su autor, Rodolfo Walsh, fue, además de uno de los más grandes escritores argentinos del xx, un hombre que dejó de escribir para pasar a la acción. Fue muerto por las fuerzas de la represión en 1977 en Buenos Aires, acaso mientras un preso leía sus cuentos en Libertad.




1. Escriben el historiador Arturo Bentancour, el propio Charlo, Elbio Ferrario –actual director del Museo de la Memoria–, desde el psicoanálisis, Daniel Gil, el antropólogo José López Mazz, Sonia Mosquera, hoy psicóloga y ayer presa en Punta de Rieles, la artista plástica Ana Tiscornia –y además familiar– y el propio Tiscornia.
2. El libro de los libros, Montevideo, edición de la Biblioteca Nacional, 2013. Comentan el catálogo, además de A Alzugarat: María José Larre Borges, desde la literatura; Álvaro Díaz Berenguer sobre los libros de medicina; Graciela Gargiullo desde la ciencia bibliotecológica; se recupera un prólogo que Rodolfo Wolf escribió para una proyectada edición del catálogo en 1999, y lo preside un brevísimo prólogo de Carlos Liscano, que se hizo escritor en la cárcel y es hoy director de la Biblioteca Nacional.




Extraído de: http://brecha.com.uy/
Publicar un comentario