viernes, 22 de noviembre de 2013

¡Oh,  qué lejos llegó el viajero, pero el cielo no está!




Roberto Sari Torres


Al Voyager hoy el tiempo lo encuentra navegando a unos 18.450  millones de quilómetros de la Tierra; por la patria cósmica de donde partió llevando en su vanguardia científica de los años 70, el multitudinario rumor de una esperanza y el sueño más grandioso de la Humanidad. Como certificación de ese ensueño, el viajero estelar lleva un mensaje  grabado en disco de oro –por si a algún lado llega- que dice: “saltamos de nuestro Sistema Solar hacia el Universo, en busca de la paz y la amistad, para enseñar si así se nos demanda  o para aprender si tenemos esa suerte”.
Hay una poderosa belleza en esta oración, una sencilla y acertada prosodia y sintaxis que logra en pocas palabras la más perfecta síntesis de un gran anhelo… tan parecido  este a la utopía que  sólo la utopía misma debería ser su destino. Pro no, porque sino no existirían las  paradojas que  explican el materialismo inviolable del Universo, y de todas las cosas que lo constituyen, incluida la vida de lo que sea,  interactuando en cualquier lugar del gran cielo. El Voyager navega ahora n pleno Espacio Exterior a más 17  horas luz de casa (18450 millones de quilómetros, o sea, más de tres veces la distancia que  está Plutón  del sol, el último planeta). La paradoja del Espacio es que no tiene frontera, todo  cambia de forma, estado, lugar y magnitud. Viajando por la dimensión del Espacio local, el Voyager asombró a la Humanidad haciéndoles conocer mejor el sistema que su planeta integra en la  tercera órbita, dese haría tal vez 5.000 millones de años y contando aún, milenios de ajuste a la teoría.
Como un formidable atleta, usando como garrocha la gravedad  de los mundos, fue saltando de uno a otro para mostrarnos lo raro, singular y extraños que son ellos y sus lunas; gobernados por leyes físicas iguales pero dando lugar a interacciones mortales para nosotros.
Le queda aún por recorrer (menos 17 horas luz) 4 a años luz, pavorosa lejura, hasta el sistema triestelar Alfa Centauto, si acaso ese fuera el rumbo. Pero Alfa está a unos 37 billones,  869.120 millones de quilómetros (37.869.120.000.000 de quilómetros distante-estimado). Por la distancia está prohibido llegar hasta allá y el Voyager no fue hecho para alcanzar la eternidad, aunque si ha sido el más audaz viajero
que alguna vez la Tierra haya enviado a otro lugar para “enseñar  si así  se nos demanda o para aprender si tenemos la suerte”.
El viajero está más allá del cinturón de Oort, hogar de cometas helados y otros insondables misterios. Lejos de los vientos solares y de cualquier interacción del mag
netismo del sistema, el Voyager comprueba que por donde  hay cien veces más partículas cargadas  por centímetros cúbicos que las que había en el ambiente espacial por donde iba navegando hasta hace  pocos años. Tales partículas son protones (el protón y el neutrón son componentes esenciales del núcleo atómico). Esta partícula es el núcleo del Hidrógeno, el gas más liviano del Universo, que junto con el Oxígeno constituye el agua (H2O).  Es 14 veces más liviano que el aire y al parecer llena todo el  espacio interestelar e intergaláctico, y es probable que él haya sido y sea el catalizador esencial en la reacción cuántica, singular formativa del Cosmo a partir de un  “Big Bang”.
Todo induce a creer que el Espacio parece no tener vacío, porque el Voyager constata todo lo existente en un centímetro cúbico de cielo exterior (fluctuaciones magnéticas, energéticas y materia atómica, como el protón). Así, tal vez un comienzo y final del Universo no sería tal, solo habrían sido momentos singulares del estado y entropía de la materia, un momento completo de incertidumbre y relatividad dimensional en la misma.
Pero si por ningún lado pasa o llega, o “nadie” jamás, lo encuentra (que es casi cien por ciento lo más probable) el Voyager igualmente habrá cumplido con las más épica exploración científica  encargada por la  Humanidad y la ciencia del Siglo XX.

En todo este inmenso viaje que lleva hecho, el Voyager fue dejando sin asunto  a toda esa vocinglería insustentable de “platos voladores” y “visitantes” extraterrestres (ovnis y alienígenas, tipos muñeco de hule Roswell 1947). Los únicos “extraterrestres” conocidos son habladurías sin sustento y horas pedidas en TV. Pero si algo vivo e inteligente existiera allá, a decenas, cientos o millones de años luz de nosotros, nunca jamás lo sabremos ni nos contactaremos. ¿Por qué? Porque más allá de dos años luz el ruido espacial del Universo, magnetismo, radiación, etc. absorben toda  señal radial o  televisiva, desde o hacia la Tierra. Ni siquiera con Alfa Centauro podremos comunicarnos, porque el tiempo y la distancia sideral son barreras materiales instraspasables, objetivamente inviolables. ¡Ni un tornillo, ni una bacteria de “tan más allá” ha llegado jamás al planeta! El navegador libre del Voyager es la prueba de  que nadie extraño anda cerca. ¡No! ¡A ninguna “Humanidad” le da “la nasta” para ir tan lejos, llegar a tiempo y además, intacto y vivo! Desde  tan lejos el Viajero todavía nos seguirá enseñando de lo  singular del cielo de protones por donde el hoy va.
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