viernes, 6 de diciembre de 2013


A Arturo Madrid, por su memoria; escritor y director de diarios cosidos con sedalina, pero llenos de pájaros exploradores del futuro

Acerca de la sutil frontera entre la realidad y la fantasía



Ángel Juárez Masares




Hace casi veinte años vivió en Dolores un hombre que construyó su propio mundo. Estamos hablando de Arturo Madrid Lindsay, de quien su amigo Roberto Sari Torres escribía en el número 2 de la Revista de la Asociación de Escritores de Soriano: “Cuando conocí a “Carcamán”, éste era ya un místico ambulante que, avanzada la segunda mitad del siglo XX, fue presa de una furiosa inspiración por escribir una Biblia explicativa que asimilara el pensamiento de la humanidad del fin del segundo milenio; porque –decía- ella no está preparada para recibir el tercero sin un resumen espiritual como el suyo.
Hasta ese momento –relata Sari- yo ignoraba cuánta rareza puede haber en el pensamiento de un hombre como “Carcamán”, para quien no había más filosofía que el relato esotérico de los viejos habitantes del Asia Menor.
Y cuando yo creía que ya nada más me sorprendería de sus raros quehaceres intelectuales, me dejó sin aliento enterarme que trabajaba como inventor de una nave espacial, cuyo lanzamiento preveía para dentro de tres o cuatro años. Peor aún, sentí escalofríos cuando me detalló que la mentada nave era: ¡una carreta! Un adefesio de madera dura y toldo de cuero de toros criollos.
Era tan descabellado lo que decía que, evidentemente, debí haber alucinado bajo el efecto de aquella narración sobre un viaje en carreta rumbo a la luna, llevando a bordo –además de dos bueyes uncidos al yugo- a tres viejos tripulantes sin escafandra espacial ni nada que se le parezca, lanzados a enfrentar el peligro y el frío mortal del cosmos con nada más que la protección de unos apolillados “ponchos patria” y algunos litros de grapa.
Yo estaba enterado –continúa Sari- que hace unos años había escrito –no sé para qué concurso de “raros”- un relato fantástico sobre el asunto, pero nunca pensé que lo confundiera con la realidad.
Recuerdo haber pensado cómo reaccionarían los norteamericanos y los rusos cuando se enteraran de un competidor en la zona de Paso de Ramos, lugar designado por “Carcamán” como “área de lanzamiento”. Era la más perfecta locura de un convencido de que en este mundo, la ficción, y no lo auténtico, es lo que frecuentemente tiene éxito.
Esto que recién ahora me decido a contar, me lo dijo la segunda vez que me visitó para requerir opinión sobre varios capítulos de su “Biblia” manuscrita que llevaba ya consumidos cinco cuadernos. Le dije que poco podía aportar, considerando mi ateísmo, aunque para no herir sus sentimientos agregué –y fui sincero- que bien valoraba posturas morales de un hombre crucificado por sus ideas cuyo martirio ha conmovido la historia al occidente del meridiano de Jerusalén.
Me agradeció la sinceridad, pero en la tercera visita sólo se refirió brevemente a los veinte que llevaba escritos.
Habló, sobre todo, de los trabajos en la carreta espacial y de la selección de una tripulación adecuada, a la que ya veía navegar entre una y otra estrella por esos cielos de espiritualidad en los que –según sus cálculos- se cruzaban avenidas de almas que habían tenido distintas manifestaciones durante su existencia terrenal.
Le pregunté sobre la razón de enviar viejos al espacio.
 Ellos irán –dijo- porque por edad y mucho vivido no tienen ya más meta que el instinto por las estrellas -de donde todo proviene- y porque la nostalgia de tan arcaicas cunas debería poner alas en sus gastados corazones.
Siguiéndole el juego –dice Sari en
su artículo- me mostré interesado y le pregunté qué pasaría si en el viaje, un meteorito, o el viento solar los desviara de su derrotero. Me dijo que ello formaba parte del riesgo que asumen los que quieren llegar al principio del ser, y la final de todos los dolores.
Yo había olvidado las fantásticas ideas de mi antiguo amigo cuando inesperadamente –una década después- recibí una caja conteniendo treinta y nueve cuadernos en los que inmediatamente reconocí la letra. Hasta allí había llegado “Carcamán”. La vida le había negado la posibilidad de completar su “nueva Biblia” para el tercer milenio.
En lo inmediato no supe qué hacer con aquella “herencia”, pero al final decidí enviar los cuadernos al Vaticano, por considerarlo el lugar apropiado para archivar aquel monumento al trabajo de un hombre sobre una filosofía mística con un radio de alcance de dos manzanas.


Tiempo después recibí un sobre con membrete de la Sede Pontificia confirmando el envío, y –entre velados reproches a mi ateísmo- la nota del Bibliólogo Jefe agradeciendo la atención y resaltando el valor de lo remitido, “porque ello permitió apreciar en qué andaba uno de los suyos”, haciéndoles ver que pecados de orgullo, ostentación, y vanidad, había en la larga existencia institucional de la fe.
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Si nos remitimos al título, sin duda que también nosotros podríamos escribir treinta y nueve cuadernos sobre el tema, y es seguro que no podríamos encontrarla.

Sin embargo esta historia relatada por Sari Torres –de la cual sólo hemos extractado algunos párrafos- confirma aquello de que “sólo la palabra escrita es imperecedera”, porque en algún lugar entre mis libros, manuscritos, bosquejos, y parafernalia literaria que guardo, duerme el original del cuento de Arturo escrito en una hoja de cuaderno. Y cada tanto quienes lo conocimos tejemos fantasías en torno al destino de los viejos y la carreta estelar, y no dudo que –sin confesarlo- más de una noche oteamos la vía láctea en busca de algún indicio de los viajeros. ¿Quién asegura que ya no pasaron la galaxia de Andrómeda?-
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