sábado, 6 de septiembre de 2014


El adiós a la más virtuosa del piano

A sus 95 años, falleció una de las pianistas más virtuosas que dio Uruguay. Sus restos fueron velados en la tarde en el Auditorio Nacional del Sodre y posteriormente recibieron sepultura en el Cementerio del Buceo.



La longeva artista, que siguió en actividad hasta sus últimos días, pasó la mayor parte de su vida sentada al piano. Como niña prodigio, ofreció su primer concierto cuando tenía apenas 6 años.

"Cuando era muy chiquita, con 3 años, mis padres salían a caminar y me dejaban en casa de mi abuela. Yo lloraba mucho, no quería quedarme. No sabían qué hacer para calmarme. En la sala había un piano que siempre me llamaba la atención y le decía a mi abuelita 'piano, piano'. En mi familia tenía una tía que tocaba muy bien tango. Yo la oía y la empecé a copiar. Un día me escucha una de mis tías y queda media sorprendida. No entendían cómo tocaba así siendo tan chica. Un día va a casa un profesor de violín, mamá le dice que quiere que me escuche y se sorprendió por mi tamaño. Me pone un ejemplo para que copie. Luego otro más difícil. Quedó de boca abierta. A los seis años me pusieron a estudiar y a los seis meses di mi primer concierto", explicó en una entrevista publicada por el Sodre.


En 2013 fue homenajeada en el Sodre, al que siempre consideró su casa, con un sello postal destinado a rendir tributo a grandes personalidades de la cultura uruguaya. Además, se le ofreció estrenar el piano que adquirió la institución.

Cuando tenía diez años tocó en el Teatro Solís un concierto de Mozart con orquesta. Aseguraba que lo suyo era suerte. "No es fácil enseñarle a un niño. Tuve una maestra muy inteligente, de una gran pedagogía que era Adela Piera. Después como ella sufría mucho de asma pasé a Kolischer. Él era muy amigo de Arturo Rubinstein, que fue quien me presentó en Buenos Aires a los once años. Fue un concierto de Schumann en el Teatro Colón; después seguí tocando con Lamberto Baldi desde luego".

Entre sus principales influencias estaban Schumann, Chopin, Liszt, Beethoven, Mozart, pero siempre se sintió especialmente atraída por Schumann, repertorio con el que debutó en Buenos Aires. "Fue mucha gente, en barco, a seguirme. Yo era una niño: lo que más me quedó grabado fue toda la gente que viajó para escucharme", recordaba en diálogo con El País la última vez que actuó acompañada por la Ossodre.

El Sodre siempre fue su casa y la institución responsable de una de las experiencias más enriquecedoras de su vida: vivir en Francia becada donde pudo compartir escenario con grandes maestros.

"Toda esa etapa en París, cuatro años estudiando y el concurso Ysaye, que fue un desafío fantástico, fue lo mejor. Entre todos los países del mundo, porque había representantes de 119 países quedamos doce, que fuimos instalados para prepararnos. Vivimos encerrados, estudiando, y dimos un concierto para orquesta inédito que preparamos todos en una semana. Tenía 18 años y fue una prueba fantástica".


A pesar de su avanzada edad, Mariño nunca pensaba en el retiro porque la música era para ella una devoción, acompañada por constancia y mucha disciplina. Había momentos en los que para ella ya no era fácil pero igual seguía. "Sufro mucho de las cervicales, el día del concierto no podía mover la cabeza (se refería a uno ofrecido en el Auditorio).

La responsabilidad a veces pesa mucho. La gente es muy buena y generosa, pero uno tiene que responder a eso. Uno no es una máquina, es humano. He visto a tantos grandes detenerse en medio de un concierto. Nadie está libre de que le pase, es un segundo que uno se pierde", comentaba al Sodre.

Mariño tocaba siempre sin partitura porque le molestaba. Tenía todo en su cabeza y así daba conciertos de varias horas, a menos que se tratara de un formato a dos pianos.

Sobre el público local opinaba que "escucha más murga que música". "Al público hay que educarlo. Y si no se hacen conciertos a menudo para educar al público, es muy difícil. Si usted no acostumbra a los chicos a escuchar algo bueno no saben valorar, no saben diferenciar. En los tiempos de Hugo Balzo, durante los ensayos de los sábados de mañana la sala estaba llena de estudiantes por obligación. Como una clase. Se iban comunicando, aprendiendo, eso no se hizo más. Es muy importante que los chicos vayan a los ensayos, que oigan y que aprendan lo que están escuchando. Se van educando y van tomando el gusto de oír buena música. ¿Cómo vamos a fomentar esto con las murgas? Reconozco los valores de la gente que la hace, son muy talentosos, pero son cosas bien diferentes", decía.

Su lista de directores favoritos con los que había tocado era extensa, pero destacaba a Erich Kleiber, Piero Gamba y Miguel Patrón Marchand.
Para mantener buena salud su secreto era también la disciplina. "Por algo llegué a esta edad", comentaba. "Estudio y rezo. Dios es la única fuerza que uno tiene en este mundo. Sin eso, no vamos a ningún lado. Todo es parte de Dios y el que no lo entienda está ciego, lamentablemente. Por eso el mundo está como está, porque se olvidaron de Dios. Si todos hiciéramos caso a las enseñanzas que nos dio el mundo sería una maravilla".

Cuando estuvo al frente del ciclo Sábados de Otoño, el director de la Ossodre, Stefan Lano, había calificado de "asombroso" el estado de la pianista, que tenía 93 años y tocaba "con la energía de una chica de 17". Del Sodre esperaba que en esta nueva etapa se reponga. "Tengo mucha esperanza. Por suerte tenemos ahora esta sala. Una sala estupenda. Ha sido una gran suerte y tiene una gran acústica, eso es importante. Muy linda sala".

Hoy resulta emotivo citar cómo quería que la recordaran en el futuro. "Como una persona de fe con valores cristianos, en definitiva como una persona de bien. Más allá de la artista y de la música", fueron sus palabras.




extraído de: http://www.elpais.com.uy/
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