sábado, 5 de mayo de 2012


Hablando de bueyes perdidos
“Y si en una de esas salís bueno, se tiran al suelo y te cobran penal”
                                                                                                                             Ángel Juárez Masares


Nos habíamos encontrado por casualidad después de muchos años, y el boleto de ómnibus que mi amigo tenía en el bolsillo fue la causa de nuestra charla entreverada y caótica.
Nos conocimos jugando al fútbol, cuando en la indumentaria del arquero se imponía el buzo negro, y los guantes comenzaban a sustituir el salivazo en las palmas desnudas ante el “tiro libre” del 9 adversario. Recordamos aquella final, cuando una llovizna transformó la cancha en una pista de patinaje y la pelota en un planeta inasible.
-Ese día te atajaste todo- dijo mi amigo detallando algunas jugadas que en realidad me costó rescatar de la memoria.
-Ahá- respondí -mientras comenzaban a aparecer imágenes de aquel partido- hasta que faltando dos minutos el puntero zurdo aquel lanzó un pelotazo al área que salí a buscar confiado, porque la pelota venía “muerta”. Vos me viste salir y “me cubriste” para que tomara ese “centro”. Aún veo mis manos levantadas en el punto exacto sobre las cabezas de los delanteros, y cómo la maldita pelota se escurrió estúpidamente entre ellas para caer a los pies del 10 que la empujó al fondo del arco-
-Esas cosas pasan- acotó mi amigo para cambiar inmediatamente de tema.
Hoy, cuando los años me hicieron perder interés en el fútbol y solo veo algunos partidos cuando juega la selección uruguaya, no puedo evitar establecer paralelismos entre este deporte y la vida. ¿Cuántas veces nos “atajamos todo” y en el último minuto nos meten ese gol que nos deja fuera del campeonato?
Y cuántas veces –como decía el Canario Luna- andas “toda la vida tapando agujeros, y si en una de esas salís bueno, se tiran al suelo y te cobran penal”.
Afortunadamente, hablar de bueyes perdidos me permite divagar a placer. Puedo recordar a otro Amigo… aquel que en el Penal de Libertad la tiraba a propósito por arriba del alambrado para tener un ratito de libertad de mentira cuando le permitían ir a buscarla. Puedo hacer que el mundo se convierta en una cancha; cambiar los jugadores, el color de las camisas, la cantidad de público…lo que no puedo es alterar los resultados. Eso no. Si lo hiciera estaría mintiendo. Se me ocurre que el partido de la vida está “arreglado”; que el árbitro cósmico se ríe de nosotros, que muchas veces disfruta cuando nos sacamos varios rivales de encima, encaramos el arco contrario y al final la tiramos “pa las chapas”.
¿A quien no le pasó que después de correr la vida entera “dribleando” rivales, lo sacaron faltando 5 minutos para poner al hijo del gerente…perdón, del DT?
¿Cuantas veces trabajamos la jugada trayendo la pelota desde el fondo con los tobillos “picados” por los tapones de los defensas y el 8 no nos devuelve “la pared”?
“Ese día te atajaste todo”, había dicho mi amigo, ahora en alguna parte de la ruta, quizá mirando el campo por la ventanilla de un ómnibus.
Mi carrera deportiva se terminó muy pronto. A los veinte años un delantero me hizo trizas tibia y peroné, y si bien no pude jamás entrar a una cancha, estoy seguro que nunca dejé de jugar. Sin embargo no es mi historia lo que pretendo contar, y tampoco se trata de generalizar.
Cada uno jugará su partido de acuerdo a sus condiciones y habilidades, pero es seguro que lo peor que le puede ocurrir a alguien es resignarse a ser suplente.
Bueno sería que al sonar el pitazo final caminemos hacia los vestuarios con la convicción que “dejamos todo en la cancha”; que la camiseta traspirada se nos pegue en la espalda, y que si no pudimos meter un gol sea porque el rival jugó mejor que nosotros, y no por haber mezquinado el esfuerzo. Si así no fuera, ¿qué sentido tendría entonces haber entrado a la cancha?..
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