viernes, 15 de abril de 2011

EDITORIAL

La muerte del patrimonio a manos de la modernización



* Cíclicamente los gobernantes borran la obra de sus predecesores, mientras la ciudad pierde identidad.



Aldo Roque Difilippo 


Coincidiendo con los 200 años de la “Proclama de Mercedes” la Intendencia de Soriano inauguró la remodelación de la Plaza Independencia. Una obra que pretende, según se anunció, revalorizar este espacio público. En  primera instancia podría catalogarse como una obra necesaria, como tiempo atrás comentó a HUM BRAL  el entonces Director de Arquitectura de la Intendencia de Soriano. Como se recordará el Arq. Fernando Cabezudo definió a esta plaza como “hija de la dictadura”, señalando que su diseño hacía casi imposible realizar actos  o celebraciones.
Seguramente esta medida sea acertada, y en adelante los mercedarios podamos encontrarnos en celebraciones patrias o  manifestaciones populares en un espacio público no solamente céntrico, sino que es una de las señas de identidad de la ciudad.
Pero más allá de ello, queremos referirnos a otro aspecto significativo que cíclicamente  se sucede y parece no tener fin: la  casi compulsiva manía de borrar lo viejo, de despreciarlo  únicamente porque pertenece a una época en la que no vivimos.
En octubre de 2010 nos referíamos a este aspecto (ver http://humbral.blogspot.com/2010_10_31_archive.html) y hoy insistimos en la misma temática porque la entendemos importante, y quizá sirva para explicar otros comportamientos que tenemos como sociedad. En esa oportunidad nos referíamos a que las plazas de Mercedes habían sido remodeladas en su totalidad, sin guardar  señas de identidad del paso del tiempo y de la historia que podían contener.  Ahora insistimos en este tema.
Dos épocas de la Plaza Independencia
a principio  del Siglo XX.
Desde 1788 a la fecha la ahora Plaza Independencia ha sufrido  siete transformaciones.  Pasó de ser un descampado frente a  la Capilla Nueva a  un espacio arbolado de paraísos cuando el General Máximo Pérez ordenó  levantar la columna de la República. Según apunta el Prof. Washington Lockhart (Álbum Revista del Bicentanario de Mercedes, 1988) en esa época la iluminación era mediante faroles a queroseno, hasta que en 1898 los paraísos fueron sustituidos por plátanos (algunos se conservan todavía en el sector central).  Luego apareció la luz eléctrica  y los bancos de hierro. En 1920 a la Plaza Independencia se le instrumentaron otras reformas: los bancos de hierro fueron sustituidos por los de madera y volvieron a plantarse paraísos. Dos décadas después, en 1946 la columna de la Libertad fue trasladada hasta su actual ubicación en la Plaza Rivera, y en el centro se colocó  la estatua del Gaucho de Asencio. Por esos años los paraísos ya habían desaparecido, siendo sustituidos por palmeras. Hasta esa modificación el trazado de la Plaza lo constituía cuatro  triángulos que convergían en la base del monumento al Gaucho.  Sobre el final del período de facto el gobierno militar remodeló nuestra principal plaza, desapareciendo  el trazado que se había mantenido por más de 100 años.
Recreación: a 200 años de la Proclama de
Mercedes un grupo de actores recreó
el hecho histórico en la inauguración de
una nueva remodelación.
Hasta ahí el dato histórico frío. Esta séptima modificación que sufrió la Plaza Independencia  significa, más allá de las valoraciones arquitectónicas y funcionales, una nueva transformación del espacio público que ha acompañado la historia misma de la ciudad. Allí, o en su entorno el Gral. José Gervasio Artigas leyó la Proclama de Mercedes en 1811. También se produjeron las manifestaciones populares, políticas, sociales en los 222 años de nuestra ciudad, y si un viajero llegara por primera vez a ella no encontraría ningún elemento que le diera referencia de su historia. Como tampoco encontraría indicios en las otras plazas mercedarias, y seguramente le parecería que la ciudad fue construida ayer.
Cómo revalorizar la historia, cómo fomentar el turismo histórico cultural, el gusto por  nuestras tradiciones, o por lo que fuera de nuestro pasado, si al transitar la ciudad  no encontramos esos vestigios. Y si los encontramos están tan desvalorizados que pasan desapercibidos al común de los transeúntes. 
No renegamos de la modernización, de la adecuación a las nuevas necesidades  que enfrenta  toda sociedad, pero no podemos sustituir  todo lo antiguo por el simple hecho que pasó el tiempo y son otros los gustos y las tendencias. El centro mercedario fue transformado totalmente al construirse la semipeatonal. Las plazas ya habían sido modificadas en su totalidad. Los viejos edificios de la rambla paulatinamente han sido sustituidos por nuevas construcciones, sin un elemento regulador, desde la legislación o el sentido común que equilibre modernidad con el patrimonio arquitectónico. Es hora de mirarnos en las grandes ciudades del viejo continente que ya pasaron por esta experiencia y han sabido  equilibrar estos dos aspectos, transformar la ciudad para hacerla funcional a los tiempos que corren y a la vez  mantener los rasgos característicos que le dieron origen, la distinguen y la diferencia del resto.



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