viernes, 30 de septiembre de 2011

Hablando de bueyes perdidos

Cuando para ser mendigo no es necesario pedir una moneda

                                                                                                     

Ángel Juárez Masares


La idea  fue del editor. Me llamó a su oficina y mirándome por arriba de los lentes como solía hacerlo, me dijo:
-Elija fotógrafo, pida un auto y vaya a hablar con algunos mendigos.
-Ahá… y después de eso me voy para arriba, hasta el New York Times no paro –le dije para provocarlo un poco.
-Déjese de embromar que no estoy en mi mejor día. Quiero las dos centrales para mañana con buenas fotos.
Dicho esto volvió a sus papeles y me ignoró. Pero al retirarme  y con el picaporte en la mano le dije (naturalmente sin esperar respuesta):
-¡Ah!... y cuando esté con su mejor día me avisa.
Algo parecido a gruñidos me llegó a través de la puerta,  y hasta creí escuchar que yo era un rompe no se qué, pero como era fácil de suponer a qué se refería, me fui con una sonrisa a cumplir con el pedido.
A través del tiempo que llevaba en el Diario habíamos establecido con ese hombre una curiosa relación.  Ambos sabíamos muy bien hasta dónde podíamos llegar con el otro, y nos complacía pisar apenas la línea que separaba la provocación de la falta de respeto. Creo que en un lugar donde imperaba la rutina, y además permeado por una buena dosis de mediocridad, ese juego de “tira y afloje” de algún modo nos divertía.
Me fui con Gerardo. El flaco trabajaba como lo hacen todos a quienes les gusta su profesión, más allá del salario que reciben a fin de mes, o dicho de otra manera, a puro amor propio.
Recuerdo que no era de “tirar” muchas fotos. Su dominio de la técnica lo complementaba con una atinada capacidad de observación, y a la hora de seleccionar las que se publicarían uno no sabía con cual quedarse porque eran todas buenas.
Anduvimos en los portales de algunas iglesias, en la plaza “del entrevero”, un poco por “18”, y después tomamos Fernández Crespo rumbo al Palacio.
Por allí fue que encontré al hombre. Estaba sentado en la puerta de una casa abandonada, y apoyaba su única pierna en un par de muletas mugrosas. Me senté a su lado y no fue difícil entablar conversación. Suele ocurrir que en esas circunstancias las personas se tornan introvertidas y hurañas, pero eso no ocurrió en este caso, quizá porque Gerardo  mantuvo la cámara a prudente distancia.
Hablamos. Me contó su historia a grandes rasgos, la que no difería de otras historias conocidas. El hombre había tenido una casa, una familia, y un oficio, pero los avatares de la vida –y según dijo- sus propias acciones de las que se hacía responsable, lo habían hecho perder todo. Sin embargo relató con una sonrisa su arribo a la mendicidad:
-Un día iba por esta misma calle –dijo- ya había perdido la pierna y estaba cansado. Entonces me senté en un portal de otra casa que hace tiempo demolieron, y una señora que pasó me dio una moneda y siguió su camino. Al rato un hombre con ropa de obrero y zapatos amarillos me dio un billete… y así…  yo empecé a dar las gracias, y al rato me di cuenta que tenía la mano abierta apoyada en la rodilla. Después conseguí una lata, y entonces me convertí en mendigo.
El hombre me contó muchas cosas aquel día. De su trabajo como tornero, de su mujer muerta de cáncer, y de sus dos hijos desaparecidos en Argentina. De su enfermedad que le llevó a perder la pierna, y de la escasa expectativa de vida que tenía.
Recordé entonces al hombre de traje azul que había visto salir presuroso de una iglesia esa misma mañana. Llevaba un maletín de ejecutivo y hablaba por teléfono cuando pasó indiferente frente a las manos tendidas en el atrio.
No pude evitar pensar en las variadas formas que adquiere la mendicidad, pero ya no cuando el hambre es del estómago y se mitiga con un pan duro, sino de la otra, del  hambre del alma que no se calma con nada y que suele empujar a los hombres a los templos en busca de alimento. He visto demasiados de esos mendigos, y puedo asegurar que son  más dignos de lástima que quienes habitan en las calles.
Supe conocer por entonces otras formas de la mendicidad; como aquellos seres que viven pendientes de la aprobación de los demás, y que si bien no exhiben su mano abierta, estiran su ego implorando la moneda del halago.
De regreso en la redacción, las dos páginas resultaron escasas para meter en ellas todas las variantes que acudieron a mi mente en estos asuntos de sentirse desvalido. Recuerdo que no tuve valor para buscar en mi interior el lado pordiosero, pero si que me propuse no mostrarle lo escrito al editor. Si quiere verlo, que lo mendigue.
Sin embargo la hora “de cierre” se acercaba, y el tipo… nada. Serían las once de la noche cuando el hombre llegó a mi escritorio. Yo traté de hacerme el distraído pero metió su dedo ante mi nariz y dijo:
-Supongo que eso está pronto.
-Supone bien.
-¿Tituló?
-Titulé.
-Bueno, mándelo… ¿que espera?
-¿No piensa leerlo?
-Por supuesto que no.
El hombre se fue de mesa en mesa puteando al mejor estilo del editor del diario “El Planeta”, y yo me sentí  Clark Kent viendo como Jaime Olsen le birlaba a Luisa Lane.
En el suelo sucio de papeles y puchos clandestinos, a escasos diez centímetros de mi zapato brillaba una moneda. Ambos la vimos, pero ninguno se atrevió a levantarla. No fuera a ser que en una de sus caras estuviera escrita la palabra “halago”. 
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