viernes, 21 de octubre de 2011

Tres notas sobre el Quijote

Cifras, infieles y Dulcineas



Ilan Stavans

1. NÚMEROS. El número de letras en el Quijote es de 2.059.005 y el de palabras 381.104. El prólogo tiene 21.335 caracteres sin contar espacios y 4.702 palabras. Las dos partes principales del libro, la primera publicada en 1605, la segunda en 1615, tienen un total de 1.687.570 caracteres sin espacios en blanco (de contarlos, tendrían 2.034.611 y 377.032 palabras. Absurdo sería sugerir que la novela se reduce a sus números. Pero sus números denotan sus posibilidades.
En el Quijote hay 4.046 puntos y aparte, 4.161 puntos y seguido, 40.167 comas, 4.800 puntos y coma, 2.046 dos puntos, 960 interrogaciones y 690 exclamaciones. Cervantes pues prefiere preguntar a prorrumpir, no así su personaje. Ocurre, sin embargo, que el signo de exclamación no tenía en el Renacimiento el magnetismo que ahora posee, de ahí que el caballero no abuse de la exclamación, como es costumbre actual en Twitter!!!!!!
Las palabras más frecuentes en el Quijote son: que 20.617 veces, es decir, 5,41% del texto entero; de 18.210; y 18.181; y la 10.362.
Quijote aparece 2.174 veces, Sancho 2.147, caballero 661, dios 531, señora 516, verdad 431, mundo 394, lugar 345, casa 334, tiempo 327, amo 297, Dulcinea 282, hombre 259, cielo 251, historia 249, amigo también 249, contra 127, hoy 76, libre 59, viaje 41, conciencia 39, y tristeza 16. Barataria aparece 12 veces, lo mismo que Alá. Entre las palabras menos utilizadas están aljamiado, Cachidiablo, raheces, sinabafas, trabazón, Urbina, voquibles, Xenofonte y zuzaban.
Y ahora, la cifra: el número de palabras distintas en el Quijote es 22.939. En otras palabras, el vocabulario que empleaba Cervantes era de casi 23.000 voces. No se sabe cuántas palabras distintas usó Borges en su obra, o cuántas tiene Cien años de soledad. Pero sí que Shakespeare empleó 29.066 y que el total de palabras en sus obras fue de 884.647.
La segunda edición, en veinte volúmenes del Oxford English Dictionary, lista 171.476 entradas del inglés en su uso actual y 47.156 de palabras obsoletas. Sin embargo, en el prefacio dice que hoy el idioma de Shakespeare tiene 900.000 palabras aproximadamente. Más de la mitad de todas las entradas de uso actual están dedicadas a sustantivos, un cuarto a adjetivos y un séptimo a verbos.
Por su parte, el Diccionario de la Real Academia, que no es histórico, tiene 100.000 palabras actuales.
2. INFIEL y usurpador. Tarde o temprano, todo traductor es acusado injustamente de traición. Hace poco me topé con uno cuya conducta fue, en efecto, alevosa.
Siempre he creído que la mejor traducción del Quijote al francés, la más leal, es la de Louis Viardot. Apareció en 1836, cuando Flaubert tenía 15 años. Fue su lectura lo que lo llevó a la literatura: Emma Bovary, se dice, es "un Quijote con falda".
Pero la traducción anterior, de Francois Filleau de Saint-Martin, publicada en cuatro volúmenes en 1677 bajo el título de Histoire de l`admirable Don Quichotte de la Manche, es sorprendente. No por su destreza verbal sino por su deslealtad. El traductor optó por no traducir el último capítulo de la Segunda Parte de Cervantes, en el cual Don Quijote muere. En otras palabras, Filleau de Saint-Martin dio a la imprenta una versión francesa incompleta porque -mirabile dictu- él mismo soñaba con escribir una Tercera y hasta una Cuarta Parte de las aventuras del Caballero de la Triste Figura.
Lo hizo. En la Tercera Parte que escribió Filleau de Saint-Martin el Quijote recobra la razón y arma como caballero a su escudero y ambos emprenden nuevas aventuras, una de las cuales está relatada por una dama francesa y tiene como protagonistas a otras dos francesas, Silvia y Sainville.
Al morir, el traductor dejó inconclusa su obra, que terminó Robert Challe, una figura literaria destacada de fines del siglo XVII y principios del XVIII. Por fortuna al final de ella el Quijote muere luego de beber agua de un manantial que supone ser la Fuente del Olvido.
Ésta no es la única vez que un impostor escribe una secuela del Quijote. También lo hizo Alonso Fernández de Avellaneda, entre otros, por no hablar de Pierre Menard. Igual cabe señalar que la de Filleau de Saint-Martin es la única vez en que un traductor renuncia en medio de su tarea a su labor de fashionista -¿qué es una traducción sino un nuevo vestuario?- para usurpar el espacio del autor.
3. LA DAMA INEXISTENTE. Afirmar que no hay personaje literario como Dulcinea del Toboso es recurrir a lo obvio. No lo hay porque el objeto de adoración de Don Quijote no existe.
En la Parte I, capítulo XIII, se anuncia que no hay caballero andante sin dama "porque tan propio y tan natural les es a los tales ser enamorados como al cielo tener estrellas", y que un caballero sin amores es ilegítimo, "bastardo, y que entró en la fortaleza de la caballería dicha, no por la puerta, sino por las bardas, como salteador y ladrón".
Más adelante, el legítimo caballero afirma "no poder afirmar" si "la dulce mi enemiga" sabe que él le sirve. Lo que sí sabe es que "su nombre es Dulcinea, su patria el Toboso, un lugar de la Mancha; su calidad por lo menos ha de ser princesa, pues es reina y señora mía; su hermosura sobrehumana", que "sus cabellos son oro, su frente campos elíseos, sus cejas arcos del cielo, sus ojos soles, sus mejillas rosas, sus labios corales, perlas sus dientes, alabastro su cuello, mármol su pecho, marfil sus manos, su blancura nieve".
La descripción es inigualable; ni siquiera el sonetista Shakespeare, en su amor isabelino a The Dark Lady, se acerca a ella. Como para el isabelino, la inspiración amorosa de Don Quijote es una ilusión, hecho coherente en una novela que trata sobre el desvarío. Su tema central es el amor demorado, un amor enfermo, desequilibrado, el amor de un cincuentón (Hubert H. Hubert avant la lettre) por una adolescente, una Lolita inexistente. Inexistente al cien por cien porque en todo el Quijote no aparece Dulcinea -alias Aldonza Lorenzo- siquiera una vez. Es decir, está sin estar; es una fantasma.
¿De dónde surge esa ilusión? De la vida recluida de un hidalgo aletargado, de haberse enfrascado en la lectura, pues Alonso Quijano (la consonancia asonante es un espejismo) "se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio", y así, "del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro", de manera que "vino a perder el juicio".
La ausencia de Dulcinea, pues, es una anunciación: en un escenario vacío, dos idiotas la esperan. Y ella ¿qué hace? Simple y llanamente, se deja esperar. Como Dios… Pero por lo menos Dios, el Dios bíblico, manda -o parece mandar- señales: una voz que sale de un arbusto en llamas, una decena de plagas, las tablas de la ley. De Dulcinea no tenemos nada, ni un suspiro.


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