viernes, 28 de octubre de 2011

Una recorrida por
la Cárcel de Mercedes


* Todo semeja estar más roto, desgastado, raído, oxidado; porque cada vez son más jóvenes los personajes que deambulan por los corredores o  espían detrás de una reja.


Aldo Roque Difilippo


Ingresar a la Cárcel departamental es siempre una experiencia removedora, y siempre parece que lo hacemos por primera vez. Más allá del ambiente opresivo, las paredes descascaradas, cierto olor a cebolla recocida, parece como si todo se fuera degradando constantemente. No es la primera vez que entramos, pero lo parece porque todo semeja estar más roto, desgastado, raído, oxidado; porque cada vez son más jóvenes los personajes que deambulan por los corredores o  espían detrás de una reja o una vieja frazada  que  oficia de cortina.

La jornada “La Comunidad, la Cárcel y las Personas” organizada por Naciones Unidas y el Ministerio del Interior produjo una situación singular al habilitar una suerte de “pase libre” para los asistentes que desearan ver personalmente lo que se había debatido. Autoridades policiales, de instituciones sociales, del Patronato de Encausados y periodistas entramos a la Cárcel Departamental a dialogar con los reclusos y a ver las instalaciones. Esta vez no hubo cacheo en la puerta, no hubo restricciones para grabadores o cámaras fotográficas. Apenas solamente un mínimo de seguridad, invitando a dejar los bolsos en la mesa de entrada.
Y allá fuimos, cámara fotográfica encendida al cuello, y grabador en el bolsillo, pronto para utilizarlo.

Chico e indolente
El panorama en el interior no es muy diferente al que conocíamos, salvo que parece como si lentamente se desmoronara: un par de celdas de aislamiento donde sobresalen manos y un rostro que rápidamente se esconde. Un patio angosto y largo que suele recibir a los familiares en los días de visita; y allá arriba la caseta donde un policía vigila los movimientos. Una estructura de techo de chapa y a la que le faltan varios vidrios de lo que fue uno de sus laterales. Hueco burdamente taponeado por una “media sombra” que flamea, y que imagino indolente para el pobre “miliquito” que deba soportar una madrugada fría haciendo guardia.
En la primera sección que entramos está “la Escuela”, una pieza enrejada con no más de 10 bancas donde suelen concurrir profesores y maestros a dictar clases a los reclusos. Al lado “la oficina del Director”, tan descascarada y vieja como el resto del recinto. Pegado el taller de carpintería donde Julio y dos compañeros más que no me dan su nombre hacen algunos trabajos que les permite obtener algún dinero, y sobre todo la esperanza de estar más cerca de la libertad, ya que ahí adentro el trabajo no solo dignifica sino que acorta la sentencia. Contigua está la pieza donde se producen las visitas conyugales, y un poco más allá otro recinto donde dejan sus pertenencias los policías que custodian el establecimiento. Estas cuatro reparticiones con dimensiones casi idénticas, casi tan chicas y agobiantes como los calabozos en donde hay 8 y hasta 15 reclusos durmiendo sobre “polifones” empozados y con restos de humedad.







El miedo

“Acá la cosa está tranquila” nos dice un recluso. Aunque después nos enteramos que proviene del Comcar y que aquella realidad con ésta es notoriamente diferente. Otro se queja “acá pasamos hambre. Es poca la comida”. Otro pide que antes de irnos le dejemos $ 20 “al guardia, que él después me los da”. El guardia es mas joven que los jovencísimos presos, aunque todos aparentan mucho más con sus tatuajes, algunos de torsos desnudos, o bajo un gorro de visera que les oculta la mirada. Se respira miedo dentro de los pabellones. Algunos no salen de sus celdas y ni responden al saludo. A otros se les ve el miedo en la sonrisa, en gestos ampulosos, y hasta las actitudes desafiantes de algunos son muestras del miedo que nosotros también intentamos disimular. Uno nos invita a pasar para fotografiar “la cocina” de su celda. Una baja y mugrosa plataforma de hormigón, donde antes contuvo un colchón, sobre la cual se amontonan botellas plásticas, una olla sin asas, un par de termos y otros recipientes indefinidos y sucios.
Contra la puerta han pegado un recorte de diario donde se lee “El mandadero está tras las rejas. Ahora investigan contactos y destinatarios de la droga”. Suponemos que “el mandadero”  sea uno de los que habla con nosotros, pero no preguntamos porque poco importa en este ambiente.

Nos vamos, y desde otra celda otro recluso, tan joven como todos disimula su miedo gritándonos: “Sacame una foto con la patrona”, abrazando a un travesti desdentado, de pantalones ajustados y cabello largo y trenzado, burdamente teñido de rubio.
Disimulamos nuestro miedo con una sonrisa y una excusa; y nos vamos. El que cierra la reja del portón y coloca el candado está uniformado pero es tan o más joven que el que nos gritó, o el que nos mostró su cocina, o aquel otro que orgulloso muestra su barco hecho con rollitos de papel. Ya ha hecho y vendido varios barcos, a fuerza de pura imaginación e ingenio. No se lo pregunto pero lo intuyo que a todos los ha bautizado con el mismo nombre: Libertad.



 
Falta espacio
Julio junto a dos compañeros más trabajan en “la carpintería”, una pieza de no más de 3 metros cuadrados, con un par de precarios bancos de carpintero y una “combinada” de cuya sierra circular y garlopa salen las maderas con las que construyen mesas, sillas, y diversos elementos decorativos. Hace dos años que montaron el taller, cuando Julio “cayó por segunda vez”. Todo lo que producen lo venden “y a veces nos atrasamos o no producimos en cantidad por falta de espacio”, se queja. “Podríamos producir en cantidad pero necesitamos espacio. Por ejemplo hay encargadas 40 mesas plegables para “Los Colores” (un Club de Fútbol local). Está la plata, está todo, pero es imposible hacerlas acá. Hacés máximo 5 por semana, y qué ganamos. Porque somos 3 personas y nosotros nos mantenemos, compramos todo, incluso en la celda lo que tenemos lo hemos comprado con el trabajo. Lo único que pedimos es un espacio, porque acá no vamos a rehabilitar a nadie encerrado. Está bien, estamos pagando una condena pero si nos dan posibilidades de salir con un emprendimiento, con algo”…  y se queda pensando.
Un preso nos muestra fotos de los
trabajos realizados en la carpintería.
“Desde que estoy pagando esta condena estamos con el taller. Arrancamos sin nada, con ese motorcito nada más”, señalando el motor de no más de 2 Caballos de Fuerza de “la combinada”.  Y  “con los rollitos de papel que hacía él”, señalando a su compañero. “Hacía casitas, y barcos de papel. Después hicimos jarrones en enduido, portarretratos, maceteros para colgar, espejos, cuadros tallados o en enduido, en madera rústica. Lo fundamental es el espacio porque juegos de este” dice mostrándonos la fotografía de un juego de butacas de madera y esterilla “hemos vendido varios, pero para poder ganar algo, tres personas o cuatro, precisamos otro lugar para trabajar y no molestarnos”.

LIBERTAD, un barco hecho con rollitos de papel, y que sirve para escapar del encierro.


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