viernes, 16 de diciembre de 2011

Hablando de Bueyes Perdidos


Los hombres que tenían prohibido el odio


                                                                                                 Ángel Juárez Masares



 
Interrumpió el relato para –mate en mano- arrimarle algunas brasas al pescado que se asaba lentamente sobre la parrilla, y exprimirle encima otro par de limones.
Era domingo, y el sol otoñal y mañanero entibiaba aquel rincón de la casa aprovechando la desnudez del parral.
En su mecedora, una anciana leía el diario y cada tanto “aportaba soluciones” para el eterno conflicto entre palestinos e israelíes. Con más de 90 años de vida, la madre de mi Amigo había logrado mantener su mente activa, y aún era posible discutir con ella de política internacional.
Nadie sabrá nunca como sobrellevó durante doce años el obligado ostracismo de sus hijos porque jamás nadie le escuchó una queja ni la vio llorar por ello; como tampoco nadie sabrá nunca de sus noches de doloroso insomnio por la atroz incertidumbre de esa ausencia.
Recuerdo que solía sentarme frente a ella procurando penetrar como un ladrón por esos ojos. Tenía curiosidad por saber cómo hacía para soportar esa tortura mientras tomaba mate dulce con cáscara de naranja y menta; pero ella me hablaba de los helechos, y de cómo colocarle tutores de caña a las plantas de tomate.
Sin embargo una tarde supe de alguien que sabía todo, y me sentí avergonzado. Alguien que había ingresado al alma de la anciana mujer sin proponérselo. Sólo estando.
Ese alguien que había esperado las noches enteras en la oscuridad del galpón velando la gran puerta de chapa cerrada con candado; que vivió apenas lo suficiente para echarse a los pies al regreso de su humano Amigo, porque al poco tiempo murió sobre la suavidad y bajo el aroma de la viruta de pino.
Desde entonces no intenté conocer de aquella anciana más de lo que ella me mostrara. Entendí que tenía derecho a decidir manejar su dolor como quisiera, y seguimos tomando mate dulce con cáscara de naranja y menta, y hablando de helechos y plantas de tomate.
Dije antes que el hombre había interrumpido su relato para arrimarle unas brasas al pescado, y que era un domingo de otoño.
En realidad –como habrán podido darse cuenta- me fui de la idea original al acordarme de la anciana, y debo admitir que por un momento pensé “negrear” lo anterior y darle “suprimir” atento a la coherencia literaria del asunto. Pero no… ¿por qué hacerlo si en definitiva estoy hablando de bueyes perdidos? ¿Por qué no ir de un recuerdo a otro descuidando la gramática? ¿Qué leyes literarias rigen esos bueyes que aparecen –como ahora- en la madrugada, y que “rumian” la memoria de los hombres?
-Habían seleccionado siete de nosotros para ayudar en la reparación de las cornisas- dijo mi Amigo- a mi me había tocado con un soldado de Rivera, y esa tarde estábamos sobre el techo del Penal. En aquella esquina “la rajadura” bajaba como metro y medio por la pared, y colocamos un tablón atado con sogas apretadas con dos pedazos de rieles. Entonces yo había pasado de ser “pichi” a “peón”, por lo menos por un rato-
El hombre hizo una de sus acostumbradas pausas, tomó un trago de “amarga” estirada con hielo, y acomodó otro leño en la fogata.
-El soldado se ubicó sobre la tabla y le fui alcanzando el balde con la mezcla. No faltaría mucho cuando escuché el ruido del metal sobre el hormigón. Yo estaba agachado llenando otro balde y cuando me di vuelta, el cacho de fierro volaba por encima de la cornisa como si fuera una paloma. Corrí y “aguanté” el otro tramo de riel contra el muro hasta que dejó de moverse. Sólo entonces pude asomarme. El tablón colgaba vertical, y el soldado tenía una mano agarrotada prendida de la única soga que aguantaba a los dos; tabla y hombre. Fierro y balde habían desaparecido siete pisos más abajo-
-Acordate de no ponerle mucha sal- dijo la anciana estirando la mano para servirse un trago de caña- sabés que después me sube la presión-
-Tranquila mama –contestó mi Amigo- le puse sólo un poco…casi nada vea…-
La hojilla de papel se ahuecó entre los dedos carpinteros (¿o albañiles?) y pronto se transformó en un cilindro perfecto, aunque extremadamente fino.
Cuando el humo azul se confundió con el gris del fuego que cocinaba el pescado, mi Amigo retomó la historia:
-El resto de la gente que estaba sobre el techo trabajaba en el extremo opuesto, y nadie se había dado cuenta del problema. Tampoco había mucho tiempo para pensar, así que me colgué hacia afuera tratando de llegar a la mano del soldado. Estaba raro el hombre. Ya no era morocho, estaba gris. No hablaba, y tampoco se movió cuando le pedí que usara la otra mano para tomarse de la cuerda. Recuerdo que sostenía estúpidamente la cuchara de albañil mientras balanceaba los pies en el vacío.
Al final pude subirlo y nos sentamos sobre el techo agotados; él por el susto, yo por el esfuerzo.
Sabés- dijo mi Amigo haciendo otra de sus pausas- ese día le propuse un pacto de silencio.
Le dije: si yo cuento que te ayudé a subir no solamente te van a hacer la vida imposible, sino que no vas a llegar ni a Cabo. Está claro que no te hace ningún favor que se sepa que te salvó un “pichi”-
Como a los tres meses –continuó el hombre- el soldado de Rivera se arrimó en un recreo y me dijo: “me voy…me trasladan a Paso de Los Toros. Sabés…antes de irme quiero saber por qué me salvaste la vida”.
Mi Amigo sonríe y se toma un trago, mira a la anciana que lee, y al perro que poco después moriría perfumado de viruta.
-Porque vos no tenés la culpa de ser lo que sos. Porque aunque no te des cuenta, todavía estás colgando de la cuerda aquella, porque sos un engranaje muy chiquito de una maquinaria gigantesca; y sobre todo porque nosotros “los pichis”, no nos podemos permitir el odio.
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