viernes, 16 de diciembre de 2011

Juan José Morosoli, el hombre y su medio

Aldo Roque Difilippo


El 29 de diciembre se cumplirán 54 años de la muerte de Juan José Morosoli, el primer espectador del hombre de a pie. Uno de los escritores nacionales más representativos de la literatura nacional, y a su vez, un autor poco recordado, por no decir olvidado.


Juan José Morosoli había nacido en Minas el 19 de enero de 1899, y en esa ciudad muere a los 57 años, tras consolidar una obra que plasmó, la sencillez del hombre de nuestro campo. Ocho libros constituyen su obra. Se había iniciado con "Balbuceos" (1925), y "Los juegos" (1928)-poemas-, por lo que cuando en 1932 aparece "Hombres", Morosoli ya era conocido como poeta, periodista y autor teatral.


Sintetizó al hombre y su medio
 "...Se necesita andar con el hombre que uno pinta. Andar con él y por el paisaje y por dentro de su drama o su alegría y este andar por dentro sólo se logra con fraternidad total", expresó Juan José Morosoli, explicando sus premisas literarias.

 "La primera imagen que surge en la memoria, cuando se recuerda la narrativa de Morosoli, es la de un mundo de seres que, inicialmente, podrían ser definidos con el nombre de un oficio: en las páginas del minuano pululan monteadores, garceros, chacareros, albañiles, soldador, lavanderas, artistas de circo, rezadoras, seres elementales, que viven embebidos en la naturaleza y sometidos dócilmente a las leyes misteriosas que la rigen. -Expresa Arturo S.Visca en "Nueva Antología del cuento uruguayo" (Edic.de la Banda Oriental, 1976)- Pero en todos ellos hay una chispa de vida espiritual, de honda y auténtica vida interior que los redime y los coloca por sobre ese sometimiento. La naturaleza puede estrujarlos a veces casi bárbaramente; ellos mismos dejan, en ocasiones, que la vida los gasta como el roce gasta una moneda, pero en todos hay como un oído interior que escucha recónditas voces que vienen de lo hondo de si mismos y es a modo de una dulce luz acariciante. La naturaleza es un y no el factor determinante en la conformación de los personajes morosolianos".
Morosoli situado "entre los más notables narradores sudamericanos de nuestros días", a decir de Paco Espínona (Prólogo de "Hombres", 1942), sintetizó al hombre y su medio. Personajes huraños, silenciosos. Hombres y mujeres convertidos en paradigmas de una cultura humilde, con sus propias virtudes y defectos, con  su particularísimo modo de sobrellevar las adversidades.
El autor asume su rol con las características del cronista "deseamos escribir para asir un tiempo que se nos fue en los amigos que murieron, las costumbres que cambiaron, y que puede morir totalmente para nosotos mismos si no cumplimos con el deseo de escribirlo", expresó Morosoli en el prólogo de su novela "Muchachos" (1950). Expresión reafirmada por Santiago Dossetti (1902-1981), "Mosoroli no fue, como suele afirmarse con ligerza, un obrero del campo, baquiano tallado en oficios duros, abras, tormentas y esterales. Ni las heladas ni las resolanas quemaron su nuca en la melga, el tropeo o la monteada. Fue testigo - testigo sanguíneo y veraz- pero no protagonista. (...) Supo ver. Puso el oído contra la tierra y la sintió vivir caliente, documental".
Juan José Morosoli, en un  estilo profundo y tierno a la vez, plasmó  los devenires y sentimientos de esa tierra. Personajes, peripecias y actidudes, de este suelo, y como dice Domingo Luis Bordoli "uno puede releer a Morosoli, de una manera impensable y gozosa, al dar vuelta la esquina verde de un arrabal, al escuchar un pregón, al mirar un trozo de camino o el paso de las nubes".
Actitudes e inquietudes que estuvieron presentes desde el cominenzo mismo de la creación del autor. Como le confesara en una carta a Julio C. da Rosa: "se necesita andar con el hombre que uno pinta. Andar con él por el paisaje y por dentro de su drama o su alegría y este andar por dentro sólo se logra con fraternidad total".
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El poeta

A Juan J. Morosoli se lo recuerda  como narrador, pero también fue poeta de las cosas cotidianas y sencillas de su época.


El Pajarero

De las sierras él, de la sierra los pájaros,
la jaula de varillas y la lejanía
del canto que se alarga en la calle:
"Vendo pájaros.., pájaros...
Cardenales azules, cardenales rojos...
Calandrias de los talas,
jilgueros de las cinas cinas.
Yo mismo los cazo
¡Tengo toda la piel historiada de espinas!

Por la calle,
traza, voz y pájaros serranos,
el pajarero viene
con un loco paisaje modernista en la mano.
¡Es una fiesta de plumas de colores!
Rojos y azules fuertes de los cardenales;
mirlos de azabache;
seda, noche y sol de los jilgueros...
¡El pajarero viene con el campo en la mano!

¿No cantan? No cantan
porque vienen del campo... Recién los he cazado.
Aún extrañan los árboles y el cielo.
Tienen las alas largas de volar,
los ojos magníficos de infinito y de campo...
Calandrias, cardenales, jilgueros y dorados
ya cantarán, no tema..
Tengo muchos -¡muchos!- en mi vida cazados.
Algunos se me han muerto, pero otros han cantado!




Las carretas

¡Si yo pudiera recordarlas todas!
¡Vi tantas en mi vida!...
Cuando era pequeño
frente a mi casa "desuñían".
Ramazones de sauces o sarandíes
les tapaban las bocas.
Venían de las huertas, cargadas de sandias.

¡Qué bien evoco ahora la avidez de nosotros!
Hundíamos la boca en las medias lunas
negras y rojas
de las tajadas de carne y azúcar.
Era en el paradero del mercado.
Bajo los aromos o paraísos,
la pereza eterna de los bueyes,
el péndulo de la cola combatiendo
a jejenes y tábanos. En la "playa"
los pértigos formaban una cruz.
Al centro, los hombres en cuclillas.
¡Y el ajuste y la cala del frutal tesoro!
Las sandías abiertas mostrando el corazón,
carcajada roja qué reía al sol.

Otras, madrugadoras, de las sierras,
con los troncos magníficos hacinados al centro,
frescos aún de savia, olorosos de campo...

¡Qué dulzura agraz en sus nombres indígenas!

Cuando me hice amigo de los caminos largos
las comprendí mejor: ellas eran el hogar andariego.
Abrazadas las bocas por las garras de un cuero,
ofrecían un lecho de romerillo o carqueja
al cansancio de los carreros.
Abajo, balanceándose en la marcha,
lo que precisa un hombre para vivir contento:
el barril para el agua, la olla de tres patas,
la caldera de hierro...
Y en una ¡ata, con la boca hacia abajo,
la patente: el gobierno...
Los costados llevaban heráldica campera:
el nombre del pago, el de la novia y el color de la cinta,
que en los tiempos heroicos adornaba el sombrero.

Las carretas son toda la historia terruñera.
Son todas iguales y todas diferentes.
Única es su pereza,
y distinta la música de sus ejes.
Son como el pago mismo
cordiales, afectuosas, fraternales.
Una vez yo vi una que decía:
"Paisano, buenos días.
Si gusta vamos juntos,
como buenos amigos ...

Las carretas caminan rumbos hacia el pasado.
¡Son las abuelas de los pagos!

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