viernes, 6 de enero de 2012

EDITORIAL


En una esquina
del mundo



Ángel Juárez Masares




Desde aquel primer número de papel con sus originales pegados con cascola que llevábamos a la imprenta del “Nano” - como un Frankestein redivivo- a este cuasi-etéreo HUM BRAL que no se puede tocar, que no tiene el olor a tinta, que no tiene “hojas”, y que muchas veces nos preguntamos si en verdad existe, han pasado 22 años.
Sabemos que  muchas veces nos hemos apartado del objetivo primario de esta publicación -influenciados por años ejerciendo el periodismo; activo en el caso de Aldo, retirado en el propio-  nacida con las pretensiones de ser un vehículo que reflejara a grandes rasgos ese asunto tan complejo que llamamos cultura.
La respuesta de la gente no permite dudar del valor de lo que hacemos. Lo contrario sería faltar el respeto a las 55 mil personas que nos leyeron en 16 meses desde lugares tan insólitos como Ucrania, o El Congo.
Justo es decir que la inclusión en Internet nos llevó a dar un giro importante en cuanto a la elección y producción del material a publicar, pues debimos apartarnos un poco de los temas demasiados regionales al cobrar un carácter universalista, sin que ello significara perder la brújula; es decir, promover lo local a partir de su valor. El espacio “físico-virtual” pasó entonces a cobrar un peso enorme, y a generar una puja por la defensa de la extensión a dedicarle a tal o cual tema.
Otro asunto que consideramos no menor, es que pese a la discrepancia – natural y lógica- de algunos de nuestros lectores con el tratamiento de determinado artículo u opinión, jamás recibimos un comentario airado o fuera de lugar.
Sabemos que somos apenas un par de menesterosos lectores y que, lejos estamos, de considerarnos escritores si lanzamos una mirada a los grandes de la literatura universal.
Sin embargo eso no nos impide defender lo que hacemos porque lo nuestro tiene dos componentes básicos fundamentales: la honestidad, y la convicción que si no damos más es por falta de talento, y no por escatimar el esfuerzo.
Esa misma falta de capacidad que confesamos nos impide analizar con certeza la amplitud del término “cultura”, asunto complejo si los hay y sobre el cual se ha escrito mucho. Pero una mirada al entorno cuasi doméstico del cual hablábamos, a veces nos aterra, pues la falta de autocrítica impera en demasiados ámbitos como para permanecer indiferentes.
La denominación de Soriano como “Departamento fértil”  impuesta por el Gobierno de turno, se torna cada día más real si la relacionamos con las bondades de las tierras litoraleñas, pero también más mentirosa si pretendemos aplicarla como elemento aglutinador de las actividades de la gente. Esto no quiere decir que ignoremos los valores que encierra esta región; las semillas que aún –a los 93 años- siembra Wilson Armas, que sembró Washington Lockhart, Carlos F. Saez, Pedro Blanes Viale, Fernando Cabezudo, o Jaime Parés, solo por nombrar algunos de tantos referentes locales. Los trabajos de investigación histórica de nuestro colaborador Roberto Sari Torres, muchas veces utilizados sin mencionarle siquiera, o los primeros teatristas que se atrevieron a decir cosas ya a principios del siglo pasado.
Lo que hace dudar del destino de nuestra inquietud cultural, es la aceptación de gran parte de la población hacia –por ejemplo- programas radiales de pésima calidad y peor gusto, donde algunos autoproclamados “comunicadores” incurren en las atrocidades más inimaginables.
Con un escasísimo vocabulario, desde esos espacios se puede escuchar como “lo saben todo”, llegando a sugerir a una persona enferma que tome determinado medicamento porque no tiene “contradiciones” (sic) en lugar de aconsejarle que acuda a un Médico, o referirse al estado de una ruta diciendo que “no es una panacea…pero ta buena”.
El cúmulo de barbaridades daría para mucho más, pero –como lo señalábamos antes- nuestro espacio es demasiado valioso para dedicarle más de siete líneas a ese asunto.
Si es verdad que la suma de las perspectivas y decisiones individuales condiciona el futuro de cada generación, motivo tendremos para estar alertas ante el avance de la mediocridad, porque no es novedad que “el entorno” influirá sobre los más jóvenes o los débiles de carácter.
¿Qué pretendemos que todo el mundo escuche a Bethoven y conozca los Diálogos de Platón?
En absoluto. Pero si uno de los problemas del hombre consiste en insertar la vida dentro de las circunstancias, y en acomodar éstas dentro de su vida, ¿por qué no buscar los elementos que nos ayuden a hacerlo?
Personalmente estamos seguros que la edad no le otorga al hombre  un certificado de sapiencia. Podemos haber capitalizado experiencias y sacado conclusiones sobre las mismas, pero también es posible que hayamos pasado por la vida sin haber aprendido lo elemental para ser diferentes al helecho que cuelga en el patio de la casa.
En ese contexto se enmarca nuestro temor, acrecentado cuando vemos la multitud “bajar” hacia la rambla porque actúan (¿) los Wachiturros; cuando los picos de rating se los llevan los programas de chismes de la TV, cuando en una ciudad de 42 mil habitantes van 30 a ver una obra de teatro, un coro polifónico, o un cuarteto de cuerdas, o cuando un artista monta una muestra con una instalación espectacular y la tiene que levantar a los cuatro días.
Mientras tanto desde las radios de todo un pueblo compiten por audiencia los programas de los “comunicadores” que lo saben todo, con la repetición del inefable “Petinatti”,  donde la gente desnuda sus intimidades para que el conductor se burle públicamente de ellas.
De cualquier manera dejaremos la puerta abierta a la posibilidad de estar equivocados y que la razón la tenga la mayoría.
HUM BRAL tiene la fortuna de contar con 55 mil jueces alrededor del mundo; número insignificante ante la población mundial, pero abrumador e inmenso para nosotros por el compromiso que implica la deferencia de compartir lo que hacemos acá, en una esquina del mundo.
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