viernes, 20 de enero de 2012

En octubre del 2011 informábamos que en El Centro Pompidou de París se comenzaba a exhibir la muestra "Edvard Munch, el ojo moderno". Una interesante exposición de una de las figuras más fascinantes de la pintura moderna. (ver nota  en: http://humbral.blogspot.com/2011/10/munch-mas-alla-de-el-grito-munch.html#links)
El amigo y artista plástico Álvaro Parés visitó la muestra, tomó fotografías y escribió una nota especial para HUM BRAL.







Edvard Munch
en el Centro Pompidou



 
Álvaro Parés
(desde París)





Al fin lo fui a ver, la prolongaron por causa de afluencia record, anda bien y les manda saludos! El grito no estaba...
El viejo Edvard Munch no fue nunca un encerrado amargado como se dice, salía mucho y filmaba en la calle, o más bien hacia «experiencias visuales» con una camarita blanco y negro.



Te agrego algunas fotos (de cuadros y ambientes) como de lo que se ve saliendo, siguiendo al dos veces maestro Sacha Guitry que decía que «el silencio después de Mozart, es también de Mozart». Así Paris cambia después de Munch.



Lo que le trotaba en la sabiola al Edvard es más bien compresible cuando sabes que, como si hubiera sido un yuyo venenoso, se le murieron todos en un radio familiar, hermano, hermana, padre, madre y algunos amigos para hacer una cuenta redonda. Sin contar que cuando todo iba mejor cae la famosa fiebre amarilla también llamada española de 1919/20, que terminó con los que se habían salvado de la carnicería de la primera guerra, también llamada la «gran» guerra, anda a saber por qué errancia verbal. De viejo perdió casi completamente la vista (ver dibujos de círculos) «veía» un pájaro dentro de su ojo.
El cuadro en el que está sentado con su propia sombra «despegada», es el último que hizo, se levantó para esas pinceladas y murió...


¿Habría pintado si hubiera nacido en Tahití rodeado de una familia de robustos cómicos? En Suiza durante siglos nunca hubo revoluciones, ni masacres, ni guerras atroces, solo felicidad, orden y pulcritud, pero lo único que inventaron fue el reloj cucu... De ahí a afirmar que se precisa ser infeliz para ser creativo hay media corchea, pero tampoco nos vamos a poner comunistas.
Lo realmente sobresaliente de sus cuadros, grabados, fotos y otras incursiones en lo visual, fuera de la insolente modernidad que ejercía en todo lo que tocaba, es el tremendo contraste entre los temas (operaciones, peleas, muertos, enfermos, suicidios, locura) y los colores, siempre alegres, brillantes, contrastados, composiciones osadas pero siempre sólidas como un roble.
Podría tenerlo a Van Gogh de vecino en el banco de los mal-juzgados, del que todo «comentador serio» te va a decir que era un loco violento, paro cuando ves sus cuadros originales constatas que lejos de ser así, era un gran tierno frente al eterno.
Era un falso truculento, o un optimista desesperado. Un irreverente respetuoso, un vehemente lucido. O sea un tipo bien.

Aunque noruego. Nadie es perfecto.
Anyway, como dicen en el Lancashire, y como decía el viejo Parés «un paisaje no se cuenta». Si la pintura de Munch fuera explicable o traducible en palabras, hubiera sido escritor y no pintor!
El lenguaje verbal es uno y el visual es otro.
Lenguas compatibles a veces si las hay, pero ninguna de las dos es el lunfa de la otra.
Paradojalmente un cuadro es «útil» o «importante» cuando mirándolo, no lo ves.

Me explico: El cuadro trascendente, aquel que no se herrumbra y que siempre flota, es el que cuando entrás en su área, en su zona de influencia, produce una resonancia, te despierta un millón de conexiones, se vuelve entonces invisible y te deja ver a través de él mismo una serie de cosas que no están pintadas, para hacerla corta, te llena de ganas de salir corriendo del museo y ponerte a hacer algo vos mismo.
Están más allá del «me gusta o no me gusta».
Para esto, de más esta decirlo, hay que ser dos, es imprescindible haber aprendido a ver y/o a escuchar antes de poner los pies en estas áreas.
Paul Klee  (otro doble astuto!) decía que no era pintor sino «mostrador de cosas».
Desde Altamira, Lascaux y más allá del terraplén, los pintores (como los escritores, los músicos, escultores, teatreros y otras yerbas, cada uno en su cada cual) son «chamanes» dueños auténticos de lo espiritual, su única tarea es abrir puertas hacia los posibles.
Munch es uno de esos.

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