viernes, 17 de febrero de 2012

EDITORIAL

Cuando al éxito o al fracaso lo determina el rating 

        

                                                                                                                               Aldo Roque Difilippo

¿La prensa termina siendo lo que la gente quiere, o la gente quiere que la prensa sea como es? Muchas veces los periodistas cargamos nuestras culpas o errores a terceros, sin reconocer que nuestras acciones inciden en uno u otro sentido.
La publicación de fotos de la modelo Jazmín De Grazia en el piso del baño donde encontró la muerte por sobredosis, puso a la Policía Técnica Argentina en el centro de la investigación  por eventual corrupción.
Más allá de la discusión en torno a si es de buen o mal gusto publicar fotos de alguien semidesnudo, muerto en esas circunstancias, el centro del debate debería ubicarse en otro tema: la hipocresía que somos capaces de desplegar para no reconocer nuestros errores.
En torno a este caso se alzaron muchas voces -incluso de colegas- criticando el mal gusto de esa publicación, y no faltaron quienes opinaron que “acá eso afortunadamente no sucede, porque los medios uruguayos son distintos”. Pero olvidaron que meses atrás los canales de televisión uruguayos repitieron hasta el hartazgo las imágenes de un par de jóvenes que mataban a palos a una perra.
Entonces la muerte expuesta con todo detalle se justificó sobre la base de informar y sensibilizar al espectador. Pero también nos olvidamos de todos los seres humanos muertos que a diario nos muestra la pantalla; en accidentes de tránsito, rapiñas, y otros casos delictivos. Olvidamos el énfasis que  ponen algunos informativos televisivos en mostrar la tragedia por la tragedia misma, sin siquiera hacer el intento de aproximarse a desentrañar las causas que la desencadenaron. Como si mostrar la sangre en el pavimento, el cuerpo de un infortunado tapado con diarios, o ponerle el micrófono al padre de una joven violada, aportara algo para mitigar el drama. ¿Qué puede decir alguien que recientemente perdió un ser querido más que repetir el discurso de justicia por mano propia?
¿Somos los periodistas culpables de esta situación? ¿Somos culpables que  estos hechos de violencia se sucedan? Claramente no. Nada tiene que ver, o mejor dicho, no hay relación matemáticamente directa entre un hecho  violento y su repetición con que  sea o no difundido. Pero sí somos responsables de poner contenido a esa información. Tanto de exaltar el morbo por el morbo mismo,  o de contribuir al debate de las causas que generaron ese hecho -y que en definitiva-  llevará a comprender colectivamente qué nos está pasando, y nos oriente a encontrar una solución.
Sin embargo repetimos  con liviandad e hipocresía que los uruguayos somos  diferentes a los argentinos, que tenemos otros códigos, otra forma de pensar y decir; pero, recorra usted la oferta televisiva de los canales montevideanos, especialmente  en la tarde. Lea en lo que se han convertido las otrora sustanciosas páginas de espectáculos de los diarios capitalinos: banalidad, decadencia intelectual y la imagen de la mujer exhibida como simple objeto expuesto  en actitudes que  décadas atrás  no habría cabido  dudas en catalogar de pornográficas. Y no es  éste un discurso moralista o retrógrado, porque sin duda todo hombre disfruta viendo un buen cuerpo femenino, pero cuando es simplemente expuesto como una mercancía, quizá se aproxime demasiado a la prostitución.
Quienes hacemos esta publicación decidimos qué contenidos darle; qué enfoque  tendrán sus temas, y cuáles desestimamos. En definitiva, decidimos qué recibiría el lector.
Esto es aplicable a quienes dirigen un canal de televisión, una radio, o un diario, y  no aceptamos  el pretexto de  que “el contenido se rige por las pautas del mercado”.
No consideramos válido aquello de que “somos lo que la gente quiere”, porque esa masa indefinida y sin nombre, nunca decide sobre los contenidos artísticos o periodísticos de ningún medio de comunicación.
En conclusión, la prensa no apunta a lo que la gente quiere, sino que la gente termina viendo lo que la prensa quiere. En muchos casos, la gente es lo que la prensa le dice que debe ser. Esta es la triste realidad, porque la sociedad es la destinataria de esos “valores” de fantasía y banalidad que inciden en muchos lectores, televidentes, o espectadores, convencidos que “eso” es el éxito y el objetivo fundamental de las relaciones humanas.
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