viernes, 24 de febrero de 2012

EL CUENTITO MEDIEVAL


De como se arruina una
noche de fiesta popular


                                                                                                                                   Escriba Medieval

Estimados Cofrades que habéis tenido la bondad compartir historias con este humilde e ignorado Escriba, esta noche os contaré un suceso ocurrido en una pequeña y lejana comarca, si… aquella donde un Señor feudal reinaba sobre su pueblo desde un coqueto y antiguo palacio a orillas del Gran Lago Negro.
Debo confesaros -en honor a la verdad que me complazco en pregonar-
que todo comenzó desempolvando viejos pergaminos llegados a mi scriptorium de la mano de gente de palacio.
De la probada lectura dellos se desprende, que mediados los días del segundo mes de cada año, celebrábase en la pequeña Aldea una fiesta popular llamada Carnaval, de la cual ya os he fablado en otras ocasiones.
Sin que ello signifique dudar de vuestra memoria y saber, os recordaré que en estos años 1.500, las costumbres suelen ser un tanto inflexibles, y el no respetar de las normas religiosas los ayunos, abstinencias y cuaresmas, da lugar a persecuciones cruentas.
Sin embargo, a todos agrada el carnaval y se promueven juegos, banquetes, bailes y diversiones en general, con mucha comida y mucha bebida, con el objeto de enfrentar la abstinencia con el cuerpo bien fortalecido y preparado.
Nobles y Señores suelen disfrazarse en determinados días con el fin de gastar bromas en  lugares públicos (aunque algunos deberían prescindir de la máscara, pues la llevan puesta todo el año).
Pero como los imberbes mozalbetes de esta revisteja (cuyas páginas prestigio con mi genio) acótanme el espacio, debo ir a los asuntos sin más trámite.
Dígoles entonces que en los días de marras, las gentes llegáronse a las calles para presenciar el desfile de bailarines y tocadores de tambores (siglos después serían llamados comparsas), para lo cual los Moon y Cipales (cipayos al servicio de Palacio) pusiéronse a pensar cómo hacer más brillante la fiesta. Hay quien asegura que ello (ponerse a pensar) provocó una grande tormenta que abatióse sobre la región durante tres días con sus noches. Pero como todo en la vida es efímero, también lo fue el cataclismo, y al cuarto día vino el sol.
Apropincuóse entonces una cuadrilla de obreros munidos de grandes cubas de cal, con la cual comenzaron a cubrir el pavimento.
Presúmese, sospéchase, y en algunos casos, asegúrase, que la idea surgió de la mente brillante del nunca bien reconocido Alex Unvago.
Dicen que ordenó:
-¡Pintad la calle de blanco para que las vestiduras de los bailarines luzcan como debe ser!
Y así se hizo.
Llegada que hubo la noche, las candelas de la aldea brillaron a fuerza de aceite de hígado de bagre (en el Lago Negro no había bacalao, so torpes) y allá lejos, en el otro extremo de la calle, oyóse la música sonar. En los estrados levantados para que los Señores de palacio pudieran ver la fiesta con comodidad, todo era expectativa. Ellos sabían que “pueblo que ríe, pueblo que no protesta”.
Avanzaba entonces la carnestolenda aplaudida por el vulgo. En el paroxismo de la danza, muchas bellas bailarinas tiraron sus vestidos, y apenas cubiertas sus partes pudendas comenzaron a danzar con la secreta esperanza que Alex las invitara a “bailando por un sueño”.
“Poca es la vida si no piafa en ella el afán de divertirse”, dirían siglos después los pensadores Ortega, y Gasset (¿O era uno solo?... bue… en todo caso ese asunto incumbe mas a Sir Alfred… que hace uso frecuente de erudición).
Avanzar en la lectura –y estudio- de los pergaminos antes citados, nos permitió saber que de pronto comenzó a levantarse una espesa niebla que lo inundó todo. Músicos y bailarines desaparecieron de la vista; toses y mocos brotaron de bocas y narices de las gentes, los viejos se mearon en los jubones, y las damas apretaron sus esfínteres…
La confusión generalizóse a medida que la niebla cubríalo todo. Algunos visitantes llegados del otro lado del Río de los Pájaros gritaron consternados:
-¡Cortad el puente!... ¡UPM contamina!...
En los estrados de privilegio, los nobles de palacio pedían la cabeza de Alex, y Alex la de los Moon y Cipales que habían pintado la calle, pues todo el pandemónium se resumía a la cal que habían volcado, la cual se desprendía y volaba al ser agitada por los estandartes que portaban los bailarines.
Así fue- queridos contertulios- como una noche de fiesta fuése a la mierda a causa de cuatro iluminados que una vez en sus vidas, pusiéronse a pensar.



Moraleja:
                Si en tu cabecita no tienes otra cosa que un compartimiento estanco, mejor no inventes nada, y deja que tu minúsculo cerebro siga en blanco.
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