viernes, 27 de julio de 2012

EDITORIAL

Pequeño divague de cosas obvias





UNA GRIFA
CON UN NOMBRE




Aldo  Roque Difilippo

Hay individuos que son tales por sus cualidades, por sus atributos que  van más allá del aspecto físico o cómo luzcan. Hay individuos que no pueden ser si  no están atados a un color, a determinada indumentaria, o si no se cuelgan una grifa  en el cuello.
Ayer miraba pasar a un individuo X (si es que alguien puede apellidarse X), y noté que era un hombre con cuatro ruedas, que su condición  humana y gregaria se la debía a esas cuatro ruedas relucientes que rodaban orgullosas.
Vi pasar también a una señorita, que  hubiera sido la más hermosa jamás vista, si no fuera que llevaba una grifa colgada al cuello, exageradamente grande y ostentosa.
Vi pasar también a una señora mayor detrás del pedrigue de un perro que la sacó a pasear por la rambla, para mostrarle a todos la nueva y hermosa cadena que le compró.
Más tarde un señor, con porte de caballero no porque  estuviera dispuesto a enfrentar adversidades por su dama, sino porque cabalgaba altivo, casi hidalgo sobre una reluciente bicicleta que lo convenció de ser la solución para bajar de peso, pero que mas lo sedujo al decirle que las mujeres morirían a sus pies si pedaleaba en ella y no en otra.
Más allá un niño que sacaba lustre con un pañuelo a la marca de  sus championes nuevos, y despreciaba  jugar al fútbol o correr por miedo a estropearlos. Y yo que, sentado en un banco también tenía mis grifas colgadas y mis inútiles marcas sociales pegadas como una sombra.
Pensé que quizá sería bueno armar una nueva revolución para subvertir las imposiciones pero pasó a mi lado un joven, termo y mate  en mano, luciendo orgulloso una remera con la imagen estampada del “Ché” y una grifa colgada al cuello.
La grifa de otro individuo que pasó por la vereda de enfrente centelleaba como un faro, y aparecieron luces de advertencia de millones de grifas que circularon a mi alrededor: en un hombre con cuatro ruedas, en un niño en su cochecito, en el anciano arrastrado por su bastón; y hasta en el policía que observaba cómo circulaban los vehículos.
Comprobé resignado que somos seres pegados a etiquetas. Que somos por que lucimos y  nos  hace lucir mejor una grifa luminosa y novísima.
Ayer, sentado en mi banco en la plaza, vi el transitar de  grifas y de marcas; y no encontré repuestas. Más tarde compré una marca y me bebí un refresco.
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