viernes, 6 de julio de 2012

El bicho, reflejo del Siglo XX






Aldo Roque Difilippo




"Gregorio Samsa despertó una mañana dándose cuenta de que era un bicho, un insecto... Pues esto es el siglo XX", comentaba el escritor mexicano Carlos Fuentes. Hace 129 años, en el centro mismo de la ciudad de Praga, nacía Frank Kafka, autor que a su pesar ganó popularidad mundial por su obra, sobre todo por "La metamorfosis", y que como pocos, sintetizó y expuso los dobleces más intrincados del alma humana. Su apellido convertido en adjetivo se utiliza para sintetizar los tortuosos laberintos del poder, o como sinónimo de absurdo-siniestro. Un escritor que despreciaba las ediciones de sus textos, al punto que destruyó mucho de sus manuscritos, y que encontraba placer en el solitario y simple hecho de crear.  "Muchas veces he pensado que la mejor forma de vida, para mi, consistiría en recluirme  en lo más hondo de un sótano espacioso y cerrado, con una lámpara y todo lo necesario para escribir. Me traerían la comida y me la dejarían siempre lejos de donde yo estuviera, tras la puerta más exterior del sótano. Ir a buscarla, en camisón a través de todas las bóvedas del sótano, sería mi único paseo. Luego regresaría a mi mesa, comería lenta y concienzudamente, y me pondría otra vez a escribir", confesó Kafka a Felice Bauer en 1913. 
Afortunadamente la sensibilidad de Max Brod, fue más fuerte que su lealtad de amigo, desconociendo las instrucciones dejadas Kafka quien pretendía que sus manuscritos fueran destruidos.
Esa  necesidad de destrucción, seguramente surge de una autocrítica despiadada, ya que Kafka concebía la experiencia transformadora del libro: "Si el libro que leemos no nos despierta de un puñetazo en el cráneo, ¿para qué leerlo?... Un libro tiene que ser le hacha que rompa la mar congelada en nosotros".






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