viernes, 21 de septiembre de 2012


Cuentito medieval


Otra historia de pequeños hombres, esta vez, de los menesterosos del espíritu
 

 

Escriba medieval
 
Amados Cofrades: En mis habituales paseos por la aldea desta pequeña y lejana comarca donde moran mis huesos, suelo ver algunos limosneros que tienden la mano al paso de los viandantes para que pongan allí alguna moneda. Las razones por las cuales un hombre llega a esa situación son tan diversas como individuos hay en el mundo. Podríamos decir que algunos lo hacen porque su edad no les permite trabajar en los campos por el rigor de la siembra o la siega, o porque en las ciudades, los tahoneros y Caballeros prefieren ayudantes jóvenes, y palafreneros fuertes y diestros en el dominio de las bestias.
Si cierto es que muchos dellos terminan suplicando en los portales por estas razones, también verdad es que muchos otros lo hacen porque resúltales mas cómodo sobrevivir de la pública caridad.
Pero también hay otros limosneros que no ocupan un lugar en los escalones de piedra de la abadía o el monasterio. Los menesterosos de los que hoy quiero hablaros suelen vestir ropajes nuevos y pasear en carruaje los domingos. Los podemos encontrar ocupando cargos en palacio; pueden ser prósperos comerciantes, acaudalados señores feudales, o bellas damas de la alta sociedad, pues la condición de pordioseros no sabe de cuestiones de género. También existen dentro de la populosa fauna de los artistas, y quizá esto sea lo mas trágico, pues se codean con las cosas del espíritu mas que con la materia misma, y ser un mendigo de sensaciones es mas triste que serlo por causa del hambre.
Este humilde e ignorado Escriba los conoce.  Sabe que algunos desos que pasean en carruaje los domingos andan por la vida con la mano tendida y la rodilla genuflexa. No para que alguien deposite en su palma una moneda, sino para que sus Amos poderosos les hagan un lugar junto a su silla.
Conoce este humilde al comerciante que sigue la cadena adulando al Caballero del carruaje , para que cuando esté junto al Noble le haga vista gorda a sus impuestos. Sabe el ignorado de las damas que mendigan un lugar en el lecho del poderoso, no por amor, asunto que quizá sería no condenable, sino por una mísera porción de ese poder. Conoce el viejo al propietario de tierras que –plañidero- acude al Escribano para que “corra” un “límite” un poco mas allá, y al artista que le miente a la Dama rica que pintó –delgada y bella- bajo la glorieta del jardín.
El humilde e ignorado también sabe que el engaño viene con el hombre desde sus antepasados cavernarios, pero es que si aún lo practicamos a destajo poco estamos haciendo por salir de esas cavernas. Por eso la mentira y la adulación son hermanas de la mendicidad  y nublan la nobleza de espíritu, que también forma parte de la condición humana.
Mucho se ha escrito sobre los mendigos del alma, seres dignos de lástima –que es la peor de imagen que un hombre puede proyectar- pues todos vamos por la vida dejando huellas que no están marcadas en el polvo del camino que pisamos sino en nuestras actitudes. Alguien puede generar rechazo ante sus pares, otro puede ser indiferente, otro acaso será amado, pero el mezquino, lástima provocará y eso es seguro.
Os advierto, Amados integrantes de esta Cofradía, que este humilde e ignorado Escriba no pretende enseñaros cómo conducirse por la vida, pues él mismo aún no lo ha aprendido. Tiene el anciano en su corazón todas las pasiones humanas, pero –como todos- también posee el mas grande tesoro que natura otorgó al hombre; la capacidad de discernir lo que está bien y lo que está mal, y actuar en consecuencia. También sabe que la génesis de la mendicidad espiritual, la envidia y el engaño están en la ambición, y que, bueno sería tener presente a cada hora, que nuestra casa, el asno, los puercos, nuestro cazo de cobre, y la pluma de ganso con que escribimos, no nos pertenecen. Solo las estamos usando por un tiempo, porque nada de ello cabe en nuestra sepultura.
 

 
Moraleja:

                Cuando un adulador estire su mano pidiendo “por piedad”, no pongas en su mano una moneda, deposita en ella algo de tu propia dignidad.
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