viernes, 7 de septiembre de 2012


El ''santo patrono'' de la literatura latinoamericana

 

 

Los 50 años de su muerte pasaron de noche en Hispanoamérica, cuya literatura no sería la que es si no fuera por sus libros

 

No es un secreto a voces; lo dijo Mario Vargas Llosa y lo evidenció Gabriel García Márquez en Cien años de soledad: William Faulkner es el santo patrono para la literatura latinoamericana; sin embargo, y aun cuando la narrativa de este continente le debe tanto al escritor estadounidense, que en 1949 recibió el Premio Nobel de Literatura, no hubo grandes actividades ni ediciones conmemorativas ni mucho menos congresos en su honor a propósito del 50 aniversario de su muerte.
Faulkner, quien nació en New Albany, en 1897, y murió en Byhalia, en 1962, es autor de novelas como El ruido y la furia, Mientras agonizo, Luz de agosto, ¡Absalón, Absalón! y ¡Desciende Moisés!, además de infinidad de cuentos. Con una amplia obra, sobre todo cuentística, se sitúa como uno de los más innovadores y destacados escritores del siglo XX y su obra se mantiene vigente.
Los narradores latinoamericanos han reconocido siempre la trascendencia del escritor que fue considerado el rival estilístico de su compatriota Ernest Hemingway. En su discurso de recepción del Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Alicante, Mario Vargas Llosa afirmó que Faulkner fue el “escritor con mayor influencia entre los cuentistas de su generación” y sobre todo que “sin la influencia de Faulkner no hubiera habido novela moderna en América Latina”.
 
Pasó en Yoknapatawpha Country
     Amanera de homenaje, escritores mexicanos de diversos estilos hablan de la obra del narrador y poeta que situó la mayor parte de sus ficciones en Yoknapatawpha Country, un condado inventado por Faulkner, que se localiza al Noroeste de Misisipi y cuya capital, también ficticia, es Jefferson.
Guillermo Fadanelli, Élmer Mendoza y Juan José Rodríguez establecen su relación con el escritor, considerado uno de los creadores de ficción más importantes del siglo XX, a la altura de Joyce, Proust y Kafka; recrean la influencia de su estilo literario en sus obras y establecen la importancia de William Faulkner en la literatura de América Latina.
 
“El realismo mágico tiene ligas, deudas y relaciones palpables con Faulkner. Mientras agonizo, su novela de sombras, podría hacernos pensar en la obra de Rulfo”, dice Guillermo Fadanelli.
Y es que el estilo literario de Faulkner late en la obra de muchos narradores latinoamericanos, lo dijo Vargas Llosa: “Los mejores escritores lo leyeron y, como Carlos Fuentes y Juan Rulfo, Cortázar y Carpentier, Sábato y Roa Bastos, García Márquez y Onetti, supieron sacar partido de sus enseñanzas”.
Esa sentencia de Vargas Llosa la refrenda el escritor Élmer Mendoza: “Según confesiones de algunos de nuestros maestros como García Márquez o Vargas Llosa, Faulkner fue de gran influencia; en mi generación leímos su famosa entrevista donde se lanzaba contra la técnica de narrar, y algunos, como (Javier) Marías lo tradujeron y escribieron mucho sobre él. Para mí es uno de los jefes”.
La influencia literaria del autor de Sartoris, Banderas sobre el polvo y Los invictos es potente, está en cuestiones técnicas, como su magistral uso del fluir de la conciencia, sus diálogos indirectos y un manejo cronológico del tiempo; pero también en los temas: las genealogías familiares, la mezcla de razas, el fracaso, la creación de un territorio ficticio propio.
Esas fueron influencias fundamentales para que Gabriel García Márquez creara su Macondo; Juan Rulfo su Comala y Juan Carlos Onetti edificara su mítica Santa María, y que en 1989, en una entrevista también afirmara: “Con Faulkner y su novela ¡Absalón, Absalón! me pasó algo extraordinario, la consideré tan buena que tuve días en los que me pareció inútil seguir escribiendo”.
Juan José Rodríguez confirma que Faulkner es fundamental como lectura porque es un maestro de la novela del siglo XX y sus hallazgos siguen vigentes, además de su malicia y pericia narrativa.
“A Faulkner le pasa lo que a Fuentes: mucha gente se concentra en sus primeras grandes novelas y se pierde de disfrutar sus últimos libros por creer que sólo lo fundacional fue bueno. Novelas como La ciudad y La mansión son muy buenas y mi favorita es precisamente la última, The Reivers, que narra la llegada del primer automóvil al pueblo”, señala el autor de Asesinato en una lavandería china.
 
Maestro de generaciones
 
Élmer Mendoza dice que la influencia de William Faulkner en su literatura es mucha, pero sobre todo en la tipificación de personajes psicológicos, más allá de que fueran urbanos, rurales o marítimos.
“Ese es un asunto que ayuda a resolver los porqués en la narrativa. Y fue parte importante de mi deseo, sobre todo en la postura de escribir fuera de grandes centros urbanos. Para mí, es uno de los escritores que se deben leer, no es fácil crear atmósferas de conflicto prolongadas y en esto Faulkner es un maestro”, dice el autor de El amante de Janis Joplin.
Mendoza afirma que la literatura latinoamericana le debe a Faulkner la primera forma de crear espacios, de conseguir que una atmósfera sea parte del proceso narrativo. “Desde luego que sería distinta. Desde la brevedad intensa de Mientras agonizo, al perfil abstracto del devenir en El sonido y la furia, hay una escuela de narrar que ha contribuido para conseguir una narrativa que combina la profundidad con el juego de las miradas”.
Juan José Rodríguez dice que quizás por su entorno rural, sureño y apasionado, Faulkner está cerca a través del filtro de Rulfo y García Márquez. “Desde que William Faulkner dijo que un burdel era el mejor lugar para un escritor —y más especialmente desde que García Márquez repitió esa cita en su consagratoria entrevista de El olor de la guayaba— no pocos autores se han sentido satisfechos de que tan patricias testas coronadas por el Nobel sacramenten la vagancia nocturna”.
Así, William Faulkner, el maestro y patriarca que hizo fluir de la sangre la metáfora de las pasiones, el obsesivo del lenguaje y creador de párrafos que rozan lo críptico, el narrador que al recibir el Premio Nobel de Literatura, en 1949, dijo que en su literatura estaba “el corazón humano en lucha consigo mismo”; el mentor de América Latina está vivo aunque murió hace 50 años.
 
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