sábado, 27 de octubre de 2012


Hablando de Bueyes Perdidos
 
Las mayores inundaciones en la historia del Uruguay

 

 

Para que nadie pierda de vista, que siempre las cosas pueden estar peor
 
 
Ángel Juárez Masares
 
 
Allá por el año 1959, un día comenzó a llover y no paró; los ríos y arroyos comenzaron a salirse cauce y poco a poco las ciudades y pueblos levantadas a sus orillas vieron como el agua avanzaba por las calles e inundaba las casas.
A partir del 24 de marzo comenzó a llover en todo el territorio uruguayo y no escampó hasta el 23 de abril. Esta inesperada situación desbordó las previsiones y los recursos y generó una catástrofe nacional.
Padecida en todas partes, la exuberancia pluvial inundó poblaciones enteras, tiró abajo líneas telefónicas, alteró sustancialmente el sistema de transporte y creó serios problemas en el abastecimiento de energía eléctrica. Particularmente grave fue la situación de la represa de Rincón del Bonete sobre el río Negro, curso de agua que recibió el mayor caudal. En el Norte del país las lluvias registradas en el mes de abril arrojaron un promedio superior a 600 mm. En la zona de Tacuarembó Chico se registró el máximo absoluto de 1.200 mm. La lluvia promedio anual en esa región es de 1.100 mm.
En la cuenca del río Negro las lluvias extraordinarias registradas alcanzaron un promedio de 608 mm, provocando una crecida que excedió el doble de los caudales máximos anotados en 50 años de observaciones. Las precipitaciones excedieron ampliamente las previsiones de los proyectistas de la obra de la represa, que habían estimado la creciente máxima en 9.000 m³/s. La onda de crecida que llegó al embalse tuvo un pico máximo de aportes de 17.300 m³/s. Aguas abajo, dicho pico resultó reducido casi a la mitad por el efecto regulador del embalse. El desagüe máximo alcanzó a más de 10.000 m³/s, al llegarse al nivel +85 metros en el embalse.
Las lluvias del 15 y 16 de abril, con registros de 70 y 94,7 mm, fueron las causantes de la crecida excepcional e inundación catastrófica en la ciudad de Paso de los Toros, elevando de los aportes al embalse de 10.000 m3/s a 17.300 m3/s, y la erogación de agua de la represa a Paso de los Toros de 5.000 a 10.000 m3/s. De no haber existido la represa, el caudal en Paso de los Toros se hubiera duplicado, con 17.300 m3/s para el día 23 de abril, de consecuencias mucho peores que las que sucedieron. El día 16 de abril el lago sigue en rápido ascenso, a pesar del desagüe por el vertedero y por las turbinas, subiendo a razón de 40 cm por día.
El día 17 de abril se registró el nivel del embalse en la cota +82,33 (07:00 AM). Ese día la cota de nivel del embalse y las lluvias ocurridas hasta esa fecha, superaba los máximos caudales esperados en el proyecto del Dr. Ing. Adolfo Ludín, lo que dificultaba la predicción de lo que sucedería en los días subsiguientes; el desbordamiento de la represa e inundación de la población de Paso de los Toros. El mismo día 17 a la hora 18:00 el Directorio de UTE, empresa propietaria de la Central Rincón del Bonete, y el Consejo Nacional de Gobierno, emiten la orden de dinamitar el dique lateral de tierra de la represa, en un intento por aliviar el caudal de agua que desbordaba la misma, evitando un posible rotura del dique de hormigón y que un aluvión de agua mucho mayor se abatiera sobre Paso de los Toros. La urgente voladura del dique de tierra, para salvar a Paso de los Toros de la rotura del dique principal, sería denominada “Operación Terraplén”.
Esta somera crónica de los hechos deja fuera las angustias ocasionadas por el fenómeno climático que, naturalmente tuvo una serie de connotaciones de todo tipo; económicas, sociales, y políticas.
Sin embargo, de aquel episodio nos quedó grabada la solidaridad de la gente. Aún recuerdo –pese que entonces tenía diez años de edad- los camiones cargados con pertenencias de familias “evacuadas” que llegaban al barrio, donde los vecinos hicieron lugar en sus casas para alojar a esos hombres, mujeres, y niños, muchas veces desconocidos.
Los hombres se movían bajo la lluvia cargando muebles que hacinaban en los galpones de las casas, y los infantes veíamos como nuestra casa se “dividía por la mitad” para que los Martínez, Pérez, o Romero tuvieran su “privacidad” y protección.
Mientras todo eso acontecía, la amenaza latente de una posible rotura del dique de Rincón del Bonete reunía a los hombres, quienes especulaban acerca de tal eventualidad.
Algunos opinaban que debían permanecer en los lugares altos de la ciudad, otros, que se debían organizar para partir en camiones alejándose del río en cuanto se conociera la noticia, y otros se aferraban a la idea de hacerlo llevando solo algunas ropas y la documentación de las viviendas.
Si bien el Gobierno tenía planes de contención, la preocupación de los hombres estaba en el pánico, y quizá no estuvieron equivocados, pues solían salir vehículos con altavoces a altas horas de la noche propagando las medidas dispuestas para el caso de la rotura del dique, lo cual no contribuía precisamente a la tranquilidad pública.
De todas maneras eso no ocurrió, pero quienes vivimos aquellas largas semanas de incertidumbre aprendimos la lección mas importante de nuestras vidas: dar una mano cuando el otro la necesita. Por eso decimos hoy; nadie pierda de vista, que las cosas siempre pueden estar peor.

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