viernes, 15 de marzo de 2013

Editorial



El fanatismo tonto



  • De Francisco, de Hugo, de los adoradores del Papa, o los revolucionarios convertidos en momias; de los humanos.




Aldo Roque Difilippo



 

“¡Dios mio!” tituló el diario argentino Página/12. El periódico La Diaria de Uruguay prefirió la ironía “Volvé, Benedicto”. En tanto “La Jornada” de Michocoan redondeó la idea “Hay un  nuevo Papa… su pasado lo persigue”. La elección de  Jorge Bergolio  como el nuevo Papa de la Iglesia Católica encendió  la polémica en las redes sociales, surgiendo voces de todo calibre, recordando las vinculaciones de quien de ahora en adelante pasará a llamarse  solamente “Francisco”, con las Fuerzas Armadas  en la pasada dictadura de la República Argentina.  Opiniones de todo calibre,  hasta aquellas que causaron sorpresa como las del Premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel: “Hubo obispos que fueron cómplices de la dictadura argentina, pero Bergoglio no” (http://www.infobae.com/notas/700917-Perez-Esquivel-El-Papa-no-tenia-nexos-con-la-dictadura.html ).
En el otro extremo Horacio Verbitsky en Página/12 escribe: “Entre los centenares de llamados y mails recibidos, elijo uno. “No lo puedo creer. Estoy tan angustiada y con tanta bronca que no sé qué hacer. Logró lo que quería. Estoy viendo a Orlando en el comedor de casa, ya hace unos años, diciendo ‘él quiere ser Papa’. Es la persona indicada para tapar la podredumbre. Es el experto en tapar. Mi teléfono no para de sonar, Fito me habló llorando.” Lo firma Graciela Yorio, la hermana del sacerdote Orlando Yorio, quien denunció a Bergoglio como el responsable de su secuestro y de las torturas que padeció durante cinco meses de 1976. El Fito que la llamó desconsolado es Adolfo Yorio, su hermano. Ambos dedicaron muchos años de su vida a continuar las denuncias de Orlando, un teólogo y sacerdote tercermundista que murió en el 2000 soñando la pesadilla que ayer se hizo realidad. Tres años antes, su íncubo había sido designado arzobispo coadjutor de Buenos Aires, lo cual preanunciaba el resto” (http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-215796-2013-03-14.html ) .
Otros optaron por exhumar documentos como cuando el ahora  Papa Francisco compareció  ante la justicia en el  juicio por el plan sistemático de robos de bebes (http://www.abuelas.org.ar/material/documentos/BERGOGLIO.pdf ),  o  el secuestro de las monjas francesas (http://www.abuelas.org.ar/material/documentos/BERGOGLIO2.pdf  ).
A las pocas horas de que el humo blanco anunció la elección del nuevo Papa las redes sociales y los medios de comunicación se inundaron de información por momentos contradictora o confusa, superpuesta, donde no faltó quienes cuestionaran la autenticidad de algunos documentos, como las fotografías que lo ubican junto al dictador argentino Jorge Rafael Videla.
Más allá de la polémica,  vuelve a surgir el fanatismo  exhacerbado y a veces tonto del ser humano, sea de la  inclinación que sea. Tal el caso del nuevo Presidente de Venezuela que  llegó a afirmar que la elección de un papa sudamericano se debió a la intervención celestial del extinto caudillo Hugo Chávez ( http://www.youtube.com/watch?v=5-y-oKqWS0U ).
Detrás de todo esto vuelve a surgir el estúpido y  tonto fanatismo humano. El fanatismo de quienes, sin duda que con buenas intenciones, profesan una religión pero que  depositan toda sus esperanzas en un hombre, tan hombre como ellos pero que se erige como el único  indicado  y en condiciones de interpretar esa religiosidad. 
Fanatismo también de otros hombres, quizá más pragmáticos y racionales, pero que no dudan ante la muerte de su líder en  convertir en momia a su osamenta, en símbolo perpetuo de  sus ideales, y así  venerarlo. Chávez llegó a opinar que esas prácticas se tratan de “una cosa macabra” (http://www.youtube.com/watch?v=tTNvXwAwgmU), y el fanatismo en gran medida fomentado por su arrolladora personalidad,  terminará convirtiéndolo en eso, una macabra momia.

En este Siglo XXI, arrollador, vertiginoso,  exacerbadamente tecnológico y racional, aflora una vez más  el fanatismo más medieval y tonto, recordándonos que al fin y al cabo somos humanos.






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