viernes, 10 de mayo de 2013



Mateo
La fama sola bien se lame





Por Fermín Méndez
(Mintxo)




“No, no apagues la luz”. Quizás fueron sus últimas palabras, difícil saberlo. Quizás haya titilado, amagado al ocaso, pero como toda herencia de un genio, creativo y vanguardista por donde se lo mire, la luz de Eduardo Mateo (19/9/40 – 16/5/90) está. Tarde, es igual, así ha pasado con los visionarios en su época. Urbano Moraes lo definió categóricamente: “Estaba desfasado. Demasiado adelantado en el tiempo. Es lógico que no le fuera bien, la gente precisó años para procesar su obra”.
“Cómo es que dices que / te simpatizo yo / si últimamente ni / me puedes ver”  (1)
La música y Mateo son la misma identidad, van juntas desde su nacimiento. Su madre, Silvia, que trabajaba en la casa del compositor uruguayo Eduardo Fabini decidió llamarlo como él, soñando, tal vez, que algún día fuese un artista prestigioso. En su infancia no hubo violines, flautas, ni pianos, quizás alguna partitura. Si tuvo tambores, pandeiros, cavaquinho, y hasta una guitarra rudimentaria que le armó un amigo carpintero. Autodidacta, no pudo creer cuando tuvo sus primeros instrumentos profesionales. Pero antes, mucho antes, ya venía dando impulso a sus composiciones. Fueron los Demonios da Garoa, The Beatles, Joao Gilberto, Debussy, Piazzolla, Ravi Shankar, nuestra música popular como el candombe, su porfía en desafinar las guitarras para buscar acordes nuevos, la música hindú, entre otros, los ingredientes mágicos que florecieron para ir moldeando al genio musical. Como intentar entenderlo después de significativa mezcla de sinfonías rítmicas tan disímiles.
Creador de un género: el candombe-beat, fusión de música afro-uruguaya con la nueva onda beat. De ahí salió el grupo El Kinto, con el cual, junto a Ruben Rada, Urbano Moraes y otros, tuvieron la osadía de cantar en castellano en los años ’60. Eso era de locos. Y como si fuera poco, crearon, con Horacio Buscaglia, Musicaciones: un espectáculo de música, poesía y teatro en la misma función. Todo un objeto de culto, pero la gente se enojaba, querían rock.
“Sueñas el Príncipe azul / nena chiquita eres tú, / lunas de queso tendrás / ¿Dónde la luna saldrá?”(2)
Fue una mítica composición creada para niños, la combinación perfecta de la dupla Buscaglia-Mateo. Pasan las décadas, crecen las generaciones, nacen otros niños que se hacen grandes, los primeros son abuelos, estamos en la cuarta generación, y todos fuimos el príncipe azul que acunó la bella niña princesita.
Tartamudo, de estatura media, delgado, por lo general de barba o bigote con patillas, pelo desprolijo, cabello despeinado tirando a largo, nunca fue un estereotipo. No le preocupaba tampoco. No le incumbía en demasía la política, tampoco el fútbol. De carácter difícil, encontrado, tanto querible como histérico, tan amigo como indiferente. Empedernido con su poesía y sus líricas, ni en tiempos donde declinaba la dictadura se dedicó a cantar canciones de protesta. No le interesaba absolutamente nada de lo que a los demás le importaba. Sólo deseaba abrir los sentidos, componer, explorar las ideas superiores de la musicalidad, llegar a lo profundo. El camino errático de la bohemia y las drogas, su falta de ambición en lo que no fuera la música, su mala conducta con sus compañeros, su aislamiento, quizás lo perjudicaron. Mientras vivió apenas fueron vendidos 150 discos suyos, luego de fallecer ya van varios discos de oro y de platino. Quizás, seguramente, sin ese camino errático Mateo tampoco hubiera sido Mateo.
“Un ocaso / un momento / el crujido / de un espejo / que se quiebra / sin reflejos / solo y triste / sin remedio” (3)
Empeñó sus creaciones. Sin haber sido el más comercial o el de mayor resonancia, dejó a sus pares el mejor legado: el de la influencia por el mérito en sí mismo. Las figuras uruguayas actuales son hijas de su devoción: para Fernando Cabrera fue un ídolo; Jaime Roos lo admira; los Fattoruso lo ubican como un ser superior con un conocimiento musical superlativo, Alberto Wolf le da un lugar entre Hendrix, The Who y The Beatles, Jorge Schellemberg lleva adelante su escuela. 
“al tungue le tungue le coco / dicen lo negro lo negro todo / que quien no baila el tungue le coco / poquito a poco se vuelve loco”(4)
Sin fama. Una tardecita de otoño, a causa de un cáncer abdominal, se marchó en su máquina del tiempo tarareando Blackbird de The Beatles. Dicen que se fue, lo dudo. Vuelve en el musgo verde, está donde el sol quedó caliente, anda besando el viento cruzando los campos, de pronto queda despierto, es su canción para renacer.
 

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Notas

(1) Tema “Ni me puedes ver” - Eduardo Mateo – El Kinto
(2) Tema “Príncipe Azul” - Buscaglia y Mateo
(3) Tema “Canto a los soles” - Mateo y Trasante
(4)  Tema “Tungelé” – Eduardo Mateo

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