sábado, 14 de diciembre de 2013

Los días en que empezaba todo


Hundida durante tantos años en un pantano de censuras, listas negras, hogueras y prohibiciones, la imagen de Cortázar reconocido y abrazado por una muchedumbre en diciembre de 1983, resume de algún modo el triunfo de la libertad y de la memoria sobre la torpeza de una dictadura ignorante.

Ocurrió el 4 de diciembre de 1983. Oscurecía cuando Julio Cortázar salió de un cine sobre la avenida Corrientes, donde había ido a ver No habrá más penas ni olvido, basada en la novela de su amigo Osvaldo Soriano. Llevaba menos de una semana en Buenos Aires, casi de incógnito, después de una década de ausencia forzosa. Al salir del cine, la avenida estaba bloqueada por una manifestación a favor de los derechos humanos. Entonces sucedió lo que sigue, según el testimonio del periodista Carlos Gabetta en el libro Cortázar por Buenos Aires, Buenos Aires por Cortázar de Diego Tomasi, que acaba de editar Seix Barral: “Había cantos, gritos, tambores, y en medio de esos sonidos se filtraba una especie de relámpago. Era el flash de la cámara de un fotógrafo que había reconocido la figura del barbudo escritor de casi dos metros. Entonces los flashes se multiplicaron, y la marcha se detuvo. Dice Gabetta: ‘Muchos empezaron a acercarse para saludarlo a Julio. Gritaban ¡Está Cortázar!, y se le tiraban encima. Empezaron a abrazarlo, a besarlo. ¡Julio, volviste!, le decían. Cantaban ¡Bienvenido, carajo! Entraban a las librerías a buscar libros de él, y se los traían para que él los firmara. Hasta hubo una persona que le trajo uno de Carlos Fuentes, porque no quedaban más de él. Yo lloraba, apoyado contra la pared del cine’”.

Si me piden una escena que transmita el clima de efervescencia que se vivía hace exactamente tres décadas a partir de la recuperación de la democracia, me quedo con ésta. Hay muchísimas otras, por supuesto. Pero en el plano de la cultura, hundida durante tantos años en un pantano de censuras, listas negras, hogueras y prohibiciones, la imagen de Cortázar reconocido y abrazado por una muchedumbre, resume de algún modo el triunfo de la libertad y de la memoria sobre la torpeza de una dictadura ignorante (cómo olvidar aquella anécdota que cuenta que un funcionario de la Aduana confiscó un ejemplar titulado Manual de cubismo, por considerarlo una guía doctrinaria de la Cuba de Fidel Castro. La historia, aunque no sea cierta, se antoja absolutamente verosímil).

Hubo muchos días así, en los que empezaba a recuperarse todo. Días valientes que ya asomaban desde las páginas de la revista Humor o en los escenarios de Teatro Abierto; y después, días para empalagarse haciendo colas interminables para ver, escuchar o leer a muchos de los que los militares habían callado o habían expulsado; días más tristes, como aquel en que la intolerancia de algunos retrógrados fue a tirar piedras en la puerta del Teatro San Martín donde Darío Fo (que años más tarde recibiría el Premio Nobel de Literatura) representaba Misterio Bufo. Días en los que se cruzaban debates sobre los que se quedaron y los que se habían ido. Días para reacomodar los sentidos a ese relámpago de voces e ideas sin mordazas, después de tanto oscurantismo.




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