viernes, 6 de diciembre de 2013




Viaje a la sede episcopal




Arturo Madrid Lindsay





Fui a Mercedes el otro día. A los talleres fui. Me gustan esos talleres: hay gente y trajinando, y una casa bien grande, y un parral veterano, y un perro que es amigo mío… y un infierno de papeles y el zumbar de las computadoras y los reniegos del impresor…y un barrio tranquilo donde viven amigos…
Me gustan los talleres…y la gente que trabaja…y los perros amigos…y el barullo de los papeles…
Me fui a  Mercedes, el otro día…
Y como siempre me fui una rato a la Catedral, y descansé un poco y recordé otras catedrales en lugares idos, lugares ahora ya brumosos por el tiempo; esas catedrales que “una escuela diferencial” transformara, tal vez, en único símbolo de consuelo…

A los talleres fui. Y después me vine en un ómnibus medio vacío. Una niñita se ubicó en el asiento frontero. Vestía túnica y moña azul y la inocencia clara de todo escolar…
Y otra niñita a su lado…
Yo venía tomando mate. Y con el rabillo del ojo, al no tener mejor entretenimiento, observaba a las niñitas del asiento frontero. Y había como un revolotear de manos…
Como un revolotear de manos…Y algo muy lejano, algo que venía desde mi niñez entre ingleses y alemanes empezó a removerse en mí…
-¡Quiero caramelos!-
-No podemos comprar, la plata la gastamos en bollos.
-¡Igual quiero caramelos!-
Decían las manos en su revoleo…
Entonces en mi memoria se hizo presente mi tío William.
Tenía un cierto misterio mi tío William. Yo me solía preguntar por qué nunca levantaba la voz; por qué aquella voz tenía como un gutural encanto; y otra cosa que me asombraba –tenía yo entonces como siete años- era la atención con que escuchaba mis palabras. Me miraba fijo a la cara y nunca hablaba hasta que yo terminara. Y otra cosa me asombraba; se hacía el distraído. Si no me veía cerca y de frente, por más que yo gritara no me contestaba…Era así de raro mi tío William.
Hasta que un día la pequeña Jenny me dijo: el tío William es sordomudo, y tuvo la suerte de ir a un lugar llamado Birmingham, que está en Inglaterra, y aprender a hablar…
Fue entonces que la amistad con el tío William se estrechó… y hubo cuentos y risas y anéc dotas de ese lugar llamado Birmingham que quedaba en una tierra extraña más allá de un mundo de siete años…
Entonces mis manos –q       ue habían permanecido mudas desde que el tío William se fue para Jhannesburgo buscando plata solo para encontrar la muerte- comenzaron a revolotear formando balbuceos de siete años…
Y una picaruela niñita de chispeantes ojos negros me contó que iba a la escuela y me mostró sus cuadernos y libros escolares; y me contó de patos y aves que había visto en un lugar de maravillas llamado Mauá. Y me dijo también que me conocía, que yo había ayudado al bautismo de su hermanito en algún barrio de esta Dolores del San Salvador…
Y entre revoloteos de manos y silenciosos balbuceos arribamos a destino.
Entonces compramos caramelos…
Entonces yo, al regreso de ese viaje a la Sede Episcopal, conocí una maravillosa y diferente personita llamada Antonella…

                                                                                                                       


(Pág. 39 de Revista Hum-Bral Nº 6 del mes de junio de 1991)
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