sábado, 6 de septiembre de 2014

Cuentito Medieval

DE MI ENCUENTRO CON “QUIZAPUEDA”, Y DE LAS INTERROGANTES QUE TAL PERSONAJE DEJÓ EN ESTE HUMILDE ESCRIBA TRAS UNA JORNADA DE VIAJE EN LA INACABABLE BUSQUEDA DEL CONOCIMIENTO

                                              


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Amados Cofrades: heme aquí en esta madrugada donde el viento del sur sopla con fuerza sobre esta pequeña, lejana, e ignorada comarca, intentando dirigirme a vuesas mercedes con la claridad que vuestro intelecto merece.
Arrastro una vez más la gastada pluma sobre un amarillento pergamino, mientras busco en mi memoria palabras para contaros otra historia. Trátase esta vez de mi encuentro con quien llamaré “Quizapueda”, apelativo que surge ante el imperio de la necesidad, pues nunca supe el verdadero nombre del caminante que acompañóme durante una jornada entera en el viaje de regreso a mi morada.

Bajaba ese día hacia un verde valle llevando del ronzal a Oberon, mi burro, cuando encontré al hombre de marras sentado bajo unos arbustos a la vera del camino. Ofrecíle entonces un poco de agua de mis odres, obsequio que aceptó con gusto pues carecía de ella en sus alforjas.
Sujeto de edad indefinida, solicitó le permitiese acompañarme hasta el próximo poblado donde –aseguró- visitaría algunos parientes que ha mucho no veía.
Fuese así que emprendimos la marcha por la senda que a veces debíamos adivinar por estar cubierta de maleza, y otras veces aparecía claramente marcada por huellas de caballos y jumentos.
Hablaba el hombre de manera pausada, y su prosa lindando la poesía atrajo de inmediato mi atención. Relatóme angustias de su vida, efímeros momentos de alegría, habló de noches pasadas procurando descifrar interrogantes de la vida, y sobre la ausencia de respuestas  ante el caso.
-Quizá pueda algún día conocer la razón por la cual caminamos la existencia- dijo señalando con un brazo extendido al horizonte, y ante mi silencio continuó:
-Quizá pueda algún día saber si todo cuanto nos rodea es, o solo es aquello que vemos. ¿Cuánto hay de sueño en el soñar? ¿O acaso también es sueño la vigilia?-
¿Existe aquel arroyo que al fondo del valle se avizora? ¿O existe en tanto se interponga en el camino del viajero?-
-Quizá puedas encontrar certezas economizando tus propias ansiedades- ocurrióseme decirle en un momento.
-Quizá pueda- respondió haciendo una pausa para sacar un guijarro introducido en su sandalia.
-Quizá pueda- insistió  mi ocasional acompañante arrojando la pequeña piedra a un lado del camino--Quizá pueda comprender la razón de la palabra, pues si el pensamiento no la necesita quizá su existencia sea prescindible. –
-¿Y qué te asegura que el pensamiento no la necesita? ¿Cómo haríais  para poner en realidad las dudas que te acucian? ¿De qué manera yo, caminando a tu lado en el sendero, podría saber de tus angustias si no las haces cabalgar en el sonido de tu voz?-
Nada dijo el hombre sin edad mientras nuestros pasos levantaban el fino polvo del camino. Tomé provecho entonces del silencio y arremetí decididamente en defensa del vocablo:
-Quizá no sea la palabra signo de gran inteligencia, sin embargo los seres mas embrutecidos la utilizan para manifestar su elemental necesidad. Sólo crece y cobra dimensión cuando nace en cultivado pensamiento, se hace verso en la mente del poeta, imagen en la pluma del escriba, mentira en los labios del Abad, perdón en boca de la madre, y muerte en la sentencia de jueces-

La tarde declinaba cuando llegamos al pueblo a cuya vera nos detuvimos para esperar la noche en un establo abandonado.
Quizapueda había ingresado en el mundo del silencio, y hasta allí estimé oportuno acompañarlo. Compartimos pan y queso tirados sobre un poco de paja amontonada en un rincón de aquel tablado mientras Oberón daba buena cuenta de otra parte, y pronto el cansancio -aliado con el sueño- nos fue llevando hacia ese mundo que a él tanto le inquietaba.
El canto de los gallos regresóme del mundo de los sueños, y el dolor de mis huesos púsome en la realidad de un golpe.
Prestamente recordé el ínfimo lugar del universo que ocupaba y busqué en la aún oscuridad noticias de mi compañero de viaje.
Ya no estaba.

Sobre mi talego abandonado a los pies vivían mis sandalias, y sobre ellas un odre de vino dejado por el hombre quizá como obsequio por haber permitido acompañarme.
Sin embargo aquel encuentro habíame dejado algo más que un arrugado pellejo de piel de cabra. También desde ese día cargo en mis alforjas el recuerdo de aquel hombre -de cuya real existencia a veces dudo- y cuya duda eterna convertida en nombre retorna con frecuencia implacable a mi memoria.
Sin embargo su incesante deseo de poder comprender aún lo más simple no incomoda. He procurado incorporarlo a mis quehaceres, y cada nuevo día al levantar mi osamenta del camastro dígome a mí mismo: ¡quizá pueda!-



Moraleja:
Buscar en los meandros de la mente la razón de una vida trashumante, quizá no logre hacer de un hombre un sabio, pero sin duda que lo hará algo menos ignorante.


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