sábado, 22 de noviembre de 2014

DOS GENIOS DE LA PINTURA ARGENTINA EN UN PROYECTO EXTRAORDINARIO





A los 85 años, Carlos Alonso y Guillermo Roux, dos de las máximas figuras de la pintura argentina, emprendieron la aventura de trabajar juntos. Salvaron diferencias estéticas, ideológicas y geográficas para crear más de veinte cuadros en común.

Carlos Alonso llena los vasos de grapa y ofrece un zarandeo de almendras que él mismo tostó, con aceite de oliva, en el santiamén que permite evitar que se pasen. El sabor aguardentoso y salado se mezcla con el sonido de benteveos y zorzales, reyes del aire serrano. Guillermo Roux, el invitado, mira con admiración un retrato de Lino Spilimbergo tomado en 1937 por la fotógrafa alemana Grete Stern. Hay tardes que merecen ser eternas, como ésta gris en Unquillo, donde dos potencias de la pintura argentina se saludan.
Es el momento cumbre de una aventura que lleva dos años, en la que Alonso y Roux decidieron trabajar juntos, combinar miradas y volcar en cada tela 140 años de experiencia entre los dos, un récord mundial. Es que ambos empezaron a pintar a los 15 años y acaban de cumplir 85, la edad en que los desafíos tienen gusto a travesura.
-Imaginamos un mural, que nunca hicimos, y luego surgió esta posibilidad -evoca Alonso.
-Se me ocurrió que podíamos compartir el papel, el mismo espacio -acompaña Roux, mientras ambos se acomodan en dos sillas de paja que parecen recortadas de un cuadro de Van Gogh.
Con el plan acordado, había que resolver dificultades: la distancia física, la yuxtaposición de estilos, la confluencia de egos, el alboroto de las dos biografías.
En línea recta, el estudio cordobés de Alonso queda a 755 kilómetros del refugio porteño de Roux. Los Da Vinci de la era moderna no han inventado aún un caballete tan largo, así que Alonso y Roux resolvieron mandarse los cuadros por tierra. La mitad de la pintura salía despachada, con la otra mitad en blanco, y el destinatario le ponía las frutillas, la crema, los trazos finales.
Para eso necesitaban un mensajero discreto y lo encontraron en el educador Horacio Sanguinetti, quien fue rector del Colegio Nacional Buenos Aires, dirigió el Teatro Colón y es miembro de la Real Academia Española. Curioso el destino: a un amante de las palabras, la buena música y el mejor decir le asignaban ahora la responsabilidad de custodiar colores. Y así, a sus 79 años, Sanguinetti fue y vino por la ruta 9 con un tesoro en el baúl.
Las primeras telas se poblaron de objetos de cocina, retratos, autorretratos, pero sin que se estableciera la conexión entre los dos pintores.
-Me mandaste unos dibujos donde habías tomado el 70 o el 80 por ciento de la página y me pareció que no era parte del pacto. Tenías que usar el 50 por ciento o menos. Yo me quedé en el molde hasta que lo blanqueé. La propuesta necesitó un acercamiento -recuerda Alonso.
-Cierto, el comienzo no fue sencillo. Incluso si sólo ocupaba mi mitad, aquellos dibujos estaban cerrados, no le abrían la puerta a un complemento ni invitaban a tu intervención -aceptó Roux.
Alonso decidió tomar la iniciativa y en una tela dibujó apenas una mano. Ahí sobraba el lugar para la creación de Roux, mujeres desnudas, alas de mariposa, pájaros tallados en madera. Empezó entonces un nuevo diálogo, una sonata para piano a cuatro manos. Se fundían, ahora sí, dos paletas hechas de distinta madera.

Los dos pintores nacieron en 1929, año en que apareció La rebelión de las masas, de José Ortega y Gasset, y Adiós a las armas, de Ernest Hemingway, y cuando el conde alemán Hermann Keyserling, fundador de la Escuela de la Sabiduría, definió a los argentinos como "personas tristes". Alonso se afilió al Partido Comunista a los 16 años. Prefería pintar vísceras a retratos perfumados. Ilustró el Quijote, la Divina Comedia y el Martín Fierro. Por atropellos policiales contra tucumanos, participó de la resistencia a través de un mural, que se denominó Villa Quinteros también es América. La última dictadura lo empujó al destierro y, en 1977, le dejó una herida perpetua: la desaparición de su hija Paloma. Alumbró series bajo el terror. El hambre y la carnicería humana poblaron sus cuadros. Lo pusieron en una lista negra, lo consideraban peligroso.
Volvió al país en 1981, cuando las patotas seguían activas. Conoció a Aníbal Troilo y a Astor Piazzolla, retrató a Vittorio Gassman, compartió exilio con Mercedes Sosa y fue amigo de Osvaldo Pugliese, quien le dedicó un tango con un título sin metáfora: Al artista plástico Carlos Alonso. En 1984, apenas volvió la democracia, presentó Manos Anónimas, su obra más comprometida. Militares invaden una habitación, donde cuelga una media res, a punta de fusil. Y su pincel es denuncia.
Roux se ganó la vida con historietas, libros de bolsillo y publicidades de electrodomésticos. En Estados Unidos, dibujó cowboys, ollas y sartenes. Y en Argentina, pasó a tinta china dibujos del cacique Patoruzú, hechos primero en lápiz por su creador, Dante Quinterno. En la edad madura, su arte figurativo llegó a galerías de Londres, París, Munich y Nueva York. Sus retratos fueron admirados y, en 1990, fue incorporado como miembro de la Academia Nacional de Bellas Artes.En el 2000, hizo la escenografía de la ópera Il Turco in Italia, de Rossini, para el Teatro Colón. Y siempre llamó a sus producciones "trabajos", más que "obras maestras".
Pero esa profesionalización no le impidió acercarse de grande a un andarivel frecuentado por Alonso, el de la pintura como expresión ciudadana. Roux ya tenía 80 años cuando realizó el mural La Constitución guía al pueblo, una marcha de obreros junto a una República joven, que decora la Legislatura de Santa Fe.
-De jóvenes no nos dábamos bola -recuerda Alonso- pero fuimos conociéndonos. En los ‘60, leí un reportaje donde vos, Guillermo, decías que para pintar te alcanzaba una manzana y yo no estaba de acuerdo. Nosotros estábamos en una batalla para integrarnos a la sociedad. Yo quería militar, hacer ese paso completo de ser pintor y estar comprometido con lo social, lo político y lo ideológico. Ahora estamos más cerca con vos porque yo perdí todo eso. Vos seguiste haciendo lo tuyo y yo me acerqué mucho más. Me despojé de todas esas mochilas ideológicas, porque fracasaron en la sociedad, porque se rompieron, porque las asesinaron y entonces eso ya no está más en mí. Me llevó mucho tiempo curarme. Venirme a Unquillo hace 22 años fue para sanarme de mi tragedia personal y de la tragedia del país. Afortunadamente, me quedó la pintura. Ahora estamos iguales, Guillermo, para pintar, ahora me basta una manzana.

Yo no tuve esa vocación política, éramos de distinto palo. Pero a nuestra edad hemos llegado a una concreción en lo individual, entonces pudimos armonizar, limar diferencias, apaciguar personalismos y completar estos 20 dibujos. ¿Podemos ver los últimos? -pregunta Roux ansioso, expectante, intrigado.
Y lo que viene es el instante más sensible de esta cumbre pictórica, porque Alonso abrirá esa caja de madera de 60 centímetros por 80 que aguarda en un rincón de su atelier, mostrará a Roux las mitades que desconoce y esperará su reacción, sin saber si su acción en la tela será aceptado por su compañero o abrirá una grieta.
Alonso apoya tres autorretratos de Roux, que de Buenos Aires le habían llegado con fondo blanco. Ahora tienen un tornado amarillo detrás, pinceles aferrados a una mano, un paisaje cordobés. Cada cuadro -como sus autores a lo largo de siete décadas- ha sufrido una transformación. Lo mismo pasa con la escena de un gato negro que ha enchastrado el suelo con sus patas en carbonilla, con una cafetera y con un florero de Roux. De pronto, a dos milongueros que bailaban en soledad les aparecen otras dos parejas en la pista y un hombre aferrado a un bandoneón.
Los dibujos se han enriquecido. Ahora están al cobijo de fondos sorprendentes, inesperados cuando la pintura comenzó.
-¡Son lindísimos! ¡Cómo ganó todo! Es un salto adelante enorme, una novedad absoluta, me parece de una originalidad y de un estilo notables. No hay una continuidad de estilos, pero el milagro es que se combinan. ¡Estos sí que funcionan! -se fascina Roux, mientras Alonso saborea otro vasito de grapa, de malbec orgánico.
-No te imaginabas esto, ¿no? ¿Viste cómo sorprende lo imprevisto? No se sabe bien adónde empezó uno y adónde el otro. No hay una ruptura, sino que se produce algo nuevo. Es una cosa mágica. Yo estoy muy feliz -acompaña Alonso.
-Es una demostración de que hay todo un mundo que se nos abre. ¿Quedan chances de hacer ese mural que nos quedó pendiente? Es fantástico esto, Carlos: ¡Entre los dos inventamos otro pintor! -se emociona Roux.
Su entusiasmo conmueve hasta al ángel de yeso que adorna la pared. Dos hombres de 85 años hablan de un sueño cumplido, pero también de futuro. Y uno de ellos insinúa que deberían treparse otra vez a un andamio, para dejar sus improntas a buena altura.
Hay una escalera de aluminio en el estudio de Alonso que el anfitrión prefiere no subir. Le duele la rodilla, la espalda, el tiempo. Recupera fuerzas cuando muestra a su socio las pinturas compartidas. No es el bastón el que le envara, es la satisfacción de una conquista:
-Pasamos de una etapa de los palotes a consagrar una forma que logró su esplendor. En la primera serie, Guillermo, los rostros parecían los de una moneda. Pero después logramos salir de nuestros repertorios, porque teníamos un punto de partida que no era el propio. Así, los dibujos empezaron a tener un final inesperado. Y se produjo una revolución de los contenidos.
Se miran los dos pintores que ahora son uno, como Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares tramaron ser un único escritor, Honorio Bustos Domecq, narrador inventado de relatos detectivescos. Alonso y Roux han rechazado ser una pareja de nado sincronizado, donde los componentes calcan sus movimientos, como si estuvieran en espejo. Son más bien una dupla de tenis, en la que ambos intercambian roles y se cubren las espaldas. Roux se acuerda de Carlos Gardel y José Razzano, que cantaron juntos durante 14 años, hasta que Razzano se quedó sin voz.
La muestra de Alonso y Roux abrirá el 27 de noviembre en la galería RO y se llamará Mano a mano, como el tango de Celedonio Flores que en sus versos finales dice: "Y mañana cuando seas descolado mueble viejo/y no tengas esperanzas en tu pobre corazón,/si precisás una ayuda, si te hace falta un consejo,/acordate de este amigo que ha de jugarse el pellejo/pa'ayudarte en lo que pueda cuando llegue la ocasión".
Y la ocasión llegó para estos dos tipos audaces.
-Nos faltan cinco cuadros para completar la exposición, Guillermo. Yo ya tengo mis cinco últimas "mitades" listas, ¿vos llegás?
-Voy a ponerme a trabajar, Carlos, está bien que andamos con bastón, pero reflejos todavía tenemos, ja, ja.
Teresa Echeverría y Franca Beer, las esposas, se suman a las bromas. Cuenta Franca, la mujer de Roux, que la reunión casi fracasa por un regalo que traían y que la policía aeroportuaria consideró "sospechoso". Eran 12 fijadores para carbonilla Winsor & Newton, un producto garantizado por la Corona británica. Fueron retenidos en el aeroparque metropolitano y el avión no despegaba, hasta que un funcionario dejó pasar la mitad del obsequio para Alonso: seis aerosoles.

Durante la espera, Roux desplegó sus lápices de colores sobre una foto que mostraba un abrazo entre los dos papas, Francisco y Benedicto XVI. En unos minutos, los pontífices tenían la cara de los dos pintores.
-Tremendo, ni se nota tu intervención, ¡qué buenos retratos! ¡Y yo sería Francisco! -se rió Alonso de la chanza.
-Sí, y yo soy el más chiquito, como Guillermo Tell.
Están en yunta dos espíritus afines. Sintonizan hasta la autocrítica:
-A veces, algún retrato me sale bizco -se sincera Roux.
-Y a mí, por dibujar sentado, a menor distancia que cuando lo hacía parado, algunos rostros se me distorsionan -comenta Alonso.
No es lo que sucede con sus últimos aportes a la causa común. Como un mago, Alonso saca de la galera un autorretrato donde grita su bronca, un florero, el rostro de sus seres queridos, Teresa y un nieto. Está su esencia vital y la naturaleza muerta que le permite aproximarse a las formas preferidas por su partenaire, que no tendrá problemas en ponerle sal y pimienta al manjar.
A esta altura, afinan como los palestinos e israelíes que conforman la orquesta de Barenboim. Se miran con el cariño que Pablo Picasso le tenía al argentino Francisco Bernareggi, su entrañable compañero de estudios en Madrid. Se reparten las últimas almendras y dan los últimos sorbos a la grapa.
Anochece en Unquillo. Bajo un techo de cañas, Alonso y Roux conversan en un banco como el de las plazas. Miran esculturas de Lucio Fontana. Se funden a negro las sierras que a la tarde fueron verdes. Y Alonso tiene una anécdota más:
-Una vez vi un dibujo original que jamás salió publicado, era un Picasso. Estaba él frente a Bernareggi, caballete contra caballete. Los dos se estaban dibujando.


Fuente: www.clarín.com.ar
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