sábado, 27 de junio de 2015

Un nuevo round en la pelea por “El Aleph”



La Cámara de Casación dio la razón a María Kodama y el autor apeló el procesamiento. Pablo Katchadjian, demandado por su reescritura ampliada del cuento de Borges, recibió el apoyo de la comunidad literaria.


POR MAURO LIBERTELLA



“¡Nacionalización de los derechos de la obra de Jorge Luis Borges!”, pedía el colectivo La Bioy Casares en 2011, cuando explotó la disputa entre Pablo Katchadjian y los abogados de María Kodama. Pero vayamos cronológicamente. En 2009 el escritor argentino Pablo Katchadjian publicó un pequeño libro que se llama El Aleph engordado (parte de una trilogía argentina inconclusa, de reescritura de textos centrales del cánon nacional, de la que se editó El Martín Fierro ordenado alfabéticamente) en donde toma el cuento emblemático de Borges y le agrega frases, palabras, giros e incluso imágenes y grabados. Lo interviene, digamos. “Publicó” es, además, una palabra excesiva: una tirada de no más de 200 ejemplares para amigos componía la totalidad material del experimento con la tradición. Un procedimiento de larga data, que no es nuevo, y que el mismo Borges tematizó en cuentos y ensayos sobre el pastiche como motor literario (“Pierre Menard, autor del Quijote” es su texto icónico en ese sentido).
Dos años después María Kodama (heredera de la obra de Borges) inició una querella legal contra el autor, amparándose en la ley 11.723 y acusándolo de defraudación de la propiedad intelectual. Katchadjian fue sobreseído pero la querella apeló. En segunda instancia confirmaron el sobreseimiento pero la querella volvió a apelar. Y la Cámara de Casación ahora dio marcha atrás y procesó al autor con un embargo de 80 mil pesos sobre sus bienes. Ese es el esquema, en resumidas cuentas, de la cuestión legal. El abogado de Katchadjian, el escritor Ricardo Strafacce (autor de varias novelas breves y de una gran biografía de Osvaldo Lamborghini) apeló este procesamiento y están esperando la definición de este largo y fatigoso ida y vuelta, que también tiene gran dramatismo para el joven autor, nacido en 1977.
Lo que dictamina la Cámara de Casación es que Katchadjian usó el texto de Borges sin pedir permiso. Pero en la edición del libro en cuestión viene una postdata donde el autor indica y advierte que está trabajando sobre un texto preexistente y reconocido, el cuento “El Aleph”. La elección del cuento, por otra parte, no es casual. César Aira escribió al respecto: “En El Aleph engordado Katchadjian realiza dos operaciones donde parece efectuar una. Amplía un cuento famoso, pero además el cuento que amplía es 'El Aleph'. Y la elección está justificada por la ampliación latente en el centro del Aleph, es decir en el Aleph mismo”. Agreguemos sobre el título que no es invención; Aleph es la letra alfa, la a del alfabeto hebreo. Sobre el cierre de la postdata en cuestión, Katchadjian apunta: “Con respecto a mi escritura, si bien no intenté ocultarme en el estilo de Borges, tampoco escribí con la idea de hacerme demasiado visible: los mejores momentos, me parece, son esos en los que no se puede saber con certeza qué es de quién”. La existencia de esa postdata, afirma Strafacce, le quita un posible carácter doloso al hecho, y la defraudación solo se admite en forma dolosa; si no hay dolo, no hay defraudación.
El hecho judicial generó una serie de fervorosas adhesiones a Katchadjian (el viernes 3 de julio, a las 19 horas, se realizará un acto por el “desprocesamiento” simbólico en la Biblioteca Nacional) y un puñado de intervenciones teóricas que tratan de pensar el tema de la intertextualidad, el derecho de autor, el plagio, el copyleft y otras aristas de propiedad intelectual en la era de las reversiones musicales y versiones textuales corruptas que reinan en la web.
La narradora Pola Oloixarac, en la columna “Hijos terroristas de Borges”, publicada en el sitio web La Agenda del gobierno porteño, sostiene que María Kodama, por quien confiesa su simpatía, y su política siempre persecutoria de cualquiera que quiera usar para algo propio un texto de Borges son en realidad tangenciales. El problema, sostiene, está en la ley 11.723: “En suma, la práctica de witch hunting (cacería de brujas) a la viuda embrutece y oscurece el problema real, que es la ley: la Ley 11.723 no debería perseguir a quienes pueden probar que no lucran con las obras de otros en sus experimentos literarios; asimismo, es importante modificar la ley para que contemple poder hacer obras de arte con materiales artísticos existentes (…) Me extiendo en estas consideraciones porque me parece baladí sostener el argumento Corporaciones Malas versus Arte Bueno instanciado en Kodama y el Establishment Literario versus El joven Escritor Marginal. El texto en discusión acá es el de la ley y la interpretación de la ley en tiempos de copyleft”.
Otros han discutido directamente el uso que Kodama hace de la obra de Borges. La ensayista Beatriz Sarlo, en un testimonio recogido en el blog de Eterna Cadencia, apunta sobre otro tema importante y afín, el uso de las obras por parte de los herederos: “Los herederos no están siempre en condiciones de mirar un texto desde la perspectiva (en este caso irónicamente muy borgeana) de la circulación de escrituras entre obras de diferentes autores. Sólo piensan que el texto que han heredado es sagrado (y económicamente sagrado, en primer lugar)”. El novelista Patricio Pron trabajó también el tema en su más reciente libro de ensayos, El libro tachado, donde escribe: “[El caso] pone de manifiesto el enfrentamiento que se produce actualmente, no solo en el ámbito literario, entre dos concepciones de la literatura: la primera, remanente, se articula en torno a la figura del autor y a la idea de que el sujeto individual tiene también algo personal y 'nuevo' que comunicar y que esto constituye algún tipo de propiedad de la que es usufructuario; la segunda, relativamente nueva, gira alrededor de la noción de 'archivo'  y de las manipulaciones a las que se lo puede someter gracias a las nuevas tecnologías, que permiten copiar y modificar los textos de tal modo que, tras sucesivas intervenciones, la autoría es prácticamente imposible de determinar, produciéndose una 'radical desjerarquización de la literatura como institución, cuyos modelos se pierden y oscurecen a propósito entre la nueva floración de lo que son las réplicas, las serializaciones y los reenvíos'”.

El debate es largo y excede el espacio de estas líneas. Quizás, por lo pronto, el respaldo de los escritores de todas las generaciones a Pablo Katchadjian sepulte definitivamente esta demanda y ahí sí, ya sin la sombra del juicio revoloteando sobre las cabezas de los implicados, se pueda pensar cuál tiene que ser la ley de propiedad intelectual para el siglo XXI.


Extraído de:  http://www.revistaenie.clarin.com/

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