jueves, 13 de abril de 2017

A un año de la tragedia

Dolores duele y conmueve

Nada evitará que escampe



Aldo Roque Difilippo


Una confusión de sentimientos encontrados surgen a cada paso en Dolores: desazón, solidaridad, resignación, generosidad; y muchos más. Al panorama devastador que significa recorrer cada palmo de la ciudad en medio de la nada que para muchas familias significó ver sus casas literalmente en el suelo, hay que agregarle la humedad, la lluvia continua, el chapalear barro y agua intentando recuperar lo poco que queda, retirando escombros, ramas, chapas, hierro y todos los elementos que se pueda imaginar en una tarea que parece no tener fin; desgastante física y sicológicamente. Doble o triplemente dolorosa; en lo físico, en lo anímico y en lo espiritual, pues queda la sensación que cualquier cosa que se haga será poca o escasa para todo lo que se necesita.

En una esquina un hombre con los brazos en jarra mira, quizá sin dimensionar lo que ve, un montón de escombros de lo que hace apenas unas horas era su casa, el lugar que quizá levantó con sus propias manos durante largo tiempo y que en una fugaz porción de segundos quedó reducida a nada.
Lo contradictorio de todo esto radica en la fugacidad de 3 o 4 minutos que resultaron eternos en medio de ese caos del ruido, y el volar de vidrios, ramas, mampostería y los más diversos elementos que quedaron desperdigados por todas partes.


Al lado del hombre pasa otro, y otro, quizá sus vecinos o el doloreño del otro barrio que tampoco comprende la dimensión de la tragedia y que, los que llegamos allí recién podemos dimensionar a través de las primeras imágenes aéreas aportadas por los drones de la Policía, y que dan un mapeo de la devastación. Es que el caos no da respiro, no da tregua, y la capacidad para magnificarlo comienza a aparecer recién cuando uno toma distancia, porque al transitar las calles, parece dramáticamente normal ver todo por el piso, hundir los pies el barro, ver como alguien aparentemente sin un sentimiento de dolor remueve las cosas, porque son sólo eso, cosas informes, deformadas, abolladas, rotas, sucias.

Es que quizá no hay lugar para tales lujos y la urgencia está en salvar lo que se pueda, en apretar los dientes, mirar sin sentimientos las cosas y apartarlas a un costado para intentar recomponer lo que pueda salvarse.

Una mujer camina por el medio de la calle esquivando basura con su niña de la mano. Un perro con la vista más resignada que la de su dueño busca infructuosamente el rincón de la casa donde solía echarse; y otra mujer coraje y rebeldía en ristre dirige una cuadrilla de hombres y mujeres que no dejan de moverse por todos lados.

No hay tiempo para llorar, y nadie llora. No hay tiempo para quejarse, y nadie se queja, ni siquiera hay tiempo para el cansancio que empieza a subir por las pantorrillas y las caderas.

Y es que todo se va al ver llegar a otros desconocidos, sin nombre pero con las manos prestas para a la solidaridad.


De todas partes, casi de inmediato llegaron a Dolores cuadrillas de obreros organizados y los improvisados también, que se pusieron a la orden de la urgencia, que aportaron lo poco que tenían, y que allí es mucho. Sus manos, su esfuerzo, el músculo y la rebeldía para ayudar al que lo necesita. Y se los ve por todas partes: manejando un camión, llevando cosas de un lado al otro, removiendo escombros y ramas, distribuyendo las donaciones, haciendo lo que debe hacerse.

Pude verlos en esa tarea, bajo la lluvia y sin guarecerse. En medio de la noche sin mirar el reloj, porque por estos días la jornada es corta para todo lo que se necesita hacer.

Una trabajadora municipal intenta dirigir el tránsito que no cesa en una de las tantas esquinas cortadas. Hace horas que realiza esa tarea, y parece que recién está ahí, con todas sus energías y la seguí viendo, horas más tarde, empapada, bajo la intensa lluvia intentando dar un poco de orden a la circulación de todo tipo de vehículos que pasaban de un lado al otro. Más allá un hombre trepado a una escalera, otro más allá con sus guantes o sin nada colocando un nylon, desprendiendo un pretil que amenazaba a caerse, retirando vehículos o cosas que quedaron aplastadas por los escombros. Del otro lado un Policía aportando lo suyo, o un militar, pala en mano removiendo material para cargarlo en un camión. Más allá otro trabajador anónimo haciendo su parte sin pedir descanso.


La solidaridad
Las muestras de solidaridad aparecieron por todos los sectores de la sociedad. Se organizaron campañas de recolección de alimentos y ropa para los damnificados, que en la tarde del viernes comenzaron a llegar y ser acopiados para su distribución en el galpón donde funcionara la fábrica Janka.

Recorriendo las calles del barrio Calvo de Dolores, mientras los vecinos acarreaban material, palos ramas y chapas para limpiar sus casas apareció una camioneta con varios jóvenes en su caja que ofrecían un plato de comida caliente a quien lo quisiera. “Vecina, hay guiso calentito, está recién hecho”, decía un joven mientras otros servían en unos recipientes para que los integrantes de las familias tuvieran comida. Nos acercamos a preguntarle de qué institución eran y la respuesta nos sorprendió, “de ninguna. Somos un grupo de amigos que no podíamos quedarnos a mirar televisión cuando hay familias que precisan. Un amigo tiene un restaurante y le propusimos la idea. Nos pusimos a cocinar y acá estamos”. Así de simple y de significativo fue su gesto. Al igual que el de los jóvenes que se organizan sin un a jerarquía que los conduzca para acarrear todo lo que se necesita. Y los seguí viendo, repartiendo ropa desde la caja de un camión, aprontando comida para los que trabajan; empapados, como una muchachita menuda
y sonriente que me encontré en el barrio Altos de Dolores, con planilla y lapicera en mano preguntando por los niños, qué medicamentos precisaban, o si acaso les hacía falta zapatos o comida. La vi aparecer por la calle de barro con una campera roja y empapada, y no dejó de sonreír cuando intercambiamos algunas palabras. Parecía una Caperucita Roja bajo su capucha 
colorada intentando proteger de la lluvia su libreta donde meticulosamente apuntaba todo; y se metió sonriendo a una casa desvencijada por el tornado desde donde emergieron un par de cabecitas infantiles que agradecieron con otra sonrisa esa visita.

La ciuad de las linternas
La ciudad de Dolores se encuentra no solamente devastada sino prácticamente aislada. El temporal dio por tierra la antena de Radio San Salvador. También la antena de Antel, por lo que no hay comunicación con el exterior, o por lo menos es muy limitada. A ello se le suman las continuas lluvias que han hecho de que crezca el río San Salvador y los arrojos de la zona.


Al recorrer las calles doloreñas y dialogar con sus habitantes la pregunta surge en todos lados: “¿qué está pasando?” ya que las noticias se trasmiten prácticamente boca a boca. En gran parte de la ciudad no hay señal para el celular. Los tendidos eléctricos y del teléfono terminaron en el suelo, por lo que sus habitantes están prácticamente incomunicados.

El domingo quienes visitamos Dolores, al salir debimos realizar un largo periplo, esquivando pasos cortados por la creciente.

Al llegar la noche Dolores se convierte en una ciudad literalmente a oscuras. Recorriendo sus calles emergen de las ventanas siluetas de personas alumbradas a vela o farol a mantilla, que han decidido quedarse ahí para evitar que les roben.

En las calles, los que la transitan, lo hacen linterna en mano y se pierden en la inmensa oscuridad. Cada tanto, también linterna en mano, efectivos de la Guardia Metropolitana, caminan en grupos de a tres; y cada tanto, casi en una visión de película bélica, puede verse a grupos de militares en transitar las calles sobre camionetas pertrechadas a guerra y alumbrando con potentes focos. Mientras un ambiente de tristeza y desolación se apodera de todo el ambiente.

El domingo el Presidente de la República visitó la ciudad. Sin traje, ni protocolo ni custodia, el Dr. Tabaré Vázquez fue directamente a la zona más golpeada de la ciudad, el barrio Altos de Dolores, donde la mayoría de las viviendas de modestos trabajadores están esperando que llegue o una máquina municipal o una cuadrilla a derribar lo poco que queda en pie. Casas con grietas que suben desde sus cimientos. Techos de hormigón en el piso convertidos en escombro; y el barro espeso y penetrante como escenario de todo. Que dificulta el paso, que hace pegar la humedad a los zapatos y los pantalones, y que deja una extraña sensación que será más difícil de lo que se intuye la reconstrucción de la ciudad.


El Presidente se bajó del auto y caminó entre los vecinos. Los saludó, los escuchó quejarse o llorar, quizá como un tío viejo que llega a consolarnos en un momento de desgracia. Habló poco y escuchó mucho, y se quedó mirándolos serio, sin que eso fuera una pose para la foto.

Quizá sólo ahí algunas mujeres se dieron un respiro y se permitieron la licencia de llorar un poco. Quizá apenas ahí los hombres bajaron algo la cabeza y se quejaron por lo que les había tocado en suerte. Después siguieron trabajando.

El Presidente se fue con esas imágenes en la memoria. Con la fotografía de una sociedad devastada por el fenómeno climático pero no doblegada. Golpeada, pero con la suficiente rebeldía como para continuar.


Y siguió lloviendo.
Seguramente siga lloviendo por varios días más, pero nada evitará que escampe, que el terreno seque y que las manos 
vuelvan a levantar paredes, a poner techos y soñar.



(*) fotos: Aldo Roque Difilippo




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