“Desembarqué en la tierra cuando descubrí la injusticia, el abandono, la humillación”
Entrevista realizada por
Rolando Revagliatti
1 — Residís en el populoso barrio de Balvanera pero naciste en el ahora más bien residencial barrio de Villa Pueyrredón.

Mi padre
fue un obrero del vidrio, trabajador en la industria de los letreros de neón.
Mi madre, un ama de casa, que había querido ser profesora de francés, pero
terminó siendo modista, como quería mi abuelo.
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Eduardo Mileo con Alberto Muñoz |
Vi el
desembarco del hombre en la Luna cuando era un adolescente que recién se
iniciaba en los misterios del lenguaje, y en otros misterios no menos
lingüísticos. Pero también desembarqué en la tierra cuando descubrí la
injusticia, el abandono, la humillación. Desde ese momento luché contra esas
formas lamentables de lo humano.
Me recibí
de bachiller en el Colegio Nacional de Buenos Aires y comencé a estudiar
Medicina. Aunque no llegué a recibirme, fui docente de Anatomía durante diez
años en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, y también en
la Universidad de Morón y en la Universidad Austral. Mi relación con la
medicina siempre fue una suerte de amor postergado. Tuve que dejar la carrera
debido a la muerte prematura de mi padre (tenía 43 años cuando murió), y
abandoné la facultad cuando la tristemente célebre dictadura militar de 1976
tomó el poder. Mucho tiempo después volví a retomarla, especialmente para
estudiar Anatomía, materia que siempre me apasionó, y para dedicarme allí a la
docencia: fui miembro del Departamento de Docencia y coordinador de la Escuela
de Ayudantes de la III Cátedra de Anatomía de la Facultad de Medicina de la
UBA.
2 —
¿Puedo nombrarte a Galeno, Aristóteles, Erasistratus, Andrés Vesalio,
Leonardo da Vinci, Paracelso, Pedro Jaime Esteve, Eustaquio…?


El “De humani corporis fabrica”, de
Vesalio, debe ser uno de los
primeros libros de anatomía publicados. Juan Valverde de Amusco, un
contemporáneo suyo nacido en España, es también un destacado anatomista, autor
de “Historia de la composición del cuerpo
humano”. Los dos tienen en común la presentación de disecciones como si se
tratara de una puesta en escena: los cadáveres disecados están dibujados en
poses teatrales, apoyados sobre tarimas en algunos casos, o sosteniendo su
propia piel como si fuera un abrigo que acaban de sacarse. Artificios para
burlar a la muerte, o para prolongar la dignidad del cuerpo vivo en el inerte.
Los más modernos son más realistas: el “Tratado
de anatomía humana”, de Léo Testut, ya no ofrece esa visión, sino que se
destaca por sus descripciones, de una minuciosidad extraordinaria. Es notable,
pero su relato te hace ver los rincones más recónditos del cuerpo en tres dimensiones.
La “Anatomía de Gray” está en la
misma línea, pero se actualiza constantemente, agregando los últimos
descubrimientos en histología o en fisiología, especialmente en el apartado de
neuroanatomía.
3 — “Tiendas
de campaña”, de 1985, según leo en la contratapa, “está basada formalmente en la unidad de los cuatro libros que
contiene: “Ánforas”, “El fuego circular”, “Címbalo natal” y “Personas de la sombra”.
EM — 1984 fue un año de gran producción poética en mi vida. Llevaba una carpeta
de cartón, de las que tienen forma de caja y se cierran con un elástico, llena
de hojas A4 con poemas, más de quinientos. De esa hipérbole productiva salió “Tiendas de campaña”. Los poemas que contiene profesan
estéticas diversas y por esa razón fueron agrupados en cuatro libros. Allí
ofician como partes de uno solo. Parece que la estrechez económica propende a
la unidad. “Ánforas” está compuesto
por trece grupos de dos poemas cada uno titulados con números romanos: un poema
en página par desarrolla un estado de acción, el modo en que un personaje se
enfrenta a su realidad en varias situaciones existenciales; el otro poema,
enfrentado en página impar, es una suerte de haiku que sintetiza la acción. “El fuego circular” contiene poemas que
navegan en una angustia erótica. El cuerpo se despedaza y vuelve a juntarse en
un movimiento ondulante. Las aguas se agitan, se calman, son una y varias en el
vaivén. En “Címbalo natal”, la
infancia duerme su larga siesta vigilante: el espejo de la paternidad nos
refleja, y en los hijos por venir somos nuestros padres que están a punto de tenernos.
“Personas de la sombra” trata de la
imposibilidad de nombrar; las cosas escapan de las palabras y éstas se ven
obligadas a inventar el mundo.
En líneas
generales, mi primer libro, “Quítame
estas cruces”, respondía a la necesidad de enfrentar una época de absoluto
oscurantismo, como fue la de la dictadura militar de 1976-1983. Son textos
generalmente más largos, más crípticos; gritos que buscan su cuerpo para
actuar. “Tiendas de campaña” emerge
de esa época y es un cuerpo fragmentado en el tiempo y el espacio, y también
—por qué no— mutilado. Un cuerpo que, como el de Túpac, apunta sus miembros
deshechos a los cuatro puntos cardinales. Una pregunta que se responde en
silencio.
4 — Compartamos con
nuestros lectores, Eduardo, del prólogo a “Dos
épicas”, su demoledora frase final: “En
una época sin ética las virtudes no se celebran: se padecen”.
EM — Un sistema cuya ética es la maximización de la ganancia no puede sostener
los valores que su propia clase dirigente —la burguesía— dice profesar:
libertad, igualdad y fraternidad. La burguesía es una clase que dejó de creer
en sí misma. En una sociedad explotadora la virtud sólo puede funcionar como
ironía o como hipocresía.
5 — “Dos épicas”, informemos, está constituido por tu libro “Cangas de Narcea” (“pretende ser un poema épico cuyo héroe es el
paisaje”) y por el titulado “La caza
del puma”, de Alberto Muñoz.
EM — “Cangas de Narcea” es un tributo a mis abuelos maternos, asturianos los dos. Es un largo
poema en prosa construido por fragmentos que relatan la vida de varios
personajes en un pueblo de campesinos. El paisaje tiene una importancia central
en el poema y actúa sobre los personajes como uno más. En territorios de
escasez, el paisaje, la naturaleza —y la relación que se tenga con él/ella—
puede determinar la vida en todos sus aspectos. “Dos épicas” fue el resultado, como también dice el prólogo, de la
necesidad: para alguien que vive de su trabajo, publicar no es sencillo, pero
si se juntan dos voluntades —y dos amistades— resulta, además, placentero.
6 — En 1989 grabaste un
casete que yo oí no menos de cinco o seis veces: “Mujeres”. Recitabas poemas
del libro que aparecería un año después (y que tendría segunda edición en
2005).
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Eduardo Mileo con Hernán Schillagi, Diego Roel, Bruno Di Benedetto, Fernando G. Toledo, Ana Lafferranderie, Silvia Castro, Alfredo Luna, etc. |
EM — Ese casete fue editado junto con otros dos: “Historias de la gran boa”, de
Javier Cófreces, y “Lo que sale una trompeta”, de Alberto Muñoz, que es un
radioteatro. El título, “Mujeres”, que es también el de uno de mis libros, se
debe a que en ese casete leo, fundamentalmente, poemas de ese libro. Siempre me
interesó la lectura de poesía en voz alta. La tradición oral de la poesía se
mantiene, aún hoy, en muchos sitios en Buenos Aires. Es sugerente que, a pesar
de que los libros de poemas tienen una venta fantasma, los ambientes de lectura
se mantengan e, incluso, se multipliquen. Hay algo en la presencia, en la voz,
en el ritual de la palabra compartida, que impulsa a la reunión. La primera
edición de “Mujeres” es de 1990. En
2004 escribí los poemas que se agregaron a la segunda edición. Fue un hallazgo
comprobar que podía recuperar el tono de aquellos poemas sin esfuerzo. Hoy creo
que podría agregar poemas a ese libro en cualquier momento: ese tono está
grabado en mí, ha dejado una huella indeleble.
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Eduardo Mileo con Javier Cófreces en 2011 - Foto Mariana Ruddock- |
7 — La edición que yo tengo
de “Mujeres” (1990) cuenta con un no
anunciado, ni en tapa ni en ninguna página, y por lo tanto inesperado epílogo
—“Sonrisa del doblez”—, excelente, de Reynaldo Jiménez. Él afirma, por ejemplo,
que tu poesía “se hace abstracta por
irradiación de su hiperrealismo”.
EM — Reynaldo Jiménez es uno de mis poetas preferidos. Generosamente, escribió
ese epílogo al libro. Además de un gran poeta, es un crítico agudo, con una
visión muy personal de la poesía, que se manifiesta también en su propia
producción poética. Esa afirmación es desconcertante, pero sólo
superficialmente. Cada poema del libro propone una minibiografía de una mujer,
pero en su totalidad podría ser leído como varias situaciones en la biografía
de una sola mujer. El lenguaje es sintético y puntual, enfocado siempre a un
lugar preciso. Eso podría ser el hiperrealismo que ve Reynaldo. Pero esos
caracteres aislados se proyectan, irradian, generalizan en su particularidad:
uno puede ver en todas esas mujeres a una sola.
8 — No lo encuentro en mi
biblioteca, pero lo he leído (no sin dificultad), el libro “Misa negra”.
EM — Esa obra teatral, te comento, estuvo en cartel dos años seguidos en el teatro
Babilonia, de nuestra ciudad. Es una obra que creamos Alberto Muñoz y yo. Los
textos —salvo una escena— son míos. Alberto compuso las canciones de la obra y
la dirigió. No es sencillo escribir teatro, y si se trata de un teatro que no
es lineal, algunos de cuyos personajes son pensamientos de un personaje que es
mudo, la dificultad crece; y crece más todavía si hay música y canciones que no
pueden ser trasladadas al texto. El libro “Misa
negra”, entonces, es la transcripción de los textos de la obra, con
indicaciones didascálicas que guían al lector sobre los movimientos en la
escena. A mí, personalmente, me cuesta mucho leer teatro. Me pierdo fácilmente;
tengo que volver una y otra vez para recuperar quién está hablando.
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Eduardo Mileo con Javier Cófreces y Alberto Muñoz |
9 — Dos espectáculos has presentado con tu
hermano, Raúl Mileo, compositor: “A boca de jarro” e “Irala, sueño de amor y de
conquista”.
EM — En muchas oportunidades en Capital y en otras localidades del país: nos
presentamos en Pergamino (provincia de Buenos Aires), Paraná y Concepción del Uruguay
(Entre Ríos), Villa Mercedes (San Luis), General Pico (La Pampa), entre otras. El
CD “A boca de jarro” está compuesto por canciones de amor, muchas compuestas
enteramente por Raúl, y otras con letra mía y música de él. “Irala, sueño de
amor y de conquista” es una obra integrada por un CD y un libro, que, tomando
como idea central la conquista española en América —Domingo Martínez de Irala
fue miembro de la tripulación que fundó por primera vez Buenos Aires junto a
Pedro de Mendoza—, metaforiza la conquista en general: de tierras, de
objetivos, amorosa…
10 — ¿Y el grupo poético La Epopeya, que
integraste junto a Alberto Muñoz y Javier Cófreces?
EM — La Epopeya fue una intensa y muy interesante aventura. La idea del grupo
era promover la poesía fuera del ámbito del libro; se podría decir: sacar la
poesía a la calle. Con el grupo fue que grabamos los casetes de poesía, que se
presentaron con un espectáculo en la antigua librería Gandhi —en la calle
Montevideo—. En ese “show”, para el
cual hicimos afiches que pegatinamos en la calle Corrientes cuyo eslogan era: “La
dejaron en cinta”, utilizamos vestuario de distintos personajes: Javier, de
cura; Alberto, de pirata, y yo, de torero. Después de esa experiencia, montamos
otro espectáculo con poemas teatralizados en Oliverio Mate Bar, que se tituló “Aleluya”.
El grupo no duró mucho, pero nos divertimos bastante.
11 — Volvamos a Muñoz:
¿llegaron él y vos a concluir la escritura de “Robacabayos”, título previsto
para una novela que encaraban en los noventa?
EM — No. Esa novela fue una experiencia muy novedosa. Escrita a cuatro manos.
Nos juntábamos en la casa de Alberto, yo en la máquina de escribir —no teníamos
computadora—, e íbamos construyendo situaciones y diálogos. Llegamos a escribir
muchas páginas, pero nuestra imaginación divergía en paralelismos, se distraía
con pormenores, derivaba en digresiones múltiples. Se podría decir que no
tenemos una cabeza novelesca. Nuestra cabeza es poética.
12 — Es al autor de ese único extenso “Poema del amor triste” a quien le
pregunto: ¿qué otros poemarios constituidos por un único texto, y de escritores
de cualquier época y latitud, recomendarías?
EM — “Fábula de Polifemo y Galatea”,
de Luis de Góngora; “Los cantos de Maldoror”, de Isidore
Ducasse; “Altazor”, de Vicente
Huidobro; “Hospital Británico”, de
Héctor Viel Temperley; el “Martín Fierro”,
de José Hernández; “Canto a mí mismo”,
de Walt Whitman; “Carta a mi madre”,
de Juan Gelman… Evidentemente, la lista podría alargarse, pero para empezar ya
está bien.
13 — “Zoo de la nueva
poesía” es el subtítulo de esa revista fundada en 1981 y que se tituló “La
Danza del Ratón”, dirigida inicialmente por Javier Cófreces y Jonio González.
Te invito a que nos hables de ella, de su propuesta, y que la describas para
quienes no la han conocido.
EM — “La Danza del Ratón” tuvo veinte números. Su última edición fue en el año
2000. Jonio emigró del país en 1982, de modo que la dirección de la revista
quedó en manos de Javier. Él fue el alma y motor de la publicación. Yo colaboré
con él: corregía las ediciones y escribía algunas cosas.
En líneas
generales, la propuesta de la revista era el rescate de los poetas ignorados
por los medios, con especial acento en los creadores del interior del país. Fue
así que “La Danza…” impulsó el conocimiento de Jorge Leonidas Escudero o Juan
Carlos Bustriazo Ortiz, entre otros, que ahora son poetas de culto.
La
revista no tenía una estética cerrada, no representaba a ningún movimiento o
grupo estético. Si tuviera que arriesgar una definición, podría decir que era
el medio de difusión de los marginados, que, tratándose de poesía —el género
literario paradigmático de la marginación—, no es poco.
14 — Detengámonos en un
libro de 2015, “Bestias pop”,
conformado por dibujos de tu hijo Rafael cuando él tenía ocho años y poemas que
creaste a partir de ellos.

EM — “Bestias pop” es, quizá, mi
libro más entrañable. Rafa había hecho unos dibujos que mezclaban imágenes que
él veía por televisión con otras que salían de su imaginación. El resultado son
figuras frankensteinianas, monstruos híbridos con cabeza de Pokémones y cuerpos
de animales. Un bestiario tierno, a veces con toques de humor y otras con
pretensiones épicas, pero siempre colorido, alegre, emotivo.
Ver esos
dibujos fue inspirador. Como si brotaran de una revelación, los poemas
comenzaron a surgir uno tras otro, y en pocos días estaban terminados. Lo que
vino después fue otra inspiración, pero de Gabriela Franco, gran poeta y
editora. Para el Día del Padre de 2013, ella se encargó de transformar esos
dibujos y poemas en un libro y me regaló un ejemplar a mí y otro a Rafa. Es un
día que no voy a olvidar jamás.
15 — Innumerable cantidad
de lecturas y participación en mesas redondas y conferencias sobre poesía te
han tenido como protagonista en nuestro país y en el exterior. ¿Nos hablarías
de lo que te ha dejado el haber formado parte del Festival Internacional de
Poesía de Trois Rivière, en Quebec, Canadá?
EM — Fue una experiencia extraordinaria en varios sentidos. Era la primera vez
que iba a separarme de mi compañera y mi hijo Rafael —él tenía entonces cuatro
años— por diez días, y ya comenzaba a
extrañarlos antes de partir. Después de un viaje interminable e incómodo —el
espacio que separa un asiento del inmediatamente anterior en la clase turista
de los aviones es mínimo— llegué a Toronto, donde debía trasbordar a otro avión
hasta Montreal. Ya en el Canadá francófono me esperaba un hombre muy amable con
un cartel con mi nombre —ya estaba viviendo en una película—, y me llevó en
auto hasta Trois Rivière.
Es una
pequeña ciudad, de unos 130 mil habitantes, muy bien cuidada, y atravesada por
un bello río, remanso para la vista y regocijo para el oído. Anclé en un hotel
muy bueno: mi habitación era como dos o tres ambientes de mi casa. Cerca del
hotel había una hermosa plaza; varias veces se veían ardillas negras bajar de
alguno de sus árboles.
Allí
conocí a poetas de todo el mundo: Irán, Angola, México, Uruguay… conformaban un
conjunto que no era Babel porque todos tratábamos de hablar en francés, salvo,
claro, con los poetas de habla castellana, con los que armamos un lindo grupo.
Leíamos
en bares, restaurantes, librerías, al mediodía, a la tarde —allí se cena a las
seis de la tarde; la gente que estaba cenando dejaba los cubiertos y las copas
y atendía en silencio a la lectura—; teníamos cada uno desde nuestra llegada un
cronograma de los sitios y horarios en que nos tocaría leer. Leíamos en nuestra
lengua y un poeta quebequense leía la traducción al francés. Como yo algo de
francés puedo leer, leía mi poema y la traducción.
En fin,
una experiencia enriquecedora, rara pero encendida.
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Eduardo Mileo con Osvaldo Aguirre, Sergio De Matteo, Susana Szwarc, etc. |
16 — Entiendo que la
actividad política y gremial se halla entre tus principales compromisos.
EM — Fui tesorero de la Comisión Directiva de la Sociedad de Escritoras y
Escritores de la Argentina (SEA) en el período 2003-2006, y su secretario
general en el lapso 2006-2009. Con esta institución hemos editado el volumen “Palabra viva (Textos de escritoras y
escritores desaparecidos y víctimas del terrorismo de Estado. Argentina
1974-1983)”, cuya segunda edición fue publicada en 2007, en el que se
recopilan textos y biografías de 116 escritores; y conseguimos que la
Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires sancionara el Régimen de
Reconocimiento a la Actividad Literaria, un proyecto de la SEA que otorga un
subsidio mensual a los escritores de la ciudad que tengan más de sesenta años.
Soy, además, militante del Partido Obrero.
17 — ¿Incursionaste (en solitario) en la
narrativa?

A veces creo que todas las historias
ya están escritas, que haría falta otro mundo para ver alguna historia
diferente.
18
— ¿Te llevaría a alguna consideración o asociación si yo te dijera que “la voz de un escritor puede gastarse
inútilmente”, que puede malgastarse?
EM — La única manera en
que puede malgastarse la voz de un escritor es obligándola a decir lo que no
quiere. La antigua pero siempre remozada idea platónica de que los poetas deben
“cantar a los dioses y a los hombres
ilustres” o ser desterrados de la República es el modo que tiene el Estado
para malgastar la voz de los escritores. La cooptación actual trata de seducir
con dinero y presencia en los medios a los artistas para que no saquen los pies
del plato. Y el castigo por sacarlos es, salvo excepciones, el anonimato y la
obligación de trabajar en otra cosa que no sea el arte que se profesa.
19 — ¿De qué autores hay mucho o
bastante en tu poética?
EM — La manera más honesta
de responder a esa pregunta es decir que no tengo la menor idea. Porque las
lecturas que uno hizo no necesariamente se reflejan en lo que uno escribe. Leí
mucho, entre los poetas, a Jorge Luis Borges, a José Lezama Lima, a José Martí,
a César Vallejo, a Antonio Machado, a Federico García Lorca, a Octavio Paz… y,
entre los narradores, a Italo Calvino, a Marguerite Yourcenar, al mismo Borges,
a Julio Cortázar, a Gabriel García Márquez… Pero no reconozco a ninguno de
ellos en mi poética. Quizá sea una mezcla de todo lo leído, revuelto en el
caldo de todo lo vivido, lo que defina mi poética.

20 — ¿Y “Los Mileo” como grupo
musical?
EM — Pasa un poco lo mismo
que con los escritores. Escuchamos mucho a cantautores, como Joan Manuel
Serrat, Silvio Rodríguez, Paco Ibáñez, Patxi Andión, pero también música
instrumental: Paco de Lucía, Keith Jarret, o grupos de rock: los Beatles,
Génesis, Deep Purple, Creedence, Luis Alberto Spinetta, Charly García, o
tangueros: Aníbal Troilo, Roberto Goyeneche, Astor Piazzolla, Osvaldo Pugliese,
Carlos Di Sarli, o folcloristas: Atahualpa Yupanqui, el “Cuchi” Leguizamón…
Seguramente, como en la respuesta anterior, queden más sin nombrar que
nombrados. Y también como en la respuesta anterior, ninguna de estas
expresiones podría definirnos.
21 — ¿Qué influencia tuvo, fue
teniendo tu oficio de corrector sobre tu vida literaria? ¿Escribiste, o
intentaste producir algo a partir de esa condición?
EM — Entiendo que el oficio de corrector influye en la
escritura en función de mantener una normativa lingüística, y en ese sentido
detectar errores, ya sean de ortografía, de gramática o de sintaxis. Pero la
escritura de poesía a veces exige la transgresión de la normativa. La
creatividad no puede reducirse —o encorsetarse— a normas “fijadas, pulidas y
que dan esplendor”. De todos modos, como pasa con cualquier arte o disciplina,
para transgredir la norma hay que conocerla. De lo contrario, no se trataría de
transgresión, sino de ignorancia.
Mi escritura, en general, respeta las
normas lingüísticas. En la lectura, tengo el vicio profesional de ir detectando
erratas, pero soy bastante abierto a formas nuevas que me movilicen.
22 — ¿Escritores con los que te hayas apenas
cruzado y de los que te hubiera agradado hacerte amigo? ¿Descuidaste uno o más
lazos amistosos que hayas sostenido durante un cierto lapso?
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Eduardo Mileo con Patricio Torne |
EM — No tuve amores a
primera vista con escritores, de modo que no me quedaron asignaturas pendientes
al respecto. Mis amistades con escritores son bastante firmes. Soy una persona
de afectos estables, no suelo irritarme con mis amigos. Y aunque a veces no nos
veamos por un tiempo, podemos retomar las relaciones rápidamente.
23 — ¿En qué basás tu juicio
—sensibilidad, gusto estético— cuando leés un poema apuntando a seleccionar
para una antología?
EM — Elegir poemas para
una antología es una actividad compleja. Si se trata de un poeta conocido, hay
poemas ya elegidos por la crítica o por los lectores como insoslayables y otros
que a uno le interesan ya sea por sensibilidad o gusto estético, o porque
difieren del estilo general del poeta o porque lo ratifican o porque conforman
una constelación de sentido que a uno lo atrae.
Si se trata de poetas poco conocidos,
suelo elegir según este último criterio. Pero siempre trato de elegir poemas
que me hayan emocionado.
24 — ¿Un poeta cambia con los años?
¿Qué poetas con trayectorias valorables dirías que no han cambiado?
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Eduardo Mileo con Raúl Mileo |
EM — Creo que todas las
personas cambian con los años, de modo que también los poetas. Y esos cambios
se verán en la poética indefectiblemente. No hay más que ver cómo los poetas
que se inscribieron en alguna estética con duros manifiestos —surrealistas,
neorrománticos, neobarrocos, objetivistas, etc.— la van abandonando, van mutando su escritura,
en general, hacia una forma más simple, menos afectada por un dogma. Pero hay
algunos poetas que han mantenido un estilo a lo largo de los años —pienso, por
ejemplo, en Irene Gruss—, lo que no significa que no hayan cambiado: se afina
la sensibilidad, se ahondan los afectos —los positivos y los negativos—, cambia
la historia y, con ella, nuestra manera de ver el mundo…
25 — ¿Coincidirías con Enrique
Anderson Imbert respecto de que la sociedad, al menos en las últimas décadas,
ha sido carnívora con sus intelectuales?

EM — Todas las sociedades
basadas en la explotación del hombre por el hombre son carnívoras: con los
obreros, los empleados, los peones rurales, las amas de casa, los
profesionales… y los intelectuales. Obviamente, si hablamos de intelectuales
independientes, porque los hay también oficialistas, y éstos son los cómplices
del vampirismo social con que el capitalismo trata a los asalariados. La
condición para que un intelectual no sea canibalizado es que exista una
sociedad sin explotadores ni explotados, donde la creatividad social sea un
bien para la humanidad, y no una mercancía de la que se apropia un patrón.
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Eduardo Mileo con Raúl Mileo |
26 — Hay quienes sostienen que lo
experimental en literatura siempre va, aunque más no sea un poco en algunos
casos, de la mano del esnobismo. ¿Estarías de acuerdo? También están los que
afirman que el esnobismo es una virtud, puesto que la encarnaría una persona
que si bien probablemente no podría crear nobleza, sabe qué es la nobleza (a
diferencia del resentido).
EM — La experimentación es
una condición del ser humano: porque ignoramos qué sucederá mañana, vivimos
experimentando. Y esa experiencia nos sirve para poder predecir, en los casos
en que podamos hacerlo, qué sucederá mañana. Es el fundamento de la ciencia. La
experimentación en arte no tiene el objetivo de predecir, pero sí el de hallar
nuevas formas de enunciación, formas que nos permitan expresar un mundo siempre
cambiante. En literatura, como en cualquier arte, se experimenta cuando se
tiene la necesidad, cuando las formas resultan ineficaces, obsoletas,
insuficientes, para decir.
Pero no hay que confundir
experimentación con esnobismo. En un ensayo publicado en el nº 1 de la revista
francesa “Favorables París Poema”, César Vallejo aborda el tema de esta manera:
“Poesía nueva ha dado en llamarse a los versos
cuyo léxico está formado de las
palabras ‘cinema’, ‘motor’, ‘caballos de fuerza’, ‘avión’, ‘radio’, ‘jazz-band’, ‘telegrafía sin hilos’ y, en general, de todas las voces de las
ciencias e industrias contemporáneas, no importa que el léxico corresponda o no
a una sensibilidad auténticamente nueva. Lo importante son las palabras.

Creo que es bastante elocuente.
27 — ¿Cuáles de los siguientes encomillados
te llegan más? T. S. Eliot (1988-1965): “(La poesía) no es la expresión de la personalidad, sino una evasión de la
personalidad”. Vladislav Jodasévich (1856-1939): “...está vivo sólo aquel poeta que respira el aire de su siglo”. Odysséas
Elýtis (1911-1996): “La poesía es el Arte
de aproximarse a lo que nos supera”.
EM — En la cita de Eliot
veo una condición a la que aspira toda poesía, o toda literatura. “Yo es otro”, dijo Rimbaud, y con ello
expresó el anhelo de la voz poética. Pessoa se travistió de —si recuerdo bien—
seis heterónimos. La voz poética tiende a ser una voz común, a multiplicarse.
La evasión de la personalidad creo que apunta en ese sentido: evadirse de uno
es poder ser los otros.

Elýtis abreva en lo sublime kantiano:
si somos capaces de representar lo que nos supera, absorbemos —aunque sea
parcialmente— su condición, nos empapamos de su naturaleza. La emoción que nos
provoca nos convierte un poco en dioses de nosotros mismos.
*
Eduardo
Mileo selecciona poemas de su autoría para acompañar esta entrevista:
Irala medita
frente al mar
Oscura como Dios es esta noche
más alta y más profunda por umbría.
Un gran temor que hace desear el día.
Un trueno que maldice su derroche.
Me asfixia como un puño su alegría
de negro mar y soledad ansiosa,
y crece de su vientre, poderosa,
la mitad que completo con la mía.
Nada me dice, nada le respondo.
Es de silencio el lazo que nos ata
a un abismo a la vez crecido y hondo.
Los dos como de hielo y en las olas
nunca seremos el fuego enamorado
que nos disuelva como un agua sola.
(de la obra poético-musical “Irala, sueño de amor y de conquista”, edición independiente, 2008)
*
La raya muerta
A
Raúl Mileo
En su ademán inmóvil suspendida,
aparición en el alud de espuma,
esperando ya no,
desesperada,
la raya muerta.
Encadenada a su espejo de arena
como los astros a su elipse, quieta,
cielo de bocas entreabiertas,
la raya muerta.
Muerta sin fin, sin alas, ciega.
Pájaro de tierra.
El mar la cubre y la descubre. Juega
con esa niña sin muñecas.
Para la luz del sol.
Para una catedral de luz desierta.
Para la vida sin la vida. Huella.
Vuelo de hondura de la raya muerta.
Raya no de diálogo.
De fin.
Página suelta.
Rumor de mar.
Amores en América
desaparecen de su puerta.
Brilla el frío solar y apaga el cielo.
Abre los ojos la raya muerta.
No raya de pasión.
No de quimera.
Ni de alegría ni de esperma.
Virtud del agua que en el agua queda.
A su salud postrera,
el ojo del crepúsculo se incendia.
Raya sin alas.
Pájaro de guerra.
Murió de un pescador que vive en pena.
En el fondo del mar
la vida
late.
Pero es del aire lo que vuela.
(de “Poemas sin libro”, Ediciones en
Danza, 2002)
*
Agua
bebida
A Irene Gruss
No
sé hablar.
Me
despierto alejado.
Trastabillo
en mis pasos.
Inadecuado
espejo de lo que podría
soy
los que soy:
no
me reparto.
Hasta
aquí llegan luces
de
horizontes oscuros.
Letanías
de lobos.
Aullidos
de luna llena.
Por
aquí pasó alguien
a
mojarme los ojos.
Pero
no sé decirlo.
Dentro
de mí hay un agua,
un
silencio de campana.
(de “Poemas sin libro”, Ediciones en
Danza, 2002)
*
Sueño con electricista
La luz desnuda la noche.
Es un grito del cielo.
Un desahogo del mundo.
Un rayo hiende la tierra
quema las ilusiones
desalienta el olvido.
Él abre su silencio a las ventanas.
Pela los cables
con minuciosa serenidad.
La cinta se adhiere
a los mínimos alambres.
Lo aísla.
La gente lo llama
para salir de su abismo.
Su figura crece en las tinieblas.
Pero una cosa es dar luz
y otra, estar iluminado.
Él cree que es un buen conductor
y una sonrisa
le alumbra el rostro.
(de “Poemas del sin trabajo”, Ediciones en Danza, 2007)
*
Lengua a la vinagreta
Cuando la tarde se inclina
el sin trabajo agacha la cabeza
y vuelve sollozando
al occidente.
Morón.
Todas las bocas miran al cielo
pero llueve sólo agua.
Nadie ha visto nada similar a un bocado
porque miran con la boca.
En la ceguera de la hambruna
los ojos titilan como luciérnagas.
Parecen de perro las miradas
que padecen el brillo gástrico del crimen.
“Qué se le va a hacer”
—piensa el sin trabajo—
y el huracán de la humedad le venda el rostro
no más abrir la puerta.
De tanto no oler asado
se le atrofia la pituitaria
y él vacila entre quedarse y salir
que es quedarse afuera.
“Como todas las bocas miran al cielo
llueve sólo agua” —dice—.
Nadie en el cielo ve cómo
también la lengua se atrofia
con el hambre.
(de “Poemas del sin trabajo”, Ediciones en
Danza, 2007)
*
Ella es audaz hasta decir basta.
Desde el enorme ventanal de su piso
en un edificio de gran categoría
observa la desmesura de la ciudad
como colgada del aire.
A veces se desviste y comprime
sus gloriosas tetas contra el vidrio
y es una escultura viva
un
documento
una
crítica del vacío.
Su lugar frente a la ventana la coloca
en el sitio de la meditación.
Sólo la calma la despierta
la encuentra
desnuda frente al mundo.
(de “Mujeres”, 2ª edición,
Ediciones en Danza, 2005)
*
Entrevista realizada a través del correo
electrónico: en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Eduardo Mileo y Rolando
Revagliatti, septiembre 2017.
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